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Marchas

Mauricio García Villegas
diciembre 2, 2011

Publicado en: El Espectador

En este fin de año los protagonistas de la vida democrática del país han sido los estudiantes con sus marchas.

 

Pero no sólo ellos salen a la calle. El lunes próximo está prevista una gran movilización para protestar por el reciente asesinato de secuestrados cometido por las Farc. Es difícil estar en desacuerdo con las reivindicaciones que promueven estas dos marchas. Reclamar un aumento sustancial del presupuesto para la educación pública (en un país con los problemas de equidad y de movilidad social que tiene Colombia) es algo casi tan legítimo como condenar el asesinato de secuestrados. Ambas reivindicaciones son a tal punto necesarias, legítimas y acordes con nuestro ordenamiento constitucional que todos deberíamos estar de acuerdo con ellas y salir a marchar.

Desafortunadamente no es así. La población que apoya esas movilizaciones está dividida. Cada una tiene simpatizantes en sectores muy específicos de la sociedad. Mientras que la mayor parte del apoyo a los estudiantes viene de gente liberal y de izquierda, las marchas contra las Farc suelen recibir respaldo de quienes militan en la derecha o en el uribismo. Esta politización es lamentable, no sólo porque desvanece el consenso que existe alrededor de los principios que convocan ambas marchas, sino porque, por ello mismo, debilita las protestas populares y por esa vía las conduce al fracaso.

Esto tiene una explicación. En las marchas (no sólo en estas, en todas) hay una tensión muy fuerte entre los organizadores, que suelen ser militantes de oficio y voceros de demandas muy radicales, y la gran masa, que simplemente simpatiza con la causa, pero que no milita, ni se compromete, ni es radical. La consecuencia de esto es que las posiciones duras están sobrerrepresentadas en las marchas. Los mismos líderes y voceros de esas posiciones radicales son conscientes de ello, pero saben que es algo casi inevitable, dado que la gran masa que simpatiza con su causa no está organizada políticamente, ni está dispuesta a participar en los cuadros dirigentes.

El problema está en que cuando la tensión entre los organizadores y la gran masa es demasiado fuerte el movimiento se rompe y fracasa. El resultado ya lo conocemos: un objetivo moderado, que suscita consenso y que es realizable, pierde apoyo entre quienes ven que el movimiento se radicaliza demasiado. Lo ideal termina siendo enemigo de lo posible.

Pero el fracaso es evitable. Los líderes de ambas marchas y la gran masa que los apoya se necesitan mutuamente. Para impedir que los lazos de unidad se rompan es necesario no sólo un mayor involucramiento de la gran masa en la toma de decisiones del movimiento sino también que los organizadores excluyan a los violentos y a los extremistas.

Si los estudiantes critican a los encapuchados violentos con la misma fuerza que critican los excesos de la represión oficial, por un lado, y los líderes de la marcha del 6 de diciembre critican el paramilitarismo con la misma fuerza que critican a las Farc, ambas marchas ganan en inclusión y en posibilidades de éxito. Es necesario tener presente que la lucha por una educación pública de calidad, incluyente y equitativa no es un monopolio de la izquierda radical, de la misma manera como la indignación contra las Farc no es un monopolio de la derecha extrema.

Participar masivamente en estas dos marchas no sólo significa defender los principios de justicia, dignidad y equidad que ambas promueven; también es una manera de excluir las posiciones extremas y violentas que terminan dando al traste con ellas.

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