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| Archivo personal: Rodrigo Uprimny

Nuestro amigo Juanca

Juanca hizo así de la amistad un arte de vivir, con lo cual confirmó la vieja tesis de Aristóteles en la Etica a Nicómaco de que la amistad es una virtud necesaria para lograr una vida plena, como la que tuvo Juanca, pues sin amigos tal vez no vale la pena vivir aunque uno posea todos los bienes del mundo.

Por: Rodrigo Uprimny YepesEnero 8, 2024

Mi querido amigo Juan Carlos Henao, prematuramente fallecido esta semana, es conocido y será recordado por la opinión pública por sus contribuciones al Estado de derecho y a la paz. Es justo que así sea, pues sus aportes son notables en al menos tres campos: en el diseño de la JEP, que permitió una paz con las FARC con justicia y respetuosa de los derechos de las víctimas; en la Corte Constitucional, en donde participó en decisiones esenciales, como la prohibición de la segunda reelección de Uribe o la aprobación del matrimonio igualitario; y sus contribuciones a la doctrina jurídica sobre la responsabilidad extracontractual del Estado, que se concretó no solo en su tesis doctoral sino en numerosos libros y artículos. Este último tema fue su pasión, pues veía en él el fundamento de una concepción democrática del Estado: que las autoridades respondan cuando ocasionan daños a los ciudadanos.

Estos aportes jurídicos provocarán sin lugar a dudas reflexiones en escritos especializados, pero en esta columna quisiera destacar tres rasgos de su carácter que hicieron de Juanca una persona entrañable: su particular forma de conversar, su optimismo y alegría desbordantes, y su profundo sentido de la amistad. 

Juanca conversaba y discutía en un lenguaje muy coloquial, muy lejano de los excesos formalistas de muchos abogados y académicos. Este hablado desabrochado, que algunos podían confundir con superficialidad o chabacanería, escondía una agudeza jurídica y filosófica envidiables: su capacidad de abordar las perplejidades y dilemas que suscitan ciertos conceptos jurídicos abstractos con anécdotas y ejemplos cotidianos, que Juanca no sólo imaginaba sino que había también recolectado del cuidadoso estudio de miles (no exagero) de decisiones judiciales en Colombia y en otras partes del mundo. Así Juanca lograba mostrar el derecho en acción y en la vida, en vez de simplemente describir el contenido formal de las reglas jurídicas.  Por eso siempre fue un profesor adorado por sus estudiantes. 

Juanca desbordaba casi siempre de un optimismo desbordante y era capaz de enfrentar con irreverencia incluso las situaciones más difíciles o injustas, como tener que soportar el cáncer no una sino dos veces. Por eso sus amigos confiamos en que Juanca, con su exuberante vitalidad, sería capaz de derrotar este segundo cáncer, como lo había hecho con el primero hace unos diez años. Pero finalmente en esta ocasión nos lo arrebató la muerte, de la cual Juanca siempre pudo hablar con una serenidad admirable. Una lección de estoicismo de quien era un apasionado de la vida.

Conocí a Juanca en la universidad y fuimos buenos amigos desde entonces. Tuvimos nuestras desavenencias, a veces agudas, en especial por nuestras distintas y muchas veces opuestas visiones sobre el Externado y sobre Fernando Hinestrosa. Por ejemplo, siempre le critiqué que hubiera renunciado a la Corte para ser rector del Externado. Sin embargo, a pesar de esos desencuentros, nuestra amistad no sólo perduró en todas estas décadas sino que además Juanca se volvió un amigo muy cercano de toda mi familia. Todo eso fue en gran parte porque Juanca, como lo destacó la bella columna de ayer de Mauricio García, fue un cultor de la amistad como pocos, no sólo por la cantidad de amigos que tuvo sino sobre todo por la generosidad y cariño que nos dispensó a quienes le fuimos próximos. Juanca hizo así de la amistad un arte de vivir, con lo cual confirmó la vieja tesis de Aristóteles en la Etica a Nicómaco de que la amistad es una virtud necesaria para lograr una vida plena, como la que tuvo Juanca, pues sin amigos tal vez no vale la pena vivir aunque uno posea todos los bienes del mundo. 

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