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Más es menos

Mauricio García Villegas
noviembre 28, 2009

Publicado en: El Espectador

Con mucha frecuencia el exceso de algo no sólo no nos da más de lo que buscamos, sino que nos quita lo que teníamos (Cuando se generalizó el ¿cómo conduzco?, ya nadie le prestó atención, ni siquiera los que inicialmente se lo tomaron en serio).

 

POR ESTOS DÍAS ESTABA YO INCRUStado en uno de los innumerable trancones de Bogotá cuando de pronto apareció, por mi derecha, un bus enorme que se me atravesó y se puso enfrente de mí, justo a tiempo para pasar primero el semáforo.

Ante esta violación de las normas más elementales del tránsito, y de la decencia, decidí acudir a un letrerito que había en la parte de atrás del bus y que decía “¿Cómo conduzco?”, con un número telefónico debajo para llamar y denunciar. Llamé y nadie me respondió. Tratando de espantar mi indignación, me puse entonces de sociólogo improvisado a llamar a todos los números telefónicos del ¿cómo conduzco? que encontré en mi camino. No les voy a detallar los resultados de mi pesquisa; sólo les digo que en la mayoría de los casos no me respondieron y que cuando logré que alguien contestara me despacharon con un “eso no es conmigo” o “llame más tarde”. Recuerdo, sin embargo, que hace algunos años, cuando sólo había unos pocos vehículos que tenían ese aviso, los reclamos sí funcionaban. Hoy, en cambio, cuando todos ponen el letrerito, con el mismo desenfado con el que pintan camándulas o conejitas de playboy, nadie se toma en serio lo que allí se dice.

Esta anécdota de la cotidianeidad bogotana me recuerda aquel dicho de los minimalistas que reza “más es menos” (more is less) y que es de lo que quiero hablar en esta columna.

Con mucha frecuencia el exceso de algo no sólo no nos da más de lo que buscamos, sino que nos quita lo que teníamos (Cuando se generalizó el ¿cómo conduzco?, ya nadie le prestó atención, ni siquiera los que inicialmente se lo tomaron en serio). Un caso muy conocido de esta paradoja se encuentra en las explicaciones de Barry Schwartz sobre el consumo: cuando las posibilidades de escoger aumentan demasiado, los consumidores nos paralizamos y no compramos, o cuando compramos quedamos insatisfechos. Hubo una época en la que sólo había dos o tres marcas de bluyines y la gente tenía claros sus gustos; compraba y quedaba contenta. Hoy hay cientos de marcas y cuando compramos siempre dudamos de la decisión que tomamos.

Algo parecido sucede en muchos aspectos de la vida cotidiana. El exceso de información que tenemos hoy en día, por ejemplo, va en contravía de la calidad de la información que recibimos e incluso de la información misma. A veces tengo la impresión de que la masificación del correo electrónico y su uso generalizado nos quita tanto tiempo que la comunicación inmediata se vuelve una esclavitud más que una liberación.

Pero quiero terminar con un ejemplo histórico, que es el que más me gusta cuando explico esta paradoja. Resulta que a principios del siglo XVI, en Paraguay, las mujeres españolas que vivían en zonas selváticas perdían dos de cada tres de sus hijos, mientras que las mujeres indígenas lograban criar a sus pequeños sanos y fuertes. Pasaron muchos años antes de que las madres españolas aceptaran tomar en serio el consejo de las mujeres indígenas de que la solución a su problema estaba en no abrigar tanto a los niños y en bañarlos dos veces al día con agua fresca. Así, en contra de los instintos de sobreprotección, se redujo drásticamente la mortalidad infantil.

Nuestras vidas y el mundo en el que vivimos mejorarían si nuestros instintos sociales estuvieran menos empeñados en las cantidades y más en las cualidades.

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