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Ojo a la privacidad

Vivian Newman Pont
julio 9, 2013

Publicado en: El Espectador

De manera imperceptible pero segura, La vida de los otros se va volviendo pública o del Estado, gracias a internet.

 

De manera imperceptible pero segura, La vida de los otros se va volviendo pública o del Estado, gracias a internet.

Si Facebook es de voyeristas y exhibicionistas que entregan voluntariamente al mundo todas sus intimidades, Google, iTunes y Youtube le pasan esta información de sus usuarios a los gobiernos. Sé que estas dos frases son extremas y hay otra cara de la moneda porque las bondades de internet son innegables. Pero tampoco es una novedad que las nuevas tecnologías nos tienen a los adultos descrestados al tiempo que enceguecidos e ignorantes de su lado menos amable.

Un riesgo serio nos lo hizo ver Edward Snowden denunciando los atentados contra la intimidad de la Agencia de Seguridad estadounidense y Prisma. Este antiguo funcionario de inteligencia reveló un programa del servicio de seguridad que autoriza al gobierno de Obama a recoger información, correos electrónicos, direcciones y conversaciones de usuarios (básicamente extranjeros) de grandes compañías como Apple y Facebook, con autorización de una corte secreta. Compañías que alegan proteger al máximo nuestra privacidad, pero que ante el Gobierno se derriten y ceden.

En Colombia, la plataforma PUMA se creó con objetivos similares. Y aunque la Policía asegura que para acceder a la información de los proveedores de internet se requerirá autorización judicial, ya hay otras normas colombianas que permiten prescindir del juez para exigir todos estos datos ciudadanos directamente de proveedores de internet.

¿Para qué recogen toda esta información? Para librarnos del mal del terrorismo. ¿Y quién nos libra del mal de los gobiernos?

Uno piensa que esta preocupación es ridícula. Que el que nada debe, nada teme y que los gobiernos están para protegernos, así sea a nuestra propia costa. En principio, parece pues hasta exagerado pensar que nuestros investigadores tienen un servidor gigante con nuestros inocentes contactos y fotos personales, pero una vez que entremos en ese servidor gigante, perdemos. Tan pronto como abrimos nuestra puerta íntima al Estado, truncamos la idea de democracia.

La seguridad es un tema serio y nuestro historial en internet es información valiosa que envidia cualquiera. Pero igualmente lo es el secreto de nuestras casas y nuestras mentes. A menos que realmente nos interese que la sociedad se convierta en una gran reality de cámaras y controles que arman nuestro perfil a base de los más íntimos pensamientos que van dejando huellas cada vez que hacemos una consulta en Google: un totalitarismo suave de policías que ordenan los datos de nuestra intimidad.
Claro que cuando los policías son negligentes o de mala fe y pierden el control sobre los mini y los megadatos que recogen sus plataformas, la cosa se pone más difícil aún. La información termina en manos de chantajistas, abusadores o, como en el caso de las chuzadas del DAS, en poder de delincuentes que persiguen y asesinan a los opositores o a los diferentes.

Volvamos entonces al descreste de internet, al que me sumo, pero sin tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre. Internet es sin duda una herramienta para la libertad de expresión y la transparencia. Es también una excelente ayuda en la investigación de delitos y en labores de inteligencia para atrapar mentes criminales. Pero con proporcionalidad y razonabilidad. No de manera indiscriminada a la ciudadanía, sin control judicial ni alegando que es el único medio para mantenernos seguros ante el terror. Como dijo Benjamín Franklin, quienes sacrifican la libertad por la seguridad, no se merecen ninguna de las dos.

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