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Más sobre el amor a la patria

Mauricio García Villegas
agosto 10, 2012

Publicado en: El Espectador

En mi columna de hace tres semanas criticaba yo las consecuencias que trae el hecho de amar a los países como si fueran madres a las que les debemos nuestra existencia. Daniel Mera, columnista de este diario, me critica diciendo que confundo las definiciones de patriotismo y nacionalismo.

 

No lo creo; pero no voy a entrar en ese debate; entre otras cosas porque esas dos palabras están llenas de conexiones semánticas que hacen bizantina la discusión. En todo caso, ese asunto no tiene nada que ver con el tema que planteo en la columna. Descalificar lo que digo con esa objeción de diccionario es tan inocente como decir que los críticos de la fiesta brava no plantean argumentos serios porque definen el toreo como un deporte o como una actividad social, cuando deberían definirlo como un arte (o viceversa).
Lo que dije en esa columna es lo siguiente: el mundo siempre ha estado dividido de alguna manera; primero por aldeas, por tribus, por reinos, por imperios y ahora por países. Estas divisiones obedecen a momentos precisos de la historia política. No son divisiones naturales, inscritas en el genoma humano. Por eso, por ser políticas, necesitan de una ideología fuerte, casi religiosa, que ordena amar al país (a la nación o a la patria, que el señor Mera escoja el nombre que quiera) como si fuera un dios.
Lo paradójico es que, si bien es verdad que con la globalización actual nos parecemos cada vez más, ese déficit de diferenciación intenta ser compensado con un superávit de ideología patriótica.
El apego que tenemos por el sitio donde nacemos y crecemos es algo natural, respetable y bonito. Sin duda. Pero ¿quién define el tamaño de las fronteras de nuestro afecto? ¿Dónde empiezan los otros? ¿En la aldea, en el municipio, en la región, en el país o en el continente? En la columna pasada dije que optaba por mi patria chica (entre Caldas y Antioquia); ahora se me ocurre que Iberoamérica no sería una mala elección (después de todo “la patria es la lengua”, como dijo Albert Camus). El hecho es que ambas opciones son tan válidas como arbitrarias.
Canalizar todo el afecto patrio en el país y derivar de allí todas las consecuencias políticas, militares y económicas que ello tiene en el mundo actual, no sólo tiene la arbitrariedad de lo religioso, sino que es un gran obstáculo para resolver los problemas que enfrentamos hoy en el planeta. Un tipo de organización más incluyente podría ser más adecuada para resolver problemas actuales, como el calentamiento global, la proliferación de las guerras y el desorden económico. Estamos en una especie de nuevo medioevo y para salir de él necesitamos un nuevo renacimiento que concentre el poder democrático en menos manos.
Pero claro, como el amor a la patria es, repito, un tema pseudorreligioso (aquí, en Suiza, en el Congo y en el resto del mundo), cualquier cosa que yo diga suscita reacciones airadas. Desde los que dicen que estoy proponiendo una especie de hipismo tardío (“imagine all the people“…), como Alejandro Gaviria, hasta los que sugieren que soy un apátrida, como Daniel Mera.
Mi argumento es a la vez más superficial y más serio de lo que esas críticas parecen ver: es proponer (no por filantropía, sino por conveniencia) una mayor sintonía entre lo que somos en este mundo global y las instituciones que nos gobiernan, entre la reducción cultural del mundo y el apego sentimental al territorio en donde nacemos.
No hay que esperar una catástrofe planetaria para luchar por esa sintonía. Menos aún en Colombia, un país malogrado por un problema (el narcotráfico) que le fue impuesto desde fuera de sus fronteras.

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