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Periodismo de soluciones

César Rodríguez Garavito
febrero 26, 2016

Publicado en: El Espectador

Ahora que rodaron todas las cabezas —el director de la Policía, el viceministro, la periodista que publicó el video—, me temo que esté pasando lo que comentaba en la columna anterior.

 

Montados en el tiovivo de las redes sociales, saltamos del video viral de la semana pasada al de esta; de la “urgente renovación” de la Policía (y las prácticas periodísticas) a otras “inaplazables reformas”, como la del sistema de provisión de alimentos que cobró la vida de cinco niños más en la Guajira.

Algo anda mal cuando las urgencias duran lo que un trino, cuando lo impostergable es olvidable. Me dirán que lo que no funciona es un Estado ineficaz y corrupto. Esa es la mitad más conocida de la historia. Quisiera concentrarme en la otra, la que escriben periodistas que hoy hacen la denuncia y piden la renuncia, para mañana pasar a reclamos similares con blancos distintos. La misma historia a la que contribuimos otros en la sociedad civil, que corremos el riesgo de imitar las fortalezas y las flaquezas de las redes sociales: ser mejores en destruir que construir, lapidar que edificar, tumbar (una ley, un funcionario) antes que proponer.

Es alentador que los últimos escándalos hayan provocado en muchos periodistas un tono introspectivo (otros han cerrado filas defensivamente). ¿Cómo evitar que el número de “likes” y dimisiones se vuelvan los indicadores de éxito periodístico? ¿Cómo complementar la denuncia con la propuesta?

Pongo sobre la mesa una idea que está impulsando una red mundial de periodistas. Descontentos con su sesgo reflejo a reportar sólo los problemas, decidieron cubrir también los remedios. La fórmula del llamado “periodismo de soluciones” es sencilla: “investigar lo que ha funcionado con tanto rigor y vigor como lo que no”, según el sitio oficial de Solutions Journalism.

Un buen ejemplo es un artículo reciente de este diario sobre el juego que inventaron ingenieros voluntarios para que estudiantes de colegios de Cundinamarca ahorren agua en sus casas. Los niños y niñas informan por mensaje de texto la lectura de los contadores de agua de sus hogares y concursan por los premios al mayor ahorro. Un aporte puntual para mitigar problemas mayores: la sequía en tiempos de El Niño y la débil cultura ambiental.

Para intentar este tipo de periodismo, hay que tener claro lo que no es. No consiste, por ejemplo, en historias de héroes, que no son replicables (o no serían heroicas). La única mácula del artículo de marras es su título: “Los héroes del agua en la época de la sequía”.

Tampoco consiste en delaciones que terminan con una queja al aire. “¿Qué se ha hecho la justicia, dónde está la conciencia de Colombia, o es que aquí no hay castigo para nadie?”, remató Juan Gossaín en su crónica sobre la corrupción detrás de las muertes por hambre –valiosa y valiente en el género de denuncia, pero paralizante si de pensar en soluciones se trata—. Difícil saber qué sigue después de esto: “Colombia se nos está desbaratando moralmente. Qué más se puede esperar de un país en el que los niños son violados, esclavizados, reclutados por bandas criminales o por grupos terroristas, y ahora les roban la comida”.

Se oyen propuestas.

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