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Más problemas que soluciones

Mauricio García Villegas
septiembre 13, 2014

Publicado en: El Espectador

Cuando leo noticias internacionales recuerdo la siguiente frase de Henri Duvernois: “Todo podría ir mejor, pero todo podría empeorar, por lo tanto, todo va bien”.

 

Ya no podemos consolarnos con esa frase. El equilibrio entre problemas y soluciones que suponía Duvernois ya no existe en el mundo actual. Un ejemplo claro de esto es lo que está ocurriendo en el Medio Oriente.

El miércoles pasado, el presidente Obama anunció su estrategia para acabar con el Califato Islámico. Se trata de un plan, diseñado en contra de su intención inicial de abandonar Irak y de no involucrarse en Siria, que incluye bombardeos y envío de tropas. Por el momento, la opinión pública apoya la decisión del presidente. Sin embargo, es muy posible que ese soporte se esfume cuando los medios de comunicación empiecen a difundir las imágenes de la guerra.

En los últimos diez años, desde que el presidente Bush tomó la decisión irresponsable de invadir Irak, la situación del Medio Oriente no ha parado de empeorar: cientos de miles de muertos (200.000 en Siria, 140.000 en Irak, 20.000 en Libia), tres millones de refugiados, una región cada vez más inestable y más de dos billones de dólares malgastados en una guerra contraproducente.

Todo ocurre como si los extremistas islámicos conocieran la lógica de este conflicto mejor que el Departamento de Estado. Ellos saben que los bombardeos gringos matan a cientos de miles de civiles inocentes, que toda esa tragedia humana nutre el odio islámico contra los Estados Unidos y que ese odio (incubado durante décadas por las intervenciones coloniales en la región, sobre todo en Palestina) conduce a miles de jóvenes intransigentes a incorporarse a las filas terroristas del ejército islámico. Charles Blow, en su columna de esta semana en el New York Times, describió esa paradoja en los siguientes términos: podemos matar a muchos enemigos, incluso a muchos de sus líderes, pero lo que no podemos hacer es matar el odio que nos tienen.
Los extremistas saben, además, que su supervivencia depende de que los nacionalistas religiosos de Occidente, que son sus pares archienemigos, se impongan a los moderados y saben que, para lograr eso, tienen que provocarlos, cometiendo actos de la mayor crueldad posible. Esta no es una guerra cualquiera; es una guerra santa en la que los más radicales y los más violentos, alimentados por la tragedia de los civiles inocentes, se fortalecen en la misma medida en que se atacan.

Los Estados Unidos y Occidente no podrán acabar con el terrorismo islámico mientras sigan alimentando ese odio del que habla Charles Blow, lo cual es inevitable si intervienen militarmente. ¿Cómo lograr esa cuadratura del círculo? La mejor opción parece ser una combinación entre diplomacia y disuasión armada por medio de un gran ejército internacional, no liderado por los Estados Unidos y respaldado por una especie de Estado mundial, que pueda enfrentar con legitimidad la amenaza terrorista. Pero esta solución cosmopolita es, por el momento, inimaginable. Así las cosas, hay más problemas que soluciones a la mano. Por eso digo, pensando en la frase de Duvernois, que el mundo actual va mal, dado que todo puede empeorar y que nada puede ir mejor.
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Hace veinte años, cuando los carteles de la droga tenían doblegado al Estado colombiano, la extradición ciega e incondicional de nacionales hacia los Estados Unidos se justificaba. Hoy, en cambio, esa ceguera e incondicionalidad son una vergüenza, como lo muestra el caso de Ariel Martínez. Lo paradójico es que hace veinte años el tema se discutía y hoy no.

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