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“No se nace mujer, se llega a serlo”: hoy, en Colombia, más pertinente que nunca

Margarita Martínez Osorio
octubre 14, 2016

Publicado en: Vice

No estamos obligadas a acogernos a modelos de buena vida impuestos desde afuera: podemos crear nuestro propio proyecto de vida, sin frustraciones

 

Recuerdo que cuando era muy niña una preocupación me aquejaba con particular intensidad: había nacido mujer y, por eso, parecía que en algún momento de mi vida tenía que convertirme en madre y esposa. Mi mamá, mi abuela, mi bisabuela, y todas las mujeres que me rodeaban eran madres; entregaban sus vidas, sus energías y su tiempo a cuidar de su familia, de su casa y de sus esposos. Mi abuela hablaba todo el tiempo del momento ––para mí lejano y abstracto–– en el que llegaría mi turno para casarme y formar una familia. Me aterraba. Me angustiaba. Nadie me preguntaba si yo quería eso. A nadie le interesaba si esa posibilidad me hacía feliz. Parecía un destino que tenía que asumir irremediablemente por el solo hecho de haber nacido mujer.

Quería que el tiempo no corriera. Quería seguir jugando, leyendo, estudiando. Me llenaba de angustia pensar en el momento en que llegara la responsabilidad de cuidar a otros y de casarme. No sabía si iba a estar preparada para esas tareas y, lo más importante, no sabía si ese destino me iba a hacer feliz. No me daban tiempo ni espacio para pensarlo.

Parece absurdo tener que mostrar la importancia de que las personas seamos felices. Pero hoy, más que nunca, debemos reivindicar esa posibilidad. Desde el debate por las cartillas que el Ministerio de Educación estaba promoviendo para enseñar educación sexual en los colegios, hasta las múltiples acusaciones mentirosas de que los acuerdos de paz con las Farc contienen la presunta “ideología de género”, muchos han usado esta bella frase de Simone de Beauvoir, para mostrar el supuesto demonio al que nos estamos enfrentando: “no se nace mujer, se llega a serlo”.

Esa frase me mostró que yo podía ser libre: dejé de angustiarme por un destino que creía inamovible, porque me di cuenta de que ser madre o esposa eran roles que yo podía elegir, y no eran las únicas posibilidades para construir mi proyecto de vida.

“Llegar a ser mujer” es un proceso de educación en el que nos enseñan a las mujeres desde niñas a cuidar de otros, a ser maternales, a que nuestro cuerpo se vea esbelto porque pareciera que nuestro propósito en la vida es atraer a los hombres, a vestirnos o actuar de una u otra manera para ganarnos el respeto de los demás, a que tenemos un destino del que no podemos escapar. Pero así como muchas en algún momento pensamos que solo podíamos llegar a ser ese tipo de mujer, también descubrimos muchas otras posibilidades para vivir nuestras vidas; posibilidades más cercanas a aquello que nos hacía felices y no a las expectativas que los otros tenían sobre nuestros cuerpos y nuestros destinos.

Por eso no entiendo cuál es el miedo a decir que no nacemos mujeres, sino que llegamos a serlo. Aquí no hay ningún monstruo. Aquí hay una apuesta por la libertad y la felicidad, dos palabras que deberíamos tener más en cuenta a la hora de pensar en nuestras decisiones individuales y colectivas.

Libertad, por un lado, porque así como históricamente hemos asumido de muchas maneras modelos sobre lo que debe llegar a ser una mujer, también podemos crear otros modelos que se ajusten más a nuestras expectativas. Podemos forjar nuestra propia vida ––descubrimiento que puede parecer obvio, pero que debemos recordarnos una y otra vez. Y felicidad, por otro lado, porque no estamos obligadas a acogernos a modelos de buena vida impuestos desde afuera: podemos crear nuestro propio proyecto de vida, sin frustraciones, sin el dolor derivado de no cumplir con las expectativas de otros.

A pesar de esto, mucha gente sigue acusando a la supuesta “ideología de género” de atentar contra los valores familiares. Muchos líderes políticos nos insisten repetidamente que nacimos mujeres y nos quedamos mujeres, que debemos seguir nuestro aparente destino “natural”. ¿Por qué ese miedo a la libertad? ¿Por qué restringen nuestras opciones para ser felices? Si alguna vez decido ser madre, quisiera que el cuerpo de mi hijo o hija no sea una fuente de frustración o tristeza; quisiera que encuentre en su cuerpo una fuente de libertad y no una cárcel. Esos serían los valores familiares que me gustaría cultivar y hoy más que nunca los reivindico.

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