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Petro, o el último chance de la izquierda

César Rodríguez Garavito
octubre 31, 2011

Publicado en: El Espectador

Del gobierno de Gustavo Petro en Bogotá depende, además de una ciudad en crisis, el futuro de la izquierda.

 

Del gobierno de Gustavo Petro en Bogotá depende, además de una ciudad en crisis, el futuro de la izquierda.

El valiente opositor pero novel administrador encarna como nadie el dilema de la izquierda: ser tan buena para gobernar como para protestar. El mismo dilema que la persigue desde la creación del Frente Social y Político en 1999, y que le explotó en las manos a Samuel Moreno, cuya administración corrupta e incompetente hizo todo para acabar con la izquierda, mientras que el mando del Polo guardaba prudente silencio.

Por eso, el de Petro puede ser el último chance de la izquierda en un buen tiempo, a menos que desvirtúe tres fantasmas que pesan sobre los progresistas y que las dos administraciones anteriores dejaron sin resolver: que la izquierda gobierna con sus grupos de interés, que carece de técnicos competentes y que no tiene políticas muy distintas de las de sus rivales.

La evidencia judicial sobre el carrusel de la contratación dice todo sobre la captura de la Alcaldía actual por parte de los grupos de interés: los Nule, los concejales amigos, los intermediarios y, sobre todo, los mismos Moreno. El gobierno de Lucho fue muy distinto, pero no resolvió el problema. Aunque sin ilegalidad ni corrupción, dejó intocado el poder de sectores que cambian votos por chantaje a la ciudadanía, como los transportadores que siguen imponiendo sus rutas y su guerra del centavo.

Petro fue elegido, en buena parte, por haber destapado a tiempo el carrusel y haber ganado las credenciales anticorrupción con sus denuncias pioneras sobre la parapolítica y las chuzadas. Pero una cosa es denunciar el clientelismo y otra cosa es gobernar sin él. Pronto se sabrá si es capaz de enfrentar a los transportadores y otros grupos de interés con tanto valor como lo hizo con las mafias de parapolíticos en el Congreso.

La segunda sospecha que tendrá que despejar es que no hay técnicos de izquierda con quién gobernar; que un administrador zurdo es una contradicción en los términos. Garzón y Moreno confirmaron la sospecha por razones distintas. Lucho gobernó con muchos técnicos, pero pocos de izquierda (y terminó peleado con muchos de estos). Moreno nombró gente de izquierda que, con excepciones como la alcaldesa encargada, no tenían nada de técnicos y todo de políticos (los resultados están a la vista).

Aunque escasos, existen técnicos de izquierda dispuestos a medírsele a administrar la ciudad. Algunos de ellos —economistas, ambientalistas, planificadores urbanos— estuvieron en el equipo de la campaña de Petro. Falta ver si el alcalde electo los nombra en el gabinete y se rodea de funcionarios que sepan cómo hacer y ejecutar políticas de seguridad, de movilidad, de igualdad, de empleo.

Lo que nos lleva a la última presunción que tendrá que desvirtuar: que no hay gran diferencia entre las políticas progresistas y las de otros sectores, especialmente cuando la Unidad Nacional ha acertado al incorporar ideas y propuestas provenientes de la centro izquierda, como la política para víctimas del conflicto armado. Aquí la oportunidad de Petro es enorme, porque Bogotá condensa los problemas del país y ofrece un espacio ideal para impulsar políticas que no se han intentado en la escala nacional. Por ejemplo, su gobierno podría hacer a nivel local la política ambiental que falta en el país, o los programas para desplazados y grupos discriminados que siguen siendo asignatura pendiente a nivel nacional. Para eso, tendría que comenzar por concentrarse en la difícil tarea de construirlas con éxito en Bogotá, antes que distraerse con la aspiración al poder nacional.

Los críticos de la izquierda y las dos terceras partes del electorado que votaron por otros candidatos (incluyendo el del Polo) no se hacen ilusiones: creen que el nuevo alcalde gobernará con políticos, a favor de una clientela y sin programas novedosos. Petro tiene la oportunidad –quizás la última— de probar lo contrario.

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