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Palabras y violencia

Mauricio García Villegas
septiembre 29, 2012

Publicado en: El Espectador

Fernando Savater dijo alguna vez que las guerras se alimentan ante todo de palabras y que, por eso, echar más palabras a la guerra es como echar más leña al fuego.

 

Fernando Savater dijo alguna vez que las guerras se alimentan ante todo de palabras y que, por eso, echar más palabras a la guerra es como echar más leña al fuego.

Me pregunto si eso está pasando hoy en Colombia, no sólo con el tema de la paz, sino con otros debates álgidos, como el de la despenalización del aborto, el de la prohibición de las drogas, el de la restitución de tierras y otros que por estos días agitan a los medios y a las redes sociales. Discutir, en principio, es algo positivo, pero a veces las posiciones que se adoptan son tan intransigentes que uno tiene el temor de que los polemistas salgan más envenenados de lo que entraron.
Me asalta ese temor cuando leo estudios de psicología social en los que se muestra cómo cuando se discute sobre religión y política las intuiciones pesan más que los argumentos y las pasiones más que las razones. En estos casos los argumentos funcionan como estrategias sobrevinientes destinadas a mantener intactas nuestras intuiciones. Eso explica, como lo muestra Jonathan Haidt en su reciente libro, The Righteous Mind (La mente justa), que gente honesta y bienintencionada termine peleándose por diferencias religiosas o políticas. En estos casos, dice Haidt, actuamos dominados por una fuerza interna que se parece más a un abogado defensor que a un juez imparcial.
No sólo adaptamos los argumentos a nuestras intuiciones sino también a nuestros intereses, como lo muestra La Fontaine en su famosa fábula de la zorra que quiere alcanzar unas deliciosas uvas maduras pero, al ver que no lo logra, abandona la empresa con la convicción de que no vale la pena esforzarse tanto cuando las uvas están verdes.
Pero hay algo más, en las discusiones morales y políticas (se parecen más de lo que uno cree) actuamos no sólo como abogados de nuestras intuiciones e intereses sino como defensores del grupo al cual pertenecemos. Además de ser egoístas, los seres humanos somos “grupistas”. Estamos dispuestos a creer casi cualquier cosa de lo que dicen los líderes o los libros sagrados del grupo al cual pertenecemos. No sólo eso, estamos dispuestos a sacrificarnos, a veces hasta morir, cuando se trata de defender la integridad de nuestro grupo. Como dice Haidt, no somos santos, pero somos buenos jugadores en un equipo.
Desafortunadamente, la otra cara de la hermandad con los semejantes es la hostilidad contra los que no pertenecen al grupo, contra los otros. En asuntos morales y políticos el amor y el odio están más cerca de lo que parece.
No obstante, los psicólogos sociales también dicen que no todo está perdido y que es posible construir debates morales y políticos en donde los argumentos (no sólo las pasiones) valgan. Para que ello ocurra es necesario que la polémica tenga lugar en medio de audiencias amplias, pluralistas e ilustradas, de tal manera que sea posible pedirles cuentas (razones) a los polemistas y exigirles que cambien de opinión cuando las evidencias contradicen sus opiniones.
No sé si digo esto por un optimismo trágico, pero quiero terminar esta columna con la ilusión de que estamos empezando a construir ese tipo de audiencias en Colombia. Por eso, en lugar de pararle bolas a lo que dijo Savater sobre las palabras, he optado por creer en lo que alguna vez dijo Héctor Abad Faciolince sobre el mismo tema: las palabras postergan, dijo Abad, como en el cuento de Scherezada en las Mil y una noches, la ineludible sentencia de la muerte que todos llevamos dentro.
¿Será que al tomar este camino optimista estoy acomodando la realidad a mi mente, como lo hace la zorra con las uvas verdes? Ojalá que no.

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