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Para no repetir el horror

Juan Fernando Jaramillo
mayo 5, 2007

Publicado en: Semana

Juan Fernando Jaramillo manifiesta que es necesario impulsar una cultura política de la democracia y del respeto a las libertades y los derechos. Como ejemplo, retoma la experiencia alemana de la post guerra.

 

Los colombianos hemos vivido un verdadero horror en las últimas décadas. Esto es lo que percibimos cuando oímos las declaraciones de antiguos paramilitares acerca de las barbaridades cometidas o cuando tenemos la oportunidad de leer las sentencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos en las que se ha condenado al Estado colombiano, como las relacionadas con las masacres de Pueblo Bello, Ituango y Mapiripán.

Y eso que apenas conocemos la punta del iceberg y que todavía falta por saber mucho sobre las atrocidades cometidas por la guerrilla.

Quizá lo más aterrador es saber que hay tantas personas que han estado dispuestas a cometer tantas inhumanidades. Porque lo cierto es que este horror que hemos vivido no ha sido obra de unos pocos, sino de muchos. Por eso, una pregunta que tenemos que hacernos es cómo podemos evitar que esto se vuelva a presentar.

La experiencia alemana constituye un referente importante en este sentido. Después de la Segunda Guerra Mundial, los alemanes miraron estupefactos lo ocurrido: ¿Cómo era posible que un pueblo cristiano, que era considerado entre los más cultos y avanzados del mundo, hubiera cometido tales crímenes? ¿Por qué no se había presentado una resistencia generalizada contra los designios de Hitler cuando se advirtió su carácter genocida? ¿Cómo se explicaba que tantos se hubieran negado a aceptar la evidencias existentes acerca del horror que estaba teniendo lugar?

Los alemanes concluyeron que una de las razones fundamentales para explicar lo ocurrido era la existencia de una cultura política impregnada de autoritarismo. Por eso se decidió que una de las tareas básicas por emprender era contrarrestar esa cultura política. Para ello, se propusieron, en primer lugar, no negar el pasado, sino tratar de establecer la verdad de lo ocurrido. Pero no para guardarla en los anaqueles o imprimirla en libros académicos, sino para que todas las generaciones la conocieran. De allí que en muchos pueblos todavía constituye una tarea escolar averiguar dónde vivían los judíos, qué hacían y qué ocurrió con ellos. Y, evidentemente, surgen siempre las preguntas acerca de ¿qué hicieron mis padres o mis abuelos? y ¿qué puedo hacer yo para que no se repita la historia?

Además, se decidió crear el ?Instituto Federal para la Formación Política?. Al Instituto se le fijó como objetivo fortalecer la conciencia democrática de las personas e incentivarlas y apoyarlas para participar en las actividades políticas de manera activa, independiente y crítica. Todo ello con el propósito de lograr que las personas se identifiquen con la propuesta de un Estado democrático, respetuoso de los derechos y las libertades, y guiado por los principios de la tolerancia, el pluralismo y la paz.

Los resultados obtenidos en los poco más de 50 años de trabajo en la formación de una cultura política democrática están a la mano. En realidad, la historia alemana, desde las últimas décadas del siglo XIX no daba muchas bases para augurar que la Ley Fundamental de 1949 pudiera conducir a la consolidación de un Estado democrático constitucional en Alemania. Pero lo cierto es que este país se ha convertido en uno de los modelos políticos por imitar, además de constituir un verdadero bastión del movimiento pacifista en el mundo.

Pues bien, pienso que la experiencia reseñada puede ser muy importante para el caso colombiano. Como los alemanes, debemos apostarle a la verdad, sin importar qué tan escandalosa sea. Es importante que todos los colombianos ?los que vivimos ahora y los que vendrán? conozcamos y tengamos siempre presente el horror que hemos vivido, para que entendamos la importancia de evitar todo lo que nos pudo conducir a él.

Además, es fundamental trabajar en el campo de la formación política. Es preciso inculcar en las personas valores y actitudes favorables a la democracia, las libertades y los derechos de las personas. Ello implica promover los principios de la tolerancia, el pluralismo y la solidaridad, y eliminar la concepción de que la violencia ?revolucionaria o contrarrevolucionaria? constituye un arma legítima para la política.

Será un trabajo arduo eliminar los rasgos autoritarios de nuestra cultura política. Pero para esa tarea podemos apoyarnos en algunas tradiciones que hemos desarrollado, tales como la independencia judicial, la libertad de prensa y el principio de que los gobernantes deben ser elegidos.

En fin, hace ya varios lustros, en un arrebato de rebeldía arrogante, le protesté a mi papá por el país que su generación nos había dejado. ¡Qué bueno sería poder evitarme un reclamo semejante por parte de mis hijos!

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