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Morir de hambre en Colombia

César Rodríguez Garavito
abril 8, 2016

Publicado en: El Espectador

Hace tres semanas escribí que 33 niños menores de cinco años habían muerto de hambre este año en Colombia.

 

Desde entonces han muerto 20 más. He seguido semanalmente las cifras del Instituto Nacional de Salud y me reafirmo en lo que dije: el cuadro del hambre y la desnutrición en el país es mucho más grave y complejo que las historias —ya graves y complejas— de las vidas perdidas por la desnutrición evitable en La Guajira.

Me propongo actualizar cada viernes el indignante conteo en una coletilla a esta columna y en una infografía en Twitter, confiando en que los datos alienten la reflexión y la acción contra el hambre. Quizá también ayuden a evitar que las vidas en riesgo, o las ya extinguidas, se olviden en medio de la noticia del momento.

Los últimos números reiteran que lo de La Guajira es una emergencia creciente. Desde la columna anterior han fallecido por inanición nueve niños y niñas guajiros, incluyendo cinco en Semana Santa, cuando nos enteramos de que un tercio de la comida en Colombia termina desperdiciada en la basura. La participación de La Guajira pasó del 15% al 26% de las muertes de menores por esta causa en el país. Pero también murieron niños en casi todos los demás departamentos. Magdalena, Meta y Tolima se afianzan en los primeros puestos del deshonroso ranking.

El escándalo reciente y la discusión pública se han centrado en los menores de edad. Pero el cuadro no queda completo sin mirar lo que pasa con los adultos que pasan hambre y mueren por ello. Me di a la tarea de buscar las cifras, que se pueden extraer de las estadísticas anuales del Dane. No me esperaba lo que encontré. La mayoría de los 1.403 colombianos que fallecieron por hambre en 2015 no eran niños, sino ancianos. No murieron en La Guajira, sino en lugares como Valle del Cauca, Bolívar, Atlántico y Bogotá.

Quien sucumbe al hambre tiende a ser una persona mayor de 75 años, perdida entre las rendijas de la memoria de sus familiares y del Estado. El año pasado fallecieron desnutridos 392 mujeres y hombres mayores de 80 años, 146 que contaban entre 75 y 79, y 142 mayores de 90. En otras palabras, 56% de los fallecimientos de este tipo fue de mayores de 75 años.

Lo de los departamentos confirma que hay bastante más detrás del hambre que la corrupción de unos cuantos en la Guajira. Habría que explicar por qué en el Valle murieron 189 personas por desnutrición el año pasado, mientras que en La Guajira la cifra fue 47. Por qué en un departamento chico como Atlántico fallecieron 96 y en Bogotá, a escasas cuadras de todos las agencias estatales centrales, murieron 83. Si buscan su departamento en la infografía que cuelgo en Twitter, se encontrarán con otras sorpresas.

No todo son malas noticias. Pronto explicaré que hemos hecho avances notorios contra el hambre en los últimos 25 años. Pero por ahora, las cifras sobre ancianos y niños traen a la mente la máxima según la cual una sociedad no debe ser juzgada por cómo trata a sus miembros más pudientes, sino a los más dependientes e indefensos. No por el número de restaurantes de lujo, sino por el de personas que mueren de hambre.

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