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“Nunca he sido de la guerrilla”

Irina Alejandra Junieles Acosta
septiembre 27, 2017

Publicado en: Colombia 2020, El Espectador

Entre 2003 y 2004, más de 300 campesinos de Bolívar fueron apresados y en su mayoría acusados erróneamente de pertenecer a las Farc. Después de años de silencio, varias víctimas de Montes de María cuentan su historia y reclaman justicia y verdad.

 

Una fila de personas miran al frente sin bajar el rostro. Desde el ángulo desde el cual observo, la fila se pierde anunciando que es más larga de lo que alcanzamos a ver. Hago el esfuerzo por contar cuántos son y, después de repetir muchas veces la operación, calculo que son 39. Están vestidos con camisas de mangas largas recogidas al codo, con estampados a cuadros y de listas, una que otra es de un solo color. La mayoría son hombres, pero entre ellos sobresale una mujer que luce erguida, con el gesto del que no debe nada a nadie. A su lado, un soldado de la Infantería de Marina, vigilante con su fusil en alto. Debajo de la imagen, que ocupa casi la mitad de la página del periódico, un titular anuncia: “Caen 74 presuntos guerrilleros”.

La lideresa retirada

Viajamos a La Cansona, el cerro más alto de los Montes de María con 656 metros de altura. Está ubicado en el municipio de El Carmen de Bolívar, corona de la llamada Alta Montaña, desde donde en los días soleados se puede divisar el mar Caribe. Ahí nos encontramos con Emilse Hernández, una mujer de 45 años, alta, de piel morena, rasgos fuertes y sonrisa fácil

Emilse se considera fundadora de las primeras organizaciones comunales de la zona alta montemariana. Me cuenta que no le es posible explicar las razones, pero que la convicción de que la gente debe organizarse para reclamar sus derechos la lleva adentro y nació con ella. Tenía 17 años cuando entró a la junta de acción comunal de la vereda Hondible, de El Carmen de Bolívar. También me dice que no entiende por qué el propio Gobierno les impulsó a crear la Junta de Acción Comunal, y luego les dio la espalda.

“Íbamos recogiendo los problemas por las veredas, luego yo iba a la Alcaldía, a la Gobernación, a la Personería, a la Defensoría para buscar solución”, dice mientras estira su figura atlética en la silla plástica donde está sentada.

Emilse Hernández – Fotos Juan Zarama

Cuenta que ni su mamá ni sus hermanos querían que siguiera en la organización. En el año 2002, el Ejército preguntaba por ella a todo el que pasaba por los puestos de control. “Le mostraban a la gente una foto mía y le preguntaban si conocían a esa terrorista”, relata. Emilse no olvida que militares iban una vez por semana a su casa y le revolvían todo, incluso un día le quemaron los papeles de la junta.

A Emilse la detuvieron dos veces, la primera a mediados de 2003 y sólo duró un día. Recuerda que llegaba a una reunión en la vereda Loma Central, cuando el Ejército le dijo que la acompañaría. Al llegar al pueblo otros soldados que la esperaban le gritaron obscenidades, le arrebataron el bolso y le pidieron que se desnudara. En ese momento se lleno de ira y lejos de obedecer recogió un cigarro del piso, lo prendió y con su mano temblorosa se lo llevó a la boca. El capitán a cargo le sentenció: “Tienes miedo”. Y de nuevo, sin saber de dónde le vino el valor, lo miró a los ojos y le dijo: “Sí, tengo miedo, y también tristeza de que sea el Gobierno el que me haga temblar en vez de defenderme”.

Los soldados se quedaron callados, incluso cree que algunos sintieron vergüenza. Entonces señaló con su mano a seis informantes encapuchados que les acompañaban, y les reprochó: “¿Ustedes les creen a esas personas? Recogen a todos los delincuentes que hay en las comunidades y les pagan para que nos señalen. Qué vergüenza me dan”.

A Emilse la capturaron otra vez el 25 de octubre de 2005. Llegaron a su casa con un orden de captura procedente de Sucre. Desde Hondible la llevaron caminando hasta la vereda Lázaro, donde la esperaba un helicóptero que la trasladó hasta una base militar ubicada en Cartagena. De ahí la trasladaron a la Fiscalía seccional 39 y luego a la cárcel de San Diego, donde estuvo 8 días. La Defensoría del Pueblo le nombró un abogado y el juez, al revisar el caso, le dio la libertad inmediata.

Cuando salió, le daba susto regresar y por primera vez tuvo miedo de morir. Para escapar del temor y sobrevivir se hizo empleada doméstica en Cartagena, donde estuvo ocho meses hasta que no resistió más la nostalgia y se regresó. Sin embargo, algo en ella se había roto.

Ahora que no hay grupos armados y que muchas organizaciones campesinas han reactivado su trabajo, le pregunto por qué no está en esos escenarios. Emilse guarda silencio: luego me responde con los ojos aguados: “A veces amanezco con ganas de ir a una reunión, pero no sé qué me pasa, al poco tiempo de estar allí me entra algo y me voy… me siento sin fuerzas. Ya no es lo mismo”. Su confianza en el Estado sigue rota, dice que oye las noticias y ve que en medio del proceso de paz se sigue acusando a gente inocente.Al final, insiste en que tengo que visitarla en su casa, que tiene un galpón de gallinas ponedoras que llegaron cuando a su mama y a sus 12 hermanos les dictaron a favor una sentencia de restitución de tierras.

Evidentes irregularidades

William Montes

Casos como el de la detención de Emilse Hernández no fueron aislados, sino que se enmarcaron en una estrategia del Gobierno para enfrentar lo que a su juicio era la “mimetización de integrantes de la sociedad civil en organizaciones armadas”. Según un informe de la Defensoría del Pueblo en Bolívar, entre 2003 y 2004, 328 personas fueron capturadas masivamente en 26 procesos adelantados por la Fiscalía. Dice ese informe, que de los 328 capturados se concedió libertad a 231 en los meses siguientes y 97 fueron acusados, sin que existan datos sobre si hubo condenas.

Dos datos claves aparecen en el informe defensorial de Bolívar en 2006 sobre capturas arbitrarias en el departamento. De un lado, la participación de informantes que recibían incentivos por la delación, que en muchos casos les llevó a tergiversar la verdad para obtener beneficios. Y de otro lado, las características de buena parte de los detenidos: ejercían liderazgo y defensa de derechos, o cumplían labores que garantizaban la subsistencia y la permanencia de campesinos en zonas rurales de difícil acceso. La mayor parte de los casos se ubicaban en la subregión de Montes de María y el 52 % en el municipio El Carmen de Bolívar.

En 2004, la Procuraduría y la Defensoría del Pueblo llamaron la atención sobre los excesos cometidos por funcionarios públicos en los procedimientos de capturas en todo el país. En febrero de 2005, un Informe rendido por la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos en Colombia planteó la preocupación por las detenciones arbitrarias, caracterizadas por “la precariedad de los indicios, y las irregularidades y manipulaciones procesales”. Las denuncias incluían la estigmatización por “el despliegue periodístico y público del nombre, y a veces foto o imagen, de las personas detenidas”.

Según el organismo internacional, funcionarios públicos protagonizaron o apoyaron la práctica de detenciones individuales y masivas basadas en investigaciones e indicios poco sólidos. Denunciaron, asimismo, que “en reiteradas ocasiones se dieron órdenes de captura en blanco o éstas se emitieron con posterioridad a las actuaciones, con la tolerancia o la implicación directa de los fiscales”.

En estos tiempos de consolidación de paz territorial, el Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, que se desprende del Acuerdo de Paz, podría esclarecer las responsabilidades colectivas del Estado y atender a esas víctimas. El posacuerdo es una oportunidad para adoptar las reformas necesarias en instituciones estatales como el Ejecutivo, la Fiscalía, la Policía y las Fuerzas Militares, para evitar que esos excesos de poder vuelvan ocurrir.

Cientos de historias

En la casa de Eduardo Meriño, a quien todos conocen como el CachacoMeriño, me esperan Fernando Royett, Luis Anillo, Fabio Romero, María Patricia Chimá, William Montes Ortiz, y Javier Reyes. Antes de empezar, les cuento que me acompaña el fotógrafo Juan Zarama, de El Espectador, y les explico que están en su derecho a rehusarse a ser fotografiados. El señor Meriño interrumpe y casi me regaña: “Mire, sabe qué, así como nos sacaron la cara en la prensa, asimismo quiero que me tomen mi foto y que en los periódicos digan que nunca he sido guerrillero”. Todos los demás asienten.

Eduardo Meriño

El Cachaco Meriño siempre se ha ganado la vida transportando gente entre las más de cien veredas y corregimientos de la zona baja, media y alta de El Carmen de Bolívar. Los viejos camperos que maneja también han sido el único vehículo para abastecer las tiendas en los lugares más apartados.

Cuenta que cuando empezó el retorno a El Salado, después de la masacre de febrero de 2000, donde perdieron la vida decenas de personas, él era el único que se atrevía a subir para garantizar que la gente tuviera lo necesario para subsistir y recibieran noticias del resto del mundo: “¿Cómo iba a dejarlos solos?”, me dice. Fue en esa época cuando ocurrió su captura, en septiembre de 2003. Narra que 10 camionetas del Ejército y 60 hombres rodearon su casa, como si fuera el peor criminal. Se lo llevaron y estuvo 26 días en la cárcel de Ternera, en Cartagena, acusado del delito de rebelión, pues lo asociaban a transporte de insumos para la guerrilla.

En la conversación, las historias de Eduardo, Fernando, Luis, Fabio, María Patricia, William y Javier se entrecruzan: fueron víctimas de capturas masivas en septiembre de 2003, encapuchados los señalaron de guerrilleros, las imágenes de sus capturas salieron en medios de comunicación, todos demostraron su inocencia y fueron puestos en libertad, y por varios años compartieron el miedo a hablar y a demandar a quienes los incriminaron.

La mayoría de los detenidos no pasaron mucho tiempo encerrados, pero los daños del cautiverio todavía se ven y se sienten. Sin embargo, además de destrozar la vida de muchas de estas personas, las capturas también significaron la interrupción de procesos sociales en todo el territorio y sembraron la semilla de una profunda desconfianza de las comunidades en las instituciones, especialmente frente a la Fuerza Pública y autoridades judiciales como la Fiscalía.

Javier Reyes

Fotos:Juan Zarama

Fui capturado dos veces. Nosotros teníamos una finca de aguacate y yo lo negociaba con plata ajena. Me capturaron en el 2003, en mi casa en El Carmen de Bolívar, me partieron la casa y las puertas. Cuando entraron, tenía cargada a mi niña de 28 días de nacida y no les importó. Así y todo, me pegaron, me partieron la cabeza.

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Me llevaron a la sede del Idema en El Carmen de Bolívar. Ahí me metieron la cabeza en agua con hielo y a eso le ponían electricidad.Cuando me metían la cabeza, la cubeta de hielo me daba duro y el agua estaba ensangrentada. Cuando uno está en el agua, la electricidad se corre por los ojos, eso es impresionante. En una de esas me pusieron con el encapuchado y yo aproveché un momento, me le tiré encima y le quité la capucha. Le dije: “hijueputa tu qué, ¿tienes frio?”, y me cayeron todos los soldados encima.

Me capturaron por segunda vez en octubre de 2004. Cuando llegaron yo me llené de rabia y le quité el fusil a un soldado, pero menos mal no lo sabía accionar. Yo tenía un odio muy grande por dentro. Los soldados se abalanzaron y me lo quitaron, entonces sí me dieron duro. Tengo muchas cicatrices de los golpes en el cuerpo. Fui condenado a 10 años por rebelión y concierto para delinquir. Estuve diez años en prisión y me condenaron siendo inocente.

Ahora ya no le cargo rencor a nadie, tengo tres niños y con ellos he alcanzado la paz, pero conseguir un trabajo es duro. Tengo un trabajo inestable que no da para vivir bien. Hemos ido armando una organización y recogiendo los nombres de 678 personas de la zona que estuvieron en la cárcel siendo inocentes, todos queremos limpiar nuestro nombre.

Fernando Segundo Royett

Yo venía de visitar a mi novia, eran las 9 de la noche cuando llegue a la casa donde vivía con mis padres en El Carmen de Bolívar. Como a las 10 de la noche ya estaba acostado y de un momento a otro llegó la infantería. Un soldado me levantó de la cama y me dijo: “guerrillero, ¿tienes el armamento debajo de la cama?”. Me sacaron al patio y allí un encapuchado dijo: “ese es…”.

De ahí me llevaron para el batallón de Malagana y dizque me iba a mostrar unos videos donde estaba con Martin Caballero. Yo dije: “¿y cuando…?”, nunca en mi vida lo había visto. A mí pusieron una bolsa negra en la cabeza para que hablara y dijera nombres, ¿y yo qué decía?, si no tenía nada que decir.

Me llevaron a la fiscalía y de ahí a cárcel de Ternera, donde estuve cinco meses. Nunca presenté ninguna demanda porque mis papás me pidieron que no lo hiciera, tenían miedo de que me pasa algo. Mi papa murió de eso, lo que más me dio tristeza es que él no se repuso. Cuando salí, la gente no me miraba bien. Me tocó irme para un tiempo para Barranquilla, y después regresé. Ahora trabajo como vendedor y tengo dos niños, pero todavía la gente me mira raro y a veces me preguntan cómo era estar en la guerrilla. ¿Y yo cómo voy a saber?

Luis Anillo

Mi captura fue el 26 de septiembre de 2003 a las 9 am. Yo vivía en El Carmen de Bolivar con mi papá y mi mamá. Tocaron la puerta y, cuando abrimos, los soldados invadieron y apagaron todos los focos. Mi mama los prendía y ellos los apagaban, y mi mama volvía y prendía.

Y ahí es cuando uno se acuerda que le han dicho que en la oscuridad es cuando ponen las cosas, ponen granadas y armas, y dicen que uno las tenía. En una de esas, mi mamá prendió el foco de la puerta de la casa y entonces vimos la camioneta donde habían llegado. Ellos la corrieron para quedar en la oscuridad, pero yo alcance a ver un cara tapada.

Nos hacían preguntas y yo contestaba. Según decían ellos, yo patrocinaba 11 hombres de las Farc. Yo les decía: “conozco a la guerrilla en la televisión”. Entonces me dijeron que me desnudara para ver si tenía marcas del morral y botas de caucho. Quede encuerecito y no vieron nada. Cuando llegamos al batallón, un soldado intentó pegarme y lo esquivé, le dio a la puerta. Entonces se emputó y me quitó la cédula, yo fui y le reclame al superior y él hizo que me la devolviera.

Duré 26 días en la Cárcel de Ternera en Cartagena. Salir me costó 5 millones 300 mil pesos, eso se llevó todo lo que tenía, todo lo que había trabajado en mi vida, porque por pura casualidad yo tenía un negocito en el barrio El Minuto y lo acababa de liquidar para comprar otro negocio mejor en el Centro. Todo el trabajo se me perdió, después de eso mi vida no fue igual.

María Patricia Chimá

Yo tenía a mi hija de 15 años enferma y, un día antes de que pasara lo que pasó, fui al medico con ella y dijeron que tenía ovarios poliquísticos, me dijeron que había que operarla.

Me fui a mi casa llorando porque estaba sola con mis tres hijos, pues mi marido me había abandonado. Yo me ganaba la vida trabajando en la compañía de tabaco cuando me llamaban, o lavando y planchando en casas ajenas.

Ese día yo tenia 2000 mil pesitos y me acuerdo que compré unos guineos. Recuerdo que con el resto compré una libra de arroz y una taba de panela. Acosté a mis hijos sin nada más, porque no había para nada más. El mas pequeño de los niños tenía 6 años.

A la una de la mañana de ese día de septiembre de 2003, me levanté porque me golpeaban duro la puerta, me la querían tumbar. No sabía qué era, pero me armé de fuerzas y la abrí.

Yo tenía una hamaca y un colchón, y había armado otro espacio para dormir amontonando un poco de trapos. Ahí estaba durmiendo con mis tres hijos cuando los soldados entraron. Todo eso me lo destrozaron. Ellos seguían revolviendo las cosas, como buscando algo. Mis tres hijos estaban conmigo llorando, el menor estaba vuelto loco gritando.

Yo les pregunté: “¿qué buscan?”, y me dijeron que yo era miliciana. Me llevaron a la una de la mañana. Dejé a mis tres hijitos solos ahí, estaban temblando los pobrecitos. Yo iba esposada y cuando uno estira la mano, la esposa le aprieta a uno, tenía que estar uno quieto.

De ahí nos llevaron a la bodega, y de ahí al batallón de Malagana. Me intentaban coger la huella y la huella no salía, y me decían: “¡cómo te va a salir la huella guerrillera, si el fusil te la quitó!”, y yo lloraba y les decía que estaban confundidos, y lloraba pensando en mis hijos

Duré 26 días detenida en la cárcel de mujeres en Cartagena y me dieron la libertad porque no tenía nada que ver con eso. Mientras, mis hijos recogieron plata en la calle, en el centro, para poder comer. Las cosas cambiaron después de eso, la gente y la familia no fue igual, me dolió que me contaran que a un sobrino mío le preguntaron por mí en la calle y dijo que no me conocía.

Es ahora y todavía me da miedo que me pidan la cédula y que eso todavía salga por ahí. He salido adelante con mis hijos, pero nunca demandé.

Manuel Jaraba: El campesino que exige que limpien su nombre.

Manuel Jaraba es un campesino montemariano nacido en la vereda Las Lajitas, donde vivió hasta que el miedo le obligó a abandonar todo lo que tenía.  En la finca que atendía con su mujer y sus cinco hijos, cultivaba yuca, ñame, maíz, conservaba también un bosque de aguacates. Desde hacía años, en la zona había actores armados, pero en 2002 la situación se volvió más crítica. Para hacer sentir su autoridad, las FARC hicieron correr la voz de que quienes bajaran hasta la cabecera municipal de El Carmen de Bolívar, serían considerados informantes de la fuerza pública.

No bajar al pueblo significaba perder la cosecha, así que, casi contra su voluntad, don Manuel dejó que su hijo Jony bajara a lomo de mula, dos veces en la misma semana, a vender la carga de maíz. A los pocos días la guerrilla se presentó y los tildó de “sapos”, y de paso los acusó de ir con cuentos a la Infantería. Pocas semanas después, una mañana en la que Jony iba por uno de los caminos veredales, unos metros más adelante que Don Manuel, cargando un costal de aguacates al hombro, se oyó un tiro. Don Manuel avanzó rápido y vio a su hijo en el piso, mientras recibía seis tiros más. Tenía tan solo 17 años de edad.

A partir de ese momento tomó la decisión de marcharse y dejar lo poco que tenían, unos puercos, varias gallinas y un burro. La estrategia fue salir sin nada, como si fueran a regresar, y así evitar que se dieran cuenta y los mataran. Llegaron a la cabecera de El Carmen de Bolívar y lograron entrar en el programa de una ONG que contrató a don Manuel para la construcción de un barrio en el que se les entregaría una casa. Los tiempos estaban por mejorar, eso lo sintió el día que instaló la puerta a la nueva vivienda y acordó con su mujer que se mudarían al día siguiente.

Esa noche de septiembre, previa a la mudanza, cuando el reloj marcaba la una de la mañana, oyó ruidos en el patio de la casa, luego sintió un cuchicheo, y de pronto vio como irrumpía un grupo de soldados que tiró la puerta y le anunciaban que tenían orden de capturarlo por guerrillero.  “Yo le dije al gobierno, hombre, cómo van decir que estoy con la guerrilla, si la guerrilla me mató a mi hijo”. Don Manuel me mira y se pregunta: “¿cómo a alguien se le podía ocurrir eso? Y él mismo se responde: “en esa época había gente a la que le pagaban por denunciar a cualquiera y así fue como caí con otros inocentes”.

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