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Entrevista – “El abatimiento es inútil”: Philip Alston

Creatividad, trabajo en red y hallar los propios errores: así cree el profesor de la NYU que el movimiento de derechos humanos del mundo puede levantar la cabeza para seguir vigente. El relator de las Naciones Unidas para la Extrema Pobreza y los DDHH estuvo en Colombia invitado por Dejusticia.

 

Philip Alston, codirector del Centro de Derechos Humanos y Justicia Global de la Universidad de Nueva York (NYU) y profesor de derecho del mismo campus, es un hombre que a los 67 años no necesita subir el tono de voz para referirse a graves violaciones a los derechos humanos, ni para hablar con inteligencia de su postura autocrítica y reflexiva frente al rol actual de quienes, como él, los defienden.

El australiano, quien estudió economía y leyes en la Universidad de Melbourne (Australia) y en Berkeley (EE. UU.), ha sido, en su rol como investigador y miembro de Naciones Unidas, testigo y protagonista de la transformación del movimiento de derechos humanos por más de 30 años. Entre 2004 y 2010 fue relator especial de la ONU sobre ejecuciones extrajudiciales, reportando las situaciones de Sri Lanka, Nigeria, la República Democrática del Congo, Filipinas, Israel, Líbano, Albania, Kenia, Brasil, la República Centroafricana, Afganistán y los Estados Unidos, y desde 2014 fue nombrado por la misma entidad como su relator especial sobre la extrema pobreza y los derechos humanos.

Este es un momento en el que académicos como Stephen Hopgood, de la Universidad de Londres, aseguran que estamos ante el “fin del movimiento de derechos humanos”. Los críticos dicen que los activistas fallaron a la hora de defender las libertades comunes y que sus estrategias de lucha —ligadas mucho más a las críticas constantes del establecimiento que a la búsqueda de soluciones concretas para superar la desigualdad— han sido inútiles al enfrentar a gobiernos populistas que se vienen instalando en el mundo.

Se habla de una etapa de fatiga colectiva, provocada por la evidente tendencia de los nuevos gobiernos populistas del mundo a restringir los espacios de lucha de la sociedad civil con políticas y acciones camufladas en decisiones “para el bien común”. Son gobiernos que, arropados por constituciones democráticas, se han encargado paulatinamente de impedir que sus defensores de derechos humanos actúen. En países como Venezuela, Turquía, Nigeria y Egipto, las marchas se vuelven redadas donde líderes activistas son llevados a prisión por tiempo indefinido debido a que “unos pocos” no pueden desestabilizar el “orden público”.

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Pero Philip Alston no comparte la idea de que “no hay nada por hacer” en este contexto. Para él, “el abatimiento y la desesperación no sólo son inútiles, sino también contraproducentes”, y aunque los activistas han perdido mucha energía en darle vueltas a ese sentimiento de agotamiento, es urgente y necesario mirarse al espejo y reflexionar sobre los errores, pero también comprender que esta “crisis” responde a que los defensores se están enfrentando a nuevos y complicados desafíos que requieren estrategias creativas e innovadoras como respuesta.

“Desde la caída del muro de Berlín creímos que la lucha por los derechos humanos iba en ascenso, que las naciones estaban entendiendo la importancia de su defensa, pero en los últimos años lo que estamos viendo es que han aparecido fuertes obstáculos en el camino. Cuando Donald Trump, en Estados Unidos, dice tranquilamente que la tortura debería ser aceptada en ciertas circunstancias, eso nos cae como un golpe a quienes pensábamos que hablar de tortura era un tema del pasado, pero lo peor es que uno creería que éstas son posturas de gobiernos autoritarios, y no es así”, dice.

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Para Alston, lo más problemático es que en casi todos los países del mundo hay hilos que se están moviendo para impedir que la gente exprese su descontento frente a injusticias: “Hay gobiernos que ven a las ONG como enemigos que deben ser diezmados. En Australia, por ejemplo, hay campañas para reducir la inversión en los grupos que luchan por los derechos humanos, hay restricciones para protestar, restricciones a la libertad de información; en Israel hay ataques graves a periodistas y están también impidiendo que ONG extranjeras operen en ese país, y en Estados Unidos tenemos estas políticas extremas antiprotestas. Así que no sólo estamos hablando de que China viola los derechos humanos, o Venezuela, o Rusia, o India. Está ocurriendo en todas partes”.

En respuesta, Alston considera que los activistas deben comenzar a reorientar sus estrategias de comunicación para replicar mensajes menos reaccionarios, para pedir que las autoridades respeten los derechos humanos, y también más constructivos, donde desde el activismo se genere información útil para su defensa. “Tendemos a asumir que nuestro rol es criticar a todo el mundo y nos convencemos de que estamos haciendo lo correcto porque representamos los ‘derechos humanos’, y eso ha impedido que hagamos una autoevaluación de si lo estamos haciendo bien o mal. Los activistas se han vuelto muy cerrados al creer que todos los gobiernos están actuando de mala fe y en su contra, entonces han utilizado esa excusa para blindarse contra las críticas y sugerencias. Esto va en contra de reinventarse”.

Una alternativa viable, considera el profesor, es incrementar la solidaridad entre activistas del mundo, conocer cómo funcionan otras organizaciones pares y cómo podemos actuar en conjunto para generar mayores impactos; pero desde lo micro, Alston cree que la clave es aprovechar las nuevas tecnologías. “Las bases de datos abiertas a las que hoy estamos teniendo acceso eran impensables hace un tiempo. Ya existen activistas que están desarrollando mecanismos para interpretar y difundir esa información, tenemos algoritmos que cruzan características y nos ayudan a comprender y comunicar de manera más acertada problemáticas como la pobreza. Son como nuevas avenidas que apenas se están abriendo y que estamos empezando a explorar, porque ya no es sólo decirles a los gobiernos que tienen que cambiar. Si criticamos la corrupción, tenemos que proponerles a los países cómo podemos traer más transparencia, y no es que esas respuestas por sí solas vayan a solucionar la corrupción, pero sí servirán como la contribución que tenemos que hacer”.

Luchar por los derechos humanos, dice Alston, “no es una causa perdida, pero nunca será tampoco una causa ganada. Es una lucha constante que requiere saber cómo luchar contra la frustración. Cuando uno quiere generar un cambio, ese cambio es un gran riesgo para la gente que quiere que las cosas sigan igual. Ellos van a hacer todo lo posible por frustrarte. Pero la frustración es interna. Tú puedes permitirte sentir frustración o puedes levantarte todos los días, convencido de que puedes hacer parte de una transformación”.

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