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Gramalote

Así quedó la iglesia de Gramalote luego del desastre ocurrido en diciembre de 2010. | Wikimedia Commons*

¿Por qué tenemos que hablar de Gramalote 12 años después de su desastre?

Publicamos un nuevo libro en el que construimos lecciones desde Norte de Santander para enfrentar desastres ambientales atravesados por el cambio climático.

Por: DejusticiaMarch 22, 2022

Hace poco más de 11 años, entre el 16 y 17 de diciembre del año 2010, todo pareció conjugarse para que en Gramalote, un municipio de Norte de Santander, ocurriera un desastre sin precedentes. Una mezcla de lluvias intempestivas, fallas humanas y geológicas, sepultó al pueblo y causó un éxodo de 3.300 personas.

En ese año, un fenómeno de La Niña excedía la capacidad del estado y de cientos de ciudades y territorios. Las lluvias generaron aludes de tierra, desbordaron ríos y desplazaron a más de un millón de personas. En Gramalote, las lluvias de aquel año y la deforestación intensiva aceleraron la erosión de las laderas del casco urbano, mientras un sismo con epicentro en el municipio cercano de Salazar de Las Palmas generó movimientos en una falla geológica que atravesaba a Gramalote.

¿El resultado? La montaña se vino abajo, abrió grietas en el suelo y derribó estructuras. De hecho, el 22 de diciembre de ese año, el entonces presidente, Juan Manuel Santos, certificó que el retorno al antiguo casco urbano era imposible y prometió construir un nuevo pueblo en otro terreno, proceso que se convertiría más adelante en la reubicación planificada más grande que se ha llevado a cabo en Colombia, con difíciles consecuencias para los gramaloteros: dificultades para mantener el sentido de comunidad, restricciones para apropiarse del nuevo casco urbano, dificultades para asumir el costo de vida en el lugar y el choque emocional y cultural que provocó la intempestiva mudanza, el trauma de haberlo perdido todo y la incertidumbre sobre el futuro.

La realidad es que, pese a la vulnerabilidad de Gramalote, el municipio no contaba con un sistema de gestión del riesgo robusto, y el Gobierno Nacional y los órganos de prevención de desastres no habían ofrecido suficiente asistencia para un eventual deslizamiento a gran escala.

Pero, ¿por qué recordar estos hechos casi 12 años después de que ocurrieran? Las múltiples respuestas a esta pregunta aparecen en el documento ‘Entre dos pueblos: Desastre, desplazamiento ambiental y reasentamiento en Gramalote, Norte de Santander’, que los investigadores Helena Durán y Sebastián Rojas escribieron, y que en Dejusticia acabamos de lanzar.


Descarga aquí el documento

¿Por qué Gramalote es un caso de estudio?

Lo primero, es que el caso de Gramalote reúne elementos de análisis que pueden ser muy útiles para comprender cuándo hablamos de un desastre ambiental, qué tanta relación guarda con el cambio climático y qué tan responsables son los seres humanos. Según los autores, lo ocurrido en este municipio de Norte de Santander fue un desastre ambiental con varios factores en juego: un desastre de origen no humano (el sismo), un desastre de origen humano producido por el cambio climático (la exacerbación del fenómeno de La Niña) y un desastre de origen humano producido por una inadecuada gestión territorial (la erosión de las laderas). La suma de todo lo anterior resultó en los hechos que ya conocemos.

Ahora bien, en un mundo donde el cambio climático aumentará la frecuencia y magnitud de los desastres ambientales, reflexiones como la de Gramalote se vuelven cada vez más relevantes. El documento de Durán y Rojas muestra que, según datos del Internal Displacement Monitoring Centre (IDMC), de los 24,9 millones de desplazados internos por desastres que hubo en 2019, 23,9 millones fueron por eventos relacionados con el clima. Las predicciones de lo que viene son aún más preocupantes: el Banco Mundial estima que para 2050, 17 millones de personas en América Latina se habrán convertido en desplazados internos como consecuencia de procesos climáticos como el aumento del nivel del mar y la desertificación. Esta cifra, interpretan los autores, es mayor que la población de cualquier país centroamericano y mayor al número de venezolanos que han salido de su país desde el comienzo de la crisis humanitaria.

Estudiar los retos que supone enfrentar las distintas dimensiones de la movilidad ambiental constituye un ejercicio urgente para los países del Sur Global, y Colombia es un terreno fértil para hacerlo.

¿Qué aprendimos del desastre y la reconstrucción de Gramalote?

Más allá de lo ocurrido en diciembre de 2010, este documento analiza cómo fue atendida la emergencia, qué significó el desplazamiento para los gramaloteros, cómo se llevó a cabo la reubicación y reconstrucción del pueblo, cómo ha sido el reasentamiento y qué significó en términos sociales y comunitarios. En ese sentido, son varias las lecciones que quedan del caso Gramalote y que pueden ser extrapoladas para otros casos en los que la naturaleza y las omisiones y responsabilidades humanas se entretejen alrededor de un desastre.

Lo primero, dice el documento, es que las consecuencias del desastre ambiental que destruyó Gramalote fueron evitables y, por tanto, el resultado de una inadecuada gestión del riesgo a nivel territorial y a nivel nacional. Las autoridades locales y departamentales no priorizaron acciones preventivas, ni con recursos ni con acciones, mientras la desconfianza de las instituciones y de los pobladores con el Estado erosionó la credibilidad de las agencias nacionales encargadas de la gestión del riesgo y limitó la posibilidad de haber emprendido acciones para evitar la tragedia ocurrida en 2010.

Lo otro es que en un proceso de reconstrucción y reasentamiento como el que ha vivido Gramalote es fundamental la transparencia entre las instituciones y la comunidad, así como garantizar la participación efectiva de autoridades locales y regionales, y de los líderes y lideresas en la toma de decisiones. En Gramalote, por ejemplo, hubo conflictos por la poca participación de las personas afectadas por el desastre en la selección del lugar donde se reasentaría el pueblo y en la discusión de a quién reparar y cómo hacerlo. De esto depende crear confianza entre el Estado y la población atendida.

Por último, la reconstrucción de un pueblo va más allá de los edificios que lo conforman. Implica también el restablecimiento de los lazos entre los miembros de la comunidad. Por eso, concluyen los autores, parte del éxito del proceso de reasentamiento de Gramalote dependía de la capacidad de la comunidad para realizar un proceso de duelo que le permita reconciliarse con las vidas que truncó el desastre. “Muchos gramaloteros están aturdidos con la nueva realidad. Las calles amplias y totalmente pavimentadas, las casas blancas y uniformes, las terrazas escalonadas que conforman la plaza principal; todo conspira contra nuestra idea convencional de cómo se ve un pueblo”, observaron a partir de una visita a terreno.

En un contexto caracterizado por marcos jurídicos incompletos, políticas de atención incipientes, y ante la creciente amenaza en términos de desplazamiento que representan el cambio climático y los desastres ambientales, examinar la experiencia de reasentamiento en Gramalote y entender la dimensión humana del desplazamiento ambiental constituye un ejercicio urgente al que deberían mirar otras regiones y países.


FOTO:Storicus, CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons

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