¿Quién es el discapacitado?

Por: César Rodríguez Garavitoseptiembre 3, 2012

Recibimos como héroes a los medallistas olímpicos hace unas semanas. Pero no se habla de los 39 colombianos con discapacidad que hoy compiten en los Juegos Paralímpicos de Londres. Ni de lo que dice ese silencio sobre la situación de las personas con discapacidad en el país.


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No voy a centrarme en su significado obvio: en lo invisibles que resultan los atletas que desfilaron por la pista olímpica londinense, calándose el sombrero vueltiao con una mano mientras empujaban su silla de ruedas con la otra; o los que saludaron a una tribuna que habrán imaginado detrás de sus lentes oscuros de invidentes. Es el mismo anonimato de los 2’600.000 colombianos que viven con una discapacidad permanente, muchos recluidos en sus casas porque las calles, las oficinas y los lugares públicos están hechos para otros. A los que se suman varios millones que sufren una discapacidad temporal, por efectos de la edad o la enfermedad.
Además de hacer visible lo invisible, los Paralímpicos ponen sobre la mesa temas aún menos debatidos. ¿Quién clasifica como discapacitado? ¿Cómo saber si una discapacidad física, como la falta de un brazo, limita más o menos que una discapacidad cognitiva, como el autismo? ¿Quién decide todo?
Las respuestas a estas preguntas muestran las borrosas fronteras entre la capacidad y la discapacidad, como lo cuenta un artículo revelador del New York Times. En los Paralímpicos existe todo un sistema de clasificación de niveles y tipos de discapacidad. Apenas en natación, hay 13 categorías: 10 para niveles de discapacidad física, dos para limitaciones visuales y una para limitaciones cognitivas.
De ahí que haya intensas controversias y amargas quejas por las clasificaciones. En Londres, 245 atletas han sido reevaluados por dudas sobre su grado de discapacidad. Por ejemplo, una nadadora estadounidense paralizada de la cintura para abajo fue ascendida del nivel 7 al nivel 8, que en el sistema clasificatorio significa mayor capacidad. De un momento a otro, pasó de competir con nadadoras que habían sufrido amputación de las dos piernas, a nadar contra otras que tienen piernas pero no un brazo, o amputaciones de pierna debajo de la rodilla. “Creo que tengo una desventaja significativa en habilidad funcional frente a mis nuevas competidoras”, dijo con resignación la deportista al enterarse la decisión de los jueces.
Más allá de las quejas, el debate resalta tres ideas que son esenciales para tomar en serio la situación de las personas con discapacidad. Primero, la discapacidad no es una sola. Hay niveles y tipos diversos, que requieren políticas y acciones distintas.
Segundo, la capacidad y la discapacidad son relativas. Determinar el grado de discapacidad de una persona no es una ciencia exacta. Además, un rasgo físico (como la parálisis de ambas piernas) es una dificultad para nadar, pero no impide en nada el desempeño en otras actividades (como muchos trabajos de oficina). Esto es lo que se tiende a olvidar y ayuda a explicar el altísimo desempleo de las personas con discapacidad (77%, según el Registro para la Localización y Caracterización de esta población).
Tercero, que la discapacidad sea relativa no significa que no tenga efectos muy tangibles: según la misma fuente, el 83% de las personas con discapacidad son pobres. Tampoco implica que no se pueda determinar quiénes deberían ser beneficiarios de las políticas y los programas que el Estado, las empresas y los centros educativos están en mora de crear para promover el acceso de las personas con discapacidad a la educación, el empleo, los lugares públicos y otros espacios de los que hoy son excluidos.
Al competir en el certamen de la habilidad física por excelencia, los atletas paralímpicos colombianos desafían la definición convencional de la capacidad. Y ponen en evidencia la incapacidad del país que representan.

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