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Metros y dobles calzadas

Mauricio García Villegas
julio 6, 2012

Publicado en: El Espectador

En los metros de las grandes ciudades del mundo se movilizan cientos de miles de personas cada día.

 

Para que tal cantidad de gente no se atropelle y llegue bien a su destino, se necesitan unas reglas mínimas de comportamiento, simples y claras. Así por ejemplo, en las horas pico, cuando muchos se quieren subir a un vagón y otros tantos se quieren bajar, la única manera como se puede evitar un potencial choque de multitudes, es por medio de una regla que imponga la espera de los que se quieren subir, hasta tanto salgan los que se quieren bajar.

Estas reglas no sólo benefician a todos los usuarios (incluso a los que esperan) sino que tienen la virtud de crear rutinas favorables para la cultura ciudadana. Al experimentar la evidente utilidad de estas reglas, los mismos usuarios del transporte se convierten en sus defensores, protestan frente a los infractores y reducen así la intervención de la policía a situaciones extremas.

Sin embargo, para que los avances tecnológicos produzcan estos beneficios materiales y culturales es necesario educar a la gente. Cuando se construyó el Metro de Medellín, hace casi veinte años, se invirtieron muchos recursos en la educación de los usuarios. Hoy se ven los resultados.

Digo todo esto pensando en dos avances tecnológicos de reciente adopción en el país: el metro-bus y las dobles calzadas.

En cuanto al primero, estoy convencido de que uno de los malestares que tiene la gente con este sistema, al menos en Bogotá con Transmilenio, se origina en el ambiente brusco, por no decir violento, que impera durante las horas pico en los articulados y en las estaciones. Eso se debe a que la gran mayoría de la gente no respeta (en parte porque no conoce) la regla que impone turnos en el ingreso y egreso de los buses.

El otro caso es el de las dobles calzadas que hoy, por fin, lentamente, se empiezan a ver en Colombia. Esas vías también tienen sus reglas simples y claras. La más importante de ellas es la que exige que el carril izquierdo sólo se use para adelantar. Es verdad que hay avisos en las carreteras que indican esa regla; sin embargo, como en Colombia la gente no conduce observando las reglas de tránsito sino viendo lo que hacen los demás conductores para no chocarse con ellos, esa información nadie la lee. Así, por el carril izquierdo de nuestras dobles calzadas transitan los buses, las motos y las tracto-mulas que van a 20 kilómetros por hora. Muchos de los conductores de esos vehículos lo hacen por desidia o por viveza, pero también hay muchos que no tienen ni idea de que esa norma existe y que tiene sentido. Resultado; la doble calzada colombiana es una peligrosa carrera de obstáculos en donde los rápidos culebrean para avanzar, los lentos no se enteran de nada o se aprovechan y todos llegan más tarde de lo que hubieran llegado si hubiesen seguido esa norma elemental.

De nada sirve tener grandes avances tecnológicos cuando no se adoptan las reglas y la cultura que corresponde al uso de dichos avances. Por eso las autoridades de tránsito deberían invertir más en educar a los usuarios. Pero no sólo por eso, también porque el adecuado uso masivo del transporte público crea rutinas públicas favorables al reconocimiento y al respeto de los demás, que son la base del comportamiento ciudadano.

Las reglas claras y simples del transporte público son algo así como el engranaje, la maquinaria, que hace funcionar bien a una sociedad de millones de personas que cada día se encuentran en el espacio público. Por eso las autoridades del transporte deberían invertir más en ellas.

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