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Patriotismo sectario

Mauricio García Villegas
octubre 10, 2009

Publicado en: El Espectador

GANARSE UN PREMIO NOBEL ES COmo ganarse un campeonato mundial y, por eso, cuando alguien consigue ese galardón, sus compatriotas celebran el hecho como una victoria nacional.

 

GANARSE UN PREMIO NOBEL ES COmo ganarse un campeonato mundial y, por eso, cuando alguien consigue ese galardón, sus compatriotas celebran el hecho como una victoria nacional.

Si eso es así, ¿cómo explicar la avalancha de comentarios agrios que hubo esta semana contra la candidatura de Piedad Córdoba para el Premio Nobel de Paz?

Empiezo diciendo que no tengo mayores simpatías por la senadora Córdoba, ni por las ideas que profesa, pero también digo que a mí me hubiera gustado que le dieran el premio. Lo que me pregunto es por qué tantos críticos de Córdoba, que seguramente se sienten más patriotas que yo, prefirieron dar rienda suelta a sus odios políticos, en lugar de disfrutar de la posibilidad de un premio que habría colmado su orgullo patrio.

¿Cómo explicar eso? Lo que creo es que la senadora Córdoba, por sus coqueteos con Chávez, es vista como una persona desleal con Colombia y eso, en un país tan polarizado como este, es una traición que no se perdona. La gente está dispuesta a olvidar hasta los peores crímenes: asesinatos, masacres, desfalcos; todo eso se perdona en Colombia, pero cuando se trata de deslealtad con la patria, muchos piden el cadalso.

La severidad extrema de los colombianos con la deslealtad es propia de grupos sectarios y tiene, a mi juicio, raíces profundas en la influencia que durante siglos tuvo aquí la Iglesia. Entre los católicos todo se perdona, menos la herejía. En la Colonia española, los curas eran complacientes con los pecados que se originan en las pasiones humanas: matar por furia, robar por codicia, fornicar por lujuria. Más aún, la Iglesia no menospreciaba a esos pecadores; al contrario, los quería, los acogía, los cultivaba y hasta buscaba que se reprodujeran. Ahí estaba, en la sumisión de los arrepentidos —“no hay puta ni ladrón que no tenga su devoción”— su razón de ser y la fuente de su poder.

Pero ¡ay! de quien fuera desleal con la Iglesia, de quien pusiera en duda su fe o renegara de la autoridad de los curas: de inmediato iba a parar a la Santa Inquisición. (En las colonias inglesas sucedía lo contrario: se era complaciente con los pecados del alma e implacable con los pecados de las pasiones). Lo mismo pasa en otros grupos sectarios. Para el Partido Comunista, los reformistas son militantes desleales —traidores— que ponen en peligro la cohesión interna de la organización y por eso son más peligrosos que los mismos liberales o conservadores.

A la senadora Córdoba la acusan de algo que se parece mucho a esa deslealtad traidora, o a esos pecados del alma, que ni la Iglesia ni el Partido Comunista perdonan.

Hay muchas razones que explican el apoyo relativamente marginal que el ideario político de la senadora Córdoba ha recibido en Colombia. No es fácil defender ideas socialistas cuando ellas chocan con sentimientos nacionalistas. Los pobres y los oprimidos de todo el mundo prefieren ser patriotas antes que socialistas —antes muertos de hambre que chavistas—, incluso a sabiendas de que con lo primero pueden ir a la guerra y con lo segundo pueden salir de la miseria.

Lo que es más difícil de entender es que las críticas al chavismo de la senadora Córdoba, razonables si se quiere, lleven a la gente a despreciar la posibilidad de un Premio Nobel, sobre todo en un país en donde los grandes triunfos son tan escasos. Sólo nos falta que, el día en que la selección Colombia se alce con la copa mundo, el país también se divida en dos.

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