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Mentiras que alivian

Mauricio García Villegas
mayo 27, 2011

Publicado en: El Espectador

EL MUNDO NO SE ACABÓ EL PASADO 21 de mayo, como sostenía el pastor Harold Camping. Muchos se alegraron de que esa predicción no ocurriera, no tanto porque pensaran que podía ser cierta, sino porque era la ocasión para desmentir al pastor evangélico. “Un charlatán apocalíptico menos”, me dijo un amigo el 22 de mayo, seguro de que en adelante los fieles de Camping dejarían de ir a su iglesia.

 

EL MUNDO NO SE ACABÓ EL PASADO 21 de mayo, como sostenía el pastor Harold Camping. Muchos se alegraron de que esa predicción no ocurriera, no tanto porque pensaran que podía ser cierta, sino porque era la ocasión para desmentir al pastor evangélico. “Un charlatán apocalíptico menos”, me dijo un amigo el 22 de mayo, seguro de que en adelante los fieles de Camping dejarían de ir a su iglesia.

Desafortunadamente, pensé yo, la cosa no es tan fácil y me acordé del caso de Mariane Keech, una señora que en 1954 creó un movimiento religioso fundado en una profecía similar. Keech sostenía que los habitantes del planeta Clarion la habían contactado para informarle que el mundo terminaría sus días después de un terrible diluvio planetario, exactamente el día 21 de diciembre de 1954. Pues bien, el fracaso de esta predicción no sólo no acabó con los seguidores de la señora Keech, sino que los fortaleció como grupo (Lo mismo parece estar pasando con Camping, quien en estos días dijo que el Dios misericordioso y clemente daría una tregua a la humanidad y que la nueva fecha para el fin del mundo es el 21 de octubre próximo).

A partir de lo ocurrido con la señor Keech, el sociólogo Leon Felstinger expuso su teoría de la “disonancia cognitiva”. Según esa teoría, cuando las personas creen firmemente en algo, pero se ven desmentidas por los hechos, algunos pocos adaptan sus creencias a los hechos, pero muchos prefieren adaptar los hechos a sus creencias. Esto ya lo había insinuado Esopo, el escritor griego, en una fábula que cuenta la historia de una zorra que intenta alcanzar unas uvas maduras y deliciosas, pero que, como no lo logra, se consuela diciendo: ¡ah!, para que sigo intentando si las uvas están verdes.

Nuestra vida cotidiana está llena de situaciones en las cuales nos metemos mentiras para espantar la frustración. Así por ejemplo, cuando una persona compra un automóvil que resulta no ser tan bueno como creía, se convence, a pesar de las evidencias, de alguna virtud oculta del carro que lo lleva a justificar su compra. Nuestras relaciones personales están marcadas también por este tipo de autocomplacencia; cuando nos vemos en la situación de tener que hacerle un favor a alguien que no nos cae bien, justificamos ese esfuerzo pensando que la persona no era tan mala como creíamos. En la vida académica, por ejemplo, los estudiantes tienden a evaluar peor a los profesores con los que les va mal y ello para echarle la culpa de su pobre desempeño al maestro y así justificar su menor rendimiento. En los asuntos de la nacionalidad también sucede eso: muchos compatriotas exageran (o inventan) las virtudes personales del colombiano (o los defectos del extranjero) para compensar la imagen insoportablemente mala que se tiene de nosotros.

El mundo político, por supuesto, no está exento de estas mentiras que alivian la mente. Un ejemplo reciente es la increíble buena imagen que sigue teniendo el presidente Uribe, a pesar de los escándalos de su gobierno. Los uribistas desconocen (o minimizan) el alcance de esos escándalos, no sólo para no perder la fe en su líder, sino, sobre todo, para no perder la fe en ellos mismos. La idea de que durante ocho años apoyaron a un gobierno corrupto va en contravía de su buen juicio y por eso prefieren forzar la realidad y mantener la imagen de un Uribe impoluto.

Por eso, como en el caso de las falsas predicciones de Camping y Keech, la defensa de Uribe se explica menos por el apego al líder, que por la defensa (adulterada) que los uribistas hacen de su propia cordura.

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