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Mujeres XS, mujeres W

César Rodríguez Garavito
febrero 6, 2012

Publicado en: El Espectador

Se habla mucho de la belleza de las colombianas. Pero no del costo personal y social de las forradas curvas, los escotes, los descaderados: de la calle convertida en pasarela.

 

Tampoco del efecto de la mirada refleja de los hombres colombianos, que se acercan a la mujer, con más o menos discreción, “midiéndola, sopesándola, calculando cuánta carne hay en cada una de sus tetas y muslos”, como dijo Vargas Llosa de los dominicanos en La fiesta del chivo.

El asunto me vino a la mente al leer una noticia inverosímil: las colombianas no caben en la ropa. Pero no porque sus cuerpos sean desmesurados, sino por todo lo contrario. Lo que pasa es que las tallas aquí son más pequeñas que en otras partes. “Eso hace que las mujeres siempre tengan que comprar una talla más y cuando uno compra una talla más, piensa que se engordó”, comenta la diseñadora Carolina Malabet, que ha tenido la revolucionaria idea de fabricar prendas para la mayoría de mujeres, “midiendo las prendas en personas reales y no en modelos”.

Intrigado, les pregunté a algunas amigas y todas lo confirmaron. Aquí el vestuario femenino está hecho para medidas de maniquí. Las que en marcas extranjeras compran XS, aquí son M o L. Da lo mismo si se trata de ropa interior, de los ajustados “topcitos” o de los asfixiantes jeans. Todos son diseñados para embutir a las mujeres en el modelo XS. Son los corsés del siglo XXI.

El modelo XS no se queda en el guardarropa. Dando un paso atrás en el abecedario, se extiende a la cultura de las “Mujeres W”. La que no se contenta con que las féminas sean profesionales competentes, sino que exige que además sean sexys. La cultura nacional, martillada todos los días por La W, como lo dijo María Jimena Duzán en memorable columna sobre las periodistas acariciadas por la voz melosa de Julito y vendidas en minifalda para aumentar el rating.

Antes de que machos y libertarias desechen mi queja por puritana, aclaro que aprendí la misma mirada maliciosa de mis coterráneos, aguzada por una adolescencia gastada en un colegio católico unisex; que, contra feministas antipornografía como Catharine MacKinnon, defiendo la libertad de expresión de las publicaciones como SoHo; y que creo en el derecho de cada mujer de vestirse como le plazca y en el encanto liberador de sociedades que no les temen al contacto físico ni a disfrutar el cuerpo.

Pero lo de la ropa XS me hace pensar en el lado oscuro de la bellocracia colombiana. Para que la industria del vestido mantenga su diminuto molde, se requiere la asistencia de otras. Una es la industria de la cirugía plástica, en la que Colombia ocupa un lugar mundial tan destacado que probablemente supera sólo la producción de café. Según cifras de la Asociación Internacional de Cirujanos Plásticos, el país figura en décimo lugar en cantidad anual de cirugías de este tipo. De ahí la abundancia de curvas inverosímiles, de vientres planos, de pechos sobrenaturales. Parte de la demanda viene de la conocida estética traqueta, impuesta a jóvenes para quienes sin tetas no hay paraíso. Pero otra parte viene de miles de mujeres anónimas, cuya historia no ha sido contada, para quienes arriesgarse a una liposucción es un mal menor, comparado con la angustia diaria de no dar la talla, literalmente.

El otro gremio que sostiene la bellocracia es el de los sicólogos. Porque el efecto de la cultura XS es la inseguridad existencial de mujeres sometidas diariamente a la presión de comparaciones y miradas. Las más afortunadas la desahogan en periódicas sesiones de sicoterapia. Las menos la llevan en silencio, o se convierten en casos de lo que los especialistas llaman “trastorno disfórmico corporal”, que inmoviliza a quienes piensan que no se ajustan al molde de beldad oficial.

Mientras disfruto las curvas del día en las calles y los noticieros, pienso que quizás el costo de mi felicidad, el costo de la cultura XS, son miles de infelicidades XL.

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