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Políticos, lectura y literatura

Rodrigo Uprimny Yepes
enero 2, 2012

Publicado en: El Espectador

¿DEBE UN POLÍTICO, EN ESPECIAL SI aspira a ser presidente, ser un buen lector, incluso un intelectual?

 

Esta clásica pregunta, que se remonta a las discusiones sobre la tesis platónica del Rey-Filósofo, volvió a adquirir actualidad, por la pifia del candidato a la Presidencia de México, Peña Nieto, quien luego de una charla, nada más y nada menos que en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, mostró que la lectura no era su pasión, pues no supo responder a una pregunta acerca de los tres libros que más lo habían influido.

Algunos columnistas, como mi amigo Mauricio García, opinan que la reacción contra Peña ha sido desmesurada, pues un político no tiene por qué leer ni ser culto. Pero otros, como Juan Gabriel Vásquez, plantean que un buen político debe tener una vida intelectual, aunque no tenga que ser un intelectual.

Estoy de acuerdo con Vásquez y a sus argumentos, que comparto, voy a agregar dos nuevos sobre la importancia de la lectura para todo político que aspire a gobernar.

El primero es obvio. Gobernar requiere ciertos conocimientos especializados en economía o derecho. Es posible familiarizarse con esos conocimientos sin leer mucho, pero un buen lector tiene más posibilidad de adquirirlos y de manejarlos con mayor rigor, por lo que podría ser mejor gobernante.

Un ejemplo histórico dramático comprueba esa tesis. En la crisis de los misiles de 1962, el presidente de EE. UU. era Kennedy, quien era buen lector y acababa de leer Los cañones de agosto, de Bárbara Tuchman, que describe en detalle el desencadenamiento de la I Guerra Mundial. A Kennedy le quedó claro que la tragedia de esa guerra se debió, en parte, a profundos errores de los líderes europeos en 1914, quienes se dejaron atrapar por la escalada de los nacionalismos y de las coaliciones, y no entendieron el sufrimiento que podía ocasionar una guerra en una economía industrial, pues estaban aferrados a visiones bélicas del pasado. Y con esa lección, Kennedy intentó y pudo evitar los mismos errores, resistiendo las presiones bélicas del Pentágono.

Puede ser un poco exagerado y efectista, pero podría decirse que la tragedia nuclear fue evitada gracias a que EE. UU. tenía entonces un presidente lector. Y tal vez por ello no evitamos la guerra de Irak: Bush poco o nada lee y difícilmente podía distinguir a Afganistán de Irak en un mapamundi.

El otro argumento es más heterodoxo, pues plantea que los políticos y gobernantes deberían leer no sólo economía o historia, sino también literatura y en especial novelas.

Según esta tesis, formulada por Martha Nusbaum en su sugestivo libro Justicia poética, las novelas nos permiten conocer y empatizar con las experiencias de personas que son muy distintas a nosotros y que tal vez nunca encontraríamos en nuestra vida cotidiana pero que la novela nos hace reales. Esta imaginación literaria amplía así nuestro horizonte moral y aporta un elemento esencial para ser un buen gobernante o un buen juez: la posibilidad de comprender las vidas y preocupaciones de personas que son muy distintas a uno mismo.

Un ejemplo de esta fuerza de la imaginación literaria es la conmovedora última novela de Tomás González, La luz difícil, que nos permite comprender mejor la difícil experiencia familiar que implica una enfermedad incurable y dolorosa. Después de leerla, cualquier discusión sobre la eutanasia es diferente y más lúcida.

Es obvio que el hábito de la lectura no es una condición estrictamente necesaria o suficiente para que alguien sea buen gobernante. Ha habido tiranos cultos y buenos gobernantes poco instruidos. Pero, como diría un economista, “suponiendo todo el resto igual”, un buen lector tiende a ser mejor gobernante que alguien que no lee.

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