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Políticas sobre el cuerpo: Gobernar el cuerpo de las mujeres

Isabel Pereira
julio 12, 2016

Publicado en: Global Rights Blog

Los cuerpos de las mujeres son campos de batalla revestidos de significados y de recursos culturales y sociales esperados al intervenirlos. Dos intervenciones al cuerpo dan cuenta de lo anterior y presentan riesgos, en particular para las jóvenes: la mutilación genital femenina (MGF) y la cirugía estética. 

 

Los cuerpos de las mujeres son campos de batalla revestidos de significados y de recursos culturales y sociales esperados al intervenirlos. Dos intervenciones al cuerpo dan cuenta de lo anterior y presentan riesgos, en particular para las jóvenes: la mutilación genital femenina (MGF) y la cirugía estética. Ambas prácticas representan una visión específica del cuerpo femenino, los fines que éstos deben servir en el nombre de normas religiosas y sociales y cómo se modifican los cuerpos de las niñas para alinearlos según el modelo deseado. Si bien las condiciones en las cuales se realizan estas prácticas no sirven para una comparación, analizar la cirugía estética a partir de los estándares que utilizamos para evaluar la MGF sirve al propósito analítico de resaltar la vulnerabilidad que enfrentan las jóvenes, así como para promover la obligación del Estado de proteger sus derechos. 

La comunidad internacional ha prestado mucha atención a la MGF, y con razón, ya que este tipo de intervención corporal condicionada por el género se lleva a cabo en condiciones insalubres y se realiza en niñas menores de edad, entre 0 y 15 años, con dudoso consentimiento. El Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) estima que hoy en día hay 200 millones de niñas y mujeres que han sido sometidas a MGF,  esta práctica se realiza sobre todo en países de África y Oriente Medio, pero también en comunidades indígenas en Asia y América Latina. El número de MGF ha permanecido estable a pesar de los esfuerzos globales en su contra,  tales como la Resolución de la Asamblea General de 2014 mediante la cual se “Intensifican los esfuerzos mundiales para eliminar la mutilación genital femenina”. La MGF ha sido prohibida en 24 países africanos sobre el argumento de la afectación en la salud sexual y reproductiva de las niñas y los riesgos de las consecuencias a largo plazo como infecciones, complicaciones durante el parto e incluso la muerte. 

La cirugía estética – con un total de 9 millones de procedimientos en todo el mundo sólo en 2015 – es visto como un asunto de la esfera privada, como una decisión personal, pero hay un riesgo emergente para las jóvenes debido a la poca regulación que existe para este tipo de intervenciones al cuerpo. A manera de ejemplo, el caso colombiano y la exposición reciente de los medios ayudan a ilustrar la situación de vulnerabilidad de las jóvenes, en donde el cuerpo voluptuoso y delgado es glorificado como un símbolo y un medio para una vida exitosa. Una crítica consistente y coherente haciala MGF debería también suscitar preocupaciones sobre las jóvenes que, como resultado de las normas sociales, deciden someterse a una cirugía cosmética, pero en lugares donde no hay suficiente control sobre la concesión de licencias a los médicos y las condiciones sanitarias para los procedimientos. 

He aquí un resumen de la situación en Colombia: de vez en cuando, un titular menciona caras o cuerpos desfigurados, e incluso decesos, como resultado de mal praxis durante los procedimientos estéticos. Estos titulares trágicos son un espejo a la fascinación del país con la belleza y con un conjunto de códigos con respecto a como el “bello cuerpo femenino” “debería” lucir. Por ejemplo, para marzo de 2016 habían muerto tres mujeres en Medellín por complicaciones durante cirugías estéticas. Como resultado, el hash tag “Cirugía Segura Ahora” ha estado viajando a través de los medios sociales, instando a las autoridades legislativas a tomar una decisión sobre este problema de salud pública que hasta ahora ha pasado desatendido. Sólo en 2016, veinte personas en el departamento de Antioquia han sido reportadas como víctimas de negligencia, seis de ellas con consecuencias fatales.

También hay un fenómeno emergente en cómo se ve la cirugía estética: como rito de paso, muchas niñas menores de edad reciben procedimientos estéticos como regalos de cumpleaños, en vez de la tradicional fiesta de quince. No hay datos disponibles sobre el número de jóvenes que son sometidas a cirugía estética, pero los médicos en Cali estiman que de cuarenta visitas mensuales a su cargo, dos o tres son niñas menores de edad. Los cirujanos también reportan historias de jóvenes que se someten a procedimientos sin licencia y de bajo costo, tales como inyecciones en los glúteos y liposucción. 

Si bien se puede decir que las adolescentes tienen un cierto grado de agencia para elegir sobre su cuerpo y su salud de una manera informada, también es cierto que la presión social es tan grande, que la elección generalmente disfraza la ansiedad de obedecer, al costo que sea, a los estándares de belleza en los que se ven obligadas a creer. En una sociedad donde las madres dicen a sus hijas que nunca serán amadas si son gordas, o si sus pechos son demasiado pequeños o sus caderas demasiado grandes, la decisión personal a menudo un esfuerzo de conformidad con las normas.

Hay un argumento en perspectiva de derechos humanos, recordando que el discurso que instó la campaña en contra de la MGF habla de la protección y promoción de los derechos humanos de las mujeres y niñas, incluyendo el derecho al nivel más alto posible de salud mental y física. Además, la UNFPA resalta el derecho de cada niño/a a estar protegido en contra de daños como uno de los argumentos para apoyar la prohibición de la MGF. En el caso de las jóvenes que se someten a cirugías estéticas, se puede aplicar la misma lógica, reconociendo el daño potencial a la integridad física y mental al intervenir sus cuerpos, cuando los médicos no están capacitados y las mujeres cuestionan su propia autoestima. Mientras que no es responsabilidad de los Estados o incluso no está a su alcance cambiar los ideales de belleza, éstos tienen la obligación de proteger la vida y la integridad de sus ciudadanos, especialmente de las poblaciones más vulnerables, como lo son los menores de edad.

La falta de datos es un reflejo de la débil conciencia institucional sobre el asunto, sin embargo los políticos están despertando lentamente al problema. El Congreso de Colombia ha estado trabajando en dos leyes que se refieren específicamente a estas preocupaciones, por un lado el objetivo de una regulación más estricta y la supervisión de la cirugía estética, y por otro la restricción de edad para estos procedimientos. La primera de estas leyes fracasó en el Congreso ya que se asignó muy poco tiempo de debate y había poco interés para legislar en la materia.

Pero la regulación sola es insuficiente, para una situación preocupante que por mucho tiempo ha sido descartada por considerarse como una cuestión privada. Precisamente debido al punto de cruce entre la elección personal y los problemas de salud pública, los esfuerzos para regir este tipo de intervenciones corporales deben combinar mecanismos de regulación junto con las estrategias de promoción y educación que respondan a las inquietudes que las jóvenes enfrentan en la búsqueda del cuerpo “ideal”. Hay lecciones que aprender de la campaña mundial contra la MGF, por su capacidad para sensibilizar y de llegar no sólo a las jóvenes y a sus madres, sino a dinámicas sociales a gran escala sin las cuales la MGF no se podría entender. En la misma línea, la prohibición de la cirugía estética para las niñas menores de edad puede impedir que algunos adolescentes y sus padres se sometan a procedimientos para los cuales sus cuerpos y sus mentes no están listos, pero al tiempo la regulación plantea el riesgo de que las niñas recurran a los proveedores de servicios ilegales e inseguros. Mientras estas leyes no se incorporen a estrategias de promoción y educación dirigidas a las niñas, los niños y sus familias, la superación de la ansiedad sobre el cuerpo en lugares obsesionados con la silicona, como Colombia, puede convertirse en un arma de doble filo.

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