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Pragmáticos y vengadores

Mauricio García Villegas
agosto 1, 2015

Publicado en: El Espectador

Como se sabe, la opinión pública sobre el proceso de paz está dividida en dos bandos.

 

El primero, impulsado por el Gobierno, estima que lo que hay que hacer es firmar un acuerdo de paz, asumiendo todo lo que eso implica en costos económicos, políticos y judiciales. El segundo, impulsado por el uribismo y por el procurador, supone que un eventual acuerdo de paz solo se justificaría si no se hacen concesiones significativas de tipo judicial, político, o militar, lo cual equivale, en la práctica, a una rendición por parte de la guerrilla.

Cada una de estas posiciones asume una actitud frente a la guerra y, en particular, una actitud frente a las Farc. Con base en eso les voy a poner un nombre. A los primeros, los que quieren negociar la paz, los voy a denominar pragmáticos. A los segundos, los que quieren aniquilar a las Farc, los voy a llamar vengadores. La estrategia de los primeros consiste en negociar con cabeza fría, domando el odio que sienten por sus adversarios, para acabar así con su causa subversiva. La estrategia de los segundos, en cambio, obedece a su ardor por aniquilar, como sea, al enemigo. Dos aclaraciones: 1. Hay otros personajes que no cuadran en esta categoría y 2. No sólo hay vengadores del lado de la extrema derecha. Entre la guerrilla y sus simpatizantes hay algunos que experimentan odios similares, esta vez contra los ricos y la dirigencia política de este país.

Los vengadores suelen invocar elevados estándares de justicia (como si fueran defensores de derechos humanos) y se presentan a sí mismos como tutores de la legalidad, la moralidad y el Estado de Derecho. Pero sus argumentos institucionales son más bien ropajes simbólicos para cubrir la pasión que realmente los mueve: el deseo de destruir a sus enemigos con un castigo ejemplar. Si las razones jurídicas tuvieran alguna importancia para el uribismo, no habrían hecho las concesiones que hicieron en materia de justicia cuando promovieron la desmovilización de los paramilitares. Con frecuencia ocurre que nuestros argumentos son meros ropajes de nuestras emociones. Como lo dijo David Hume hace ya muchos años, a veces las razones son esclavas de las pasiones. Creo que esta idea sirve para interpretar la persistencia con la cual el uribismo y el procurador se oponen al proceso de paz.

Los vengadores y los pragmáticos no se diferencian en la manera como juzgan las acciones de sus enemigos. Ambos las condenan por igual. No es que los pragmáticos rechacen con menos fuerza el secuestro, el reclutamiento de menores o las minas antipersona. No, ambos se indignan por igual ante tales actos.

Buena parte del éxito político de los vengadores consiste en mover las emociones populares poniendo de presente (y con frecuencia exagerando) los crímenes del enemigo, de tal manera que ellos aparezcan ante la opinión pública como los abanderados de la dignidad moral del pueblo. Los pragmáticos, en cambio, no acuden a esta estrategia por la simple razón de que quieren llegar a un acuerdo con sus enemigos.

Ante la opinión pública, los vengadores aparecen como los enemigos más fieros, más bravos y más efectivos para acabar con la guerrilla. En la práctica, sin embargo, son los pragmáticos, con su actitud prudente y calculada, los que logran acabar con la subversión y en ese sentido son sus enemigos más efectivos.

Los vengadores, en cambio, terminan siendo víctimas de sus propias pasiones. Como decía Francis Bacon, “aquel que utiliza la venganza mantiene frescas sus heridas”. Y lo peor es que, cuando los vengadores tienen éxito, no solo mantienen sus heridas, sino que no dejan sanar las heridas que la sociedad entera padece por causa de la guerra.

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