Rabia y democracia

Por: Mauricio García Villegasfebrero 20, 2007

En los foros, cada cual tira su dardo, a sabiendas de que nadie le pedirá razones sobre lo que afirma.


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La intemperancia verbal de buena parte de los foristas que comentan estas columnas debería suscitar un debate más amplio sobre la democratización de la opinión pública.

En todo el mundo se ha vuelto costumbre que los medios, con el propósito de democratizar la opinión, inviten al gran público a participar en sus programas. A mi juicio -políticamente incorrecto, lo sé-, no logran ese objetivo.

Para conseguir una participación democrática no basta con la simple acumulación de opiniones. La democracia es otra cosa. Ella implica responsabilidad. Exige, para empezar, que las personas se identifiquen y que estén dispuestas a responder a quienes los confrontan. No solo eso, implica que quien participa esté dispuesto a cambiar su propio punto de vista.

Nada de eso sucede en la radio o en la prensa. Allí cada cual tira su dardo, a sabiendas de que nadie le pedirá razones sobre lo que afirma. Solo exagero un poco si digo que es como una especie de “democracia de pared de baño público”: se escribe para decir lo que nunca se diría en un espacio abierto y mostrando la cara.

No solo eso, ese tipo de participación acumulativa e irresponsable difunde la idea de que la opinión personal es sagrada y de que no hay verdades, sino opiniones. (Se me viene a la mente la imagen del primer día de clase de mis peores profesores cuando decían: “Muchachos, yo de esto no sé nada… Aquí vamos a aprender todos juntos”. Al final, por supuesto, nadie, ni siquiera ellos, aprendía algo.)

Como se trata de un tema que suscita tanta sensibilidad en los lectores, en lo que sigue aclaro lo que no está implícito en lo que he dicho.

-No creo que la verdad sea absoluta o que sea patrimonio de algunos pocos. Lo que creo es que los debates democráticos se mueven en un intermedio entre la objetividad de lo físico y la relatividad de la opinión personal o de los gustos. Entre la ley de la gravedad y la preferencia por el helado de chocolate. Ese es un terreno en donde se exige argumentación razonada, crítica responsable y tolerancia.

-No creo que los medios deban suprimir la opinión de la gente. Lo que cuestiono es el procedimiento. La manera como lo hacen. Me parece que no conviene que la prensa y la radio se valgan de los impulsos más primarios de la gente para hacer de eso un show que no termina siendo ni participación democrática, ni deliberación, ni sondeo de opinión. Cuando se abre el micrófono para que los oyentes digan lo que piensan, el reality anula la democracia. Dudo mucho de que de allí salgan ciudadanos más formados, ni siquiera más informados.

-Tampoco creo que el tema de la democracia en los medios esté de más. Ni mucho menos, la concentración de la opinión en manos de unos pocos intereses económicos es un mal grave. Pero ese es otro problema.

-Por último, no descalifico la rabia de los ciudadanos. Ella es una manifestación legítima de la vida en sociedad. Todos, en algún momento, nos volvemos irascibles contra el poder y contra la autoridad. Otra cosa es la intemperancia de los funcionarios públicos. (No está bien, por ejemplo, que el Presidente de la República -como sucedió hace un par de semanas- se comporte como un forista colérico. La rabia del Presidente -como dijo Eduardo Posada Carbó- es un acto de gobierno y produce efectos simbólicos que se traducen en percepciones y, de pronto, en muertos.)

Quizás los medios son conscientes del déficit de democracia que tienen estos foros abiertos; pero se embarcan en ellos porque saben que son populares y que elevan el rating. Tal vez deben buscar mayor compatibilidad entre lo que le gusta a la gente y lo que le sirve.

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