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Prohibir la blasfemia es inútil y genera efectos perversos

Catalina Botero Marino
enero 11, 2015

Publicado en: Semana

La respuesta a los ataques del miércoles no puede ser la censura sino perseverar en la lucha por la libertad de expresión.

 

El humor ácido y sin inhibiciones de los caricaturistas de Charlie Hebdo no era necesariamente de mi gusto, pero sin duda sabían cómo revelar la esencia de las contradicciones que encarna el fundamentalismo político o religioso. Y lo hacían de una manera que ese tipo de fundamentalismo no soporta: mediante la sátira irreverente y ácida. En la mente totalitaria de un fundamentalista las ofensas se pagan con el exterminio. Por eso los asesinaron.

Tras la masacre, Francia salió a la calle en conmovedoras y multitudinarias manifestaciones.

Quienes se manifestaron no eran necesariamente seguidores del semanario. Como lo recogió la prensa internacional, algunas personas se habían sentido molestas con las caricaturas o encontraban innecesaria la sátira políticamente incorrecta. Pero todas salieron a la calle indignadas, en señal de solidaridad por quienes fueron asesinados por ejercer su libertad y en una férrea defensa de valores centrales de cualquier Estado democrático.

La pregunta que surge es cómo enfrentar la violencia fundamentalista. La religiosa pero también la política o de cualquier otra especie.

Algunos han propuesto exactamente lo que los terroristas quieren: aumentar los poderes estatales de control y restringir severamente las libertades, llamar a un referendo sobre la pena de muerte (como lo pide Marine Le Pen) y aumentar la cacería de brujas y el asedio contra la comunidad musulmana, en general pacífica y la que más sufre con este tipo de episodios. Esta respuesta no solo traiciona los principios que diferencian una sociedad liberal, tolerante y plural de un régimen fundamentalista o totalitario, sino que resulta totalmente contraproducente. Los jóvenes maltratados o humillados por los movimientos xenófobos se encuentran en un mayor riesgo de migrar a los movimientos fundamentalistas.

Por el otro lado, hay quienes sostienen que para evitar este tipo de actos hay que regular a la prensa y prohibir la blasfemia y toda otra forma de burla contra sentimientos legítimos de comunidades o grupos sociales. Esta respuesta no solo es inútil para lograr la finalidad perseguida (mayor tolerancia y menos violencia) sino que genera efectos perversos. Para comenzar, la mayoría de los países que prohíben la blasfemia son aquellos en los cuales los líderes religiosos son también líderes políticos. Así, logran evitar cualquier discusión sobre la forma como ejercen el poder, inhiben la crítica y pueden mantenerse indefinidamente al mando. Pero incluso si se aceptara que hay instituciones o creencias dignas de ser protegidas contra la burla, la pregunta es ¿quién fija el límite entre la crítica y la ofensa? O ¿cómo se define que creencias o instituciones deben ser protegidas y cuáles no?

Con este argumento, por ejemplo, debería censurarse La última tentación de Cristo que para algunas personas es una blasfemia que tergiversa el Evangelio y ofende sentimientos religiosos. Con este argumento a los más importantes caricaturistas venezolanos les han abierto procesos penales o los han echado de su trabajo.

Las personas tienen el derecho a que el Estado proteja su libertad de culto o de opinión política, y a escoger lo que quieren leer o debatir, pero no tienen derecho a que el Estado impida que otras personas critiquen —como bien les parezca— esas creencias o las instituciones que las representan. Y la contrapartida es que quienes se sienten ofendidos tienen también el derecho de responder y rebatir. Cualquier otra salida daría lugar a leyes ambiguas que, como en los casos mencionados, son utilizadas discrecionalmente para convertir a los críticos en delincuentes y censurar a los medios. En ningún caso conocido estas leyes han generado más o mejor democracia. Ese límite, si fuera necesario, se impone en otro espacio de la esfera pública pero no en las leyes sancionatorias y mucho menos en el derecho penal.

Ninguna de esas respuestas es éticamente aceptable o políticamente útil para defender la democracia en un régimen constitucional abierto. Como lo hicieron las decenas de miles de personas que salieron a la calle el miércoles, creo que perder el miedo, seguir publicando, fortalecer la deliberación y proteger valores que parecen en desuso como el pluralismo y la tolerancia son las mínimas condiciones para impedir que el terrorismo logre sus objetivos y que los extremistas, del lado que sea, saquen réditos de una barbarie como la sufrida por Charlie Hebdo. Y creo también que esta es la única manera de honrar la memoria de las 12 personas asesinadas.

As lições do massacre para a América Latina

O pensamento fundamentalista, não liberal e antidemocrático é lamentavelmente mais generalizado do que aparenta.

A sátira ácida de “Charlie Hebdo” não era particularmente do gosto de muitas pessoas. No entanto, não há dúvida de que eles sabiam revelar os limites e a intrínseca contradição do fanatismo político ou religioso. Sua arma era a irreverência. O fanatismo precisa da reverência. É incompatível com a desobediência, a exposição ao ridículo, a chacota. O riso mina a base de medo e disciplina sobre a qual se sustenta toda forma de domínio autoritário. Por isso, buscam eliminar os que fazem que as pessoas riam do poder.

De imediato, a França foi para as ruas. Quem saiu indignado não o fazia por ser leitor do semanário. Algumas pessoas achavam desnecessária ou inclusive contraproducente a sátira desta natureza. Mas saíram em sinal de respeito aos que foram assassinados por exercer sua liberdade e para defender o direito a se expressar sem medo como base de uma sociedade democrática.

Várias lições surgem do devastador massacre. Em primeiro lugar, nenhuma das duas soluções extremas propostas é útil para frear esta forma de violência. Nem aumentar descomunalmente a segurança e debilitar as liberdades pode evitar ataques terroristas seletivos, nem proibir este tipo de sátiras às ideias ou às instituições vai gerar uma melhor e mais forte democracia. Pelo contrário, estas reações histéricas de uma sociedade dominada pelo medo são justamente o que busca o fundamentalismo. Estas opções terminam por aumentar sua base de apoio, por trair os princípios nos quais se baseia uma sociedade aberta.

Com medidas como estas, Putin encarcerou as Pussy Riot; o governo do Equador ordenou que Bonil, um importante caricaturista, “retificasse” uma caricatura “ofensiva” e cobrou do jornal vários milhares de dólares por não censurá-la; importantes caricaturistas venezuelanos têm sido submetidos a processos penais ou demitidos; e o governo totalitário da Coreia do Norte ameaçou com “represálias sem piedade” por um -péssimo – filme que considerou ofensivo.

Muitos artigos têm saído sobre o fundamentalismo islâmico e sobre o debate em torno da blasfêmia. No entanto, este pensamento fundamentalista, não liberal e antidemocrático é lamentavelmente mais generalizado do que aparenta. Basta ver a violência gerada pelos movimentos fascistas e xenófobos na Europa. Daí surge uma segunda lição.

Esse mesmo fundamentalismo se manifesta em nossa região quando é assassinado um membro da comunidade LGBTI. Ou cada vez que um líder político divide as sociedades entre cidadãos “decentes” que estão com o partido do governo e “os outros”, identificados como inimigos e excluídos da narrativa oficial. Os casos da Colômbia, com o assassinato durante décadas de líderes de esquerda por paramilitares, ou de Venezuela e Equador, com a violência física e institucional contra os opositores e meios independentes, são justamente manifestações dessa gravíssima forma de fundamentalismo antidemocrático.

Hoje em não poucos países, os governos tentam construir identidades mais em torno destas ideias fundamentalistas “amigo-inimigo” que em torno de uma ética civil, republicana e democrática, fundada no pluralismo, na liberdade e na igualdade. Valores primordiais de qualquer sistema democrático, pelos quais a França saiu às ruas na quarta-feira, e sairá novamente amanhã.
Se os defensores da democracia e dos mínimos valores republicanos que permitem a proteção das liberdades, a defesa das minorias e os controles de poder, não forem capazes de articular globalmente em defesa destes valores universais, estarão alimentando por omissão o germe fundamentalista.

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