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Orlando: igualdad y violencia

César Rodríguez Garavito
junio 17, 2016

Publicado en: El Espectador

En los años que llevo escribiendo esta columna, nunca he recibido comentarios tan virulentos como cuando hablo de los derechos de la población LGBTI: cuando la homofobia de su colegio apagó la vida de Sergio Urrego, o cuando las parejas del mismo sexo dejaron de ser ciudadanas de segunda clase y pudieron unirse en relaciones civiles o matrimonios.

 

Como si fuera la mayor afrenta para un heterosexual, con frecuencia las críticas más acerbas me han invitado a salir del clóset.

Recordé todo esto al ver las imágenes de la masacre de Orlando y los violentos trinos de odio contra Claudia López, Gina Parody y la comunidad LGBTI. Recordé también que hay algo especialmente visceral, desmedidamente personal, en las ofensas contra las personas de orientación sexual diversa.

Probablemente sea eso: que su diversidad, su reivindicación, tenga que ver con algo tan profundamente humano como el sexo y el género. Pero creo que hay algo más, algo que la población LGBTI tiene en común con otros grupos discriminados que han dado luchas exitosas por la igualdad: el resentimiento y la desorientación de aquellos que ven sus prejuicios invalidados de la noche a la mañana por una revolución jurídica o política. A Martin Luther King no lo mataron durante el movimiento por los derechos de los afroamericanos, sino cuatro años después de la Ley de Derechos Civiles que apuntilló el apartheid estadounidense. Gandhi fue víctima de los extremistas hindúes que no le perdonaron, un año después de la independencia de India, haber abrazado en el camino a la minoría musulmana.

De modo que no se puede hablar de igualdad sin hablar de la violencia. Por ejemplo, de las 824 personas lesbianas, gais, bisexuales, trans o intersexuales asesinadas en Colombia entre 2006 y 2014, según cifras de Colombia Diversa. O de las amenazas contra líderes de otras organizaciones como PARCES, por su trabajo por la población LGBTI.

Tampoco se puede progresar en la igualdad sin avanzar en la respuesta pacífica a la violencia verbal y física. El primer paso lo dieron las víctimas directas, comenzando por Claudia López, Angélica Lozano, Gina Parody y Cecilia Álvarez. Como M.L. King o Gandhi, saben que no hay otra respuesta que el amor frente al miedo y al odio, y que la causa de la igualdad sigue adelante.

El siguiente paso nos corresponde a los demás. Los que no somos parte de la comunidad LGBTI pero sí de su lucha, y sentimos como propia la violencia contra ellas y ellos, desde Pulse en Orlando hasta Chapinero en Bogotá. Los que vemos que Pulse viene de pulsión, la pulsión de la vida y la alegría que, desde Freud, es el reverso de la pulsión de la muerte. Quizás eso es eso —la celebración del goce, la libertad y el color— lo que molesta a los Omar Mateen del mundo.

Por eso el ataque contra una discoteca LGBTI en Orlando es un ataque contra la libertad en general, tanto como el atentando contra una revista satírica en París lo es contra la libertad de expresión en cualquier parte. Por eso el riesgo, el temor y el valor de los activistas LGBTI es también el de todos.

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