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Nuestra realidad encantada

Mauricio García Villegas
enero 20, 2012

Publicado en: El Espectador

Jorge Elías González, el célebre chamán contratado para detener la lluvia en Bogotá, dice que antes de actuar reza durante unos minutos y le pide al “dios padre” que le dé poderes para desviar las nubes.

 

Ésa ha sido la principal noticia de esta semana en Colombia. No hubo telediario, periódico, ni conversación que no se ocupara de las capacidades del chamán González (que en realidad es un radiestésico). Pero la gran noticia de la semana no es lo que puede o no puede hacer Jorge González, sino el fenómeno generado con esa noticia.

En Colombia, invocar fuerzas sobrenaturales para resolver problemas que nos sobrepasan (desde las lluvias, hasta la violencia, pasando por el fútbol) es una práctica que, a pesar de la modernidad y de la secularización, nunca ha perdido vigencia. Lo que pasa es que, si eso lo hace un obispo, un presidente que se arrodilla ante las cámaras de televisión o un procurador en su despacho, no pasa nada, pero si lo hace un chamán todo el mundo salta.

Muchos católicos creen (como los videntes, los curanderos, los esotéricos o los chamanes) que es posible pedir la intervención de alguien en las alturas para que se ocupe de nuestros males aquí en la tierra. Por eso la gran variedad de santos especializados en resolver problemas: San Antonio para los solteros, San Roque para las enfermedades incurables, San Higinio para los temblores de tierra, Santa Bárbara para las tempestades, las Ánimas Benditas del Purgatorio para toda clase de males y, ahora, la sangre del beato Juan Pablo II para la reconciliación de Colombia. (“La superstición es la religión de las almas débiles”, decía Edmundo Burke; pero, ¿no será más bien al contrario: que la religión es la superstición de los débiles?).

Orar para pedir la intervención divina es una costumbre que viene desde la llegada de los españoles. Es verdad que en los últimos 50 años mucha gente ha dejado de creer en la Iglesia, incluso en Dios. Pero sigue creyendo que su vida está regida por fuerzas sobrenaturales; por una corte celestial cuyos miembros intervienen, a partir de ruegos, para mover los hilos de la realidad. Dejar de practicar un ritual no significa dejar de creer en lo que el ritual representaba.

Se habla mucho de la secularización de la sociedad colombiana, pero lo que realmente ha sucedido es una pérdida importante del poder de la Iglesia católica (todavía conserva mucho) y no un desvanecimiento de la creencia de que el mundo está encantado, gobernado por fuerzas sobrenaturales a las cuales podemos acudir cuando no sabemos qué hacer.

Cuando la invocación del más allá es hecha por alguien que está en el centro del poder, no pasa nada. Se dice que el presidente Ernesto Samper aceptó que su esposa Jackie llevara a Palacio a una vidente de Pereira para detectar malas energías en su contra. Hace unos años, el exfiscal Mario Iguarán contrató a un psíquico para que lo protegiera; el representante Odín Sánchez propuso, hace un tiempo, llamar a un brujo chocoano para que identificara a los parlamentarios que votaban en la oposición; y, para no ir muy lejos, hace pocos días María Jimena Duzán entrevistó, para la revista Semana, a una experta en el tarot para saber lo que pasará en este año 2012.

La intervención del chamán González no tiene pues nada de raro en el panorama nacional; sólo que es una persona humilde (no es un presidente, ni un procurador) y no ha sido investida de autoridad (como un obispo) para invocar a las fuerzas divinas. Por eso sorprende tanto.

En Colombia se ha perdido buena parte de los ritos católicos que se practicaron durante casi quinientos años. Sin embargo, la visión encantada de la realidad que estaba detrás de esos ritos sigue casi igual.

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