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¿Qué pasa con la diplomacia colombiana en la región?

Juan Fernando Jaramillo
marzo 30, 2008

Publicado en: Semana

Como muchos latinoamericanos ven en la campaña global antiterrorista un instrumento al servicio de Estados Unidos, no es efectiva en la región la retórica del antiterrorismo usada por Colombia.

 

Me quedaron dos impresiones de los debates realizados en la OEA y en el Grupo de Río alrededor del ataque de las tropas colombianas en el territorio ecuatoriano. La primera es que si bien a Colombia no le fue tan bien como se dice, tampoco le fue tan mal, pues en realidad no era nada fácil defender una incursión armada en el territorio de un Estado vecino. La segunda es que la diplomacia colombiana no está funcionando en América Latina.

Las deficiencias de nuestra política exterior se insinuaban desde antes de la incursión en el campamento de las Farc. En el tema del intercambio humanitario parecía a veces que el secuestrador fuera el Estado colombiano. Además despertaba muchos interrogantes el hecho de que en algunos países latinoamericanos se realizaran congresos de distinto tipo a los cuales asistían tranquilamente delegados de las Farc.

Pero la debilidad de nuestra diplomacia quedó realmente al descubierto luego del ataque en territorio ecuatoriano. Allí nos encontramos con que en varios países de la región se considera a las Farc como una organización de luchadores sociales que, al estilo de Robin Hood y en defensa de los intereses populares, se alzó en armas contra la oligarquía nacional y su Estado opresor.

Es claro que esta imagen de las Farc difiere completamente de la que tenemos la inmensa mayoría de los colombianos que hemos tenido que soportar sus acciones criminales. Por eso es que surge la pregunta acerca de por qué nuestro servicio exterior no ha podido transmitir en los países vecinos el dolor y el horror que hemos experimentado los colombianos en las últimas décadas por causa del conflicto armado que nos azota, y del cual las Farc son protagonistas de primer orden.

Muchos han optado por achacarle las fallas de la política exterior colombiana al Ministro de Relaciones Exteriores, a quien acusan de no tener experiencia en la materia. Otros han resaltado que el problema obedece a que el servicio diplomático se ha convertido en un botín clientelista, con el cual se aceitan las alianzas y se recompensan los apoyos.

El problema va más allá de la capacidad del Ministro y de la evidente clientelización del Ministerio. Por una parte, nuestra diplomacia no le presta a los países de la región toda la atención que requieren – y merecen. Y, por la otra, porque el Estado colombiano, con el Presidente Uribe a la cabeza, enfoca el problema de las Farc desde la perspectiva de la lucha mundial contra el terrorismo, sin una política adecuada para América Latina.

Es verdad que en Estados Unidos y en Europa la fórmula ha sido exitosa. Prueba de ello es que las Farc hayan sido calificadas como organizaciones terroristas, una decisión que, por lo visto, las ha afectado. Pero muchos países latinoamericanos desconfían profundamente de la campaña global antiterrorista, la cual ven como un instrumento al servicio de los intereses de los Estados Unidos. Por eso, no es efectiva en la región la retórica del antiterrorismo utilizada por la diplomacia colombiana.

De allí que sea fundamental cambiar la estrategia para América Latina. Y en realidad no parece tan difícil. Es suficiente con presentar el cúmulo de crímenes de guerra y de lesa humanidad que vienen cometiendo las Farc desde hace tanto tiempo, y del cual han sido víctimas tantos colombianos. De lo que se trata es de demostrar que, lejos de su discurso de liberación social, las Farc se han convertido en victimarias de la población colombiana, al igual que Sendero Luminoso en Perú, o muchos movimientos guerrilleros en África. En Colombia, como en los otros casos, el remedio ha empeorado la enfermedad.

Seguramente esta estrategia se encontrará con la objeción de que las atrocidades cometidas por los grupos paramilitares son incluso peores y que ello se agrava con las múltiples pruebas existentes de los nexos de estos grupos con muchos políticos, empresarios y miembros de las Fuerzas Armadas. Por eso es muy importante que el Estado colombiano demuestre que combate con igual determinación a la guerrilla, y a los grupos paramilitares, sus auspiciadores y colaboradores.

Algunos podrán decir también que el nuevo discurso tampoco sería de mucha utilidad, porque los gobernantes de algunos países de la región simpatizan con las Farc y harán caso omiso de las denuncias sobre sus crímenes. Esto puede contener algo de verdad. Pero la campaña colombiana no debe centrarse exclusivamente en los funcionarios de los países vecinos, sino que también debe dirigirse a los medios de comunicación, los partidos, la academia y las organizaciones de la sociedad civil. Así se generaría presión ciudadana sobre los gobiernos, con el fin de terminar con la tolerancia o la complicidad con las actividades de las Farc.

En fin, Colombia tiene que repensar su manera de abordar a los países latinoamericanos con al problema de las Farc. Si queremos que el horror que hemos vivido sea atendido, es preciso adaptar el discurso a las realidades de la región. De lo contrario, seguiremos extrañándonos de las actitudes de nuestros vecinos.

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