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Reconciliación y democracia

Rodrigo Uprimny Yepes
septiembre 14, 2014

Publicado en: El Espectador

La presencia de delegaciones de víctimas en La Habana ha puesto en el centro del debate sobre la paz la pregunta por la reconciliación.

 

¿Podremos los colombianos reconciliarnos después de décadas de guerra, polarización y atrocidades? Cualquier respuesta supone que previamente discutamos qué podríamos entender por reconciliación, que no es un debate fácil.

Algunos consideran que la reconciliación implica procesos de perdón y expiación, que lleven a que las víctimas y los victimarios tejan lazos estrechos de confianza, incluso de solidaridad y afecto, de suerte que los conflictos queden disueltos en una suerte de comunidad armónica y fraternal.
Esta concepción robusta y exigente de reconciliación, que es cercana a ciertas visiones religiosas, puede parecer atractiva a muchos que pueden querer que, después de tantos años de odios y divisiones, los conflictos cesen y nos volvamos una suerte de “comunidad de hermanos”. Es una visión que incorpora además un elemento necesario para una paz duradera después de una guerra civil: los grupos y personas que estaban enfrentados como enemigos y se mataban deben aprender a convivir pacíficamente en una misma unidad política.

Esta ambiciosa visión de reconciliación resulta sin embargo problemática, pues no sólo es muy difícil de alcanzar, más allá de ciertas comunidades pequeñas, sino que, además, impone a las víctimas una especie de deber de perdón, que no les es exigible. Pero la reconciliación no puede significar únicamente un “cese al fuego” y que dejemos de matarnos, a pesar de que subsistan los odios, pues así la paz no parece duradera y la comunidad política es débil. ¿Será posible encontrar una visión intermedia de reconciliación, que vaya más allá del simple “cese al fuego” pero que sea más modesta y realizable que la idea de “comunidad de hermanos”?

Una posibilidad es imaginarla como una “reciprocidad democrática”, según la sugestiva expresión del profesor David Crocker, que inspira esta reflexión. Las víctimas no tienen el deber de perdonar ni olvidar y todos aceptamos que la paz no significa la supresión de los conflictos sociales, los cuales subsisten. No tenemos por qué ver al otro como un hermano, ni negar que las diferencias de visiones y de intereses persisten; pero dejamos de ver a nuestros rivales como enemigos que deben ser eliminados. Nos reconocemos como una “comunidad de ciudadanos”, que no tiene por qué ser una comunidad de afectos.
El desafío es entonces llegar a aceptarnos como ciudadanos que, a pesar de nuestras diferencias, somos titulares de los mismos derechos y tenemos la capacidad de disentir, pero también la de deliberar y tomar colectivamente decisiones democráticas sobre los asuntos comunes.

La reconciliación como “reciprocidad democrática” no sólo es posible sino además deseable pues permite la solución pacífica de nuestros conflictos, sin eliminar nuestras diferencias. Como dijo Estanislao Zuleta, en su texto sobre la guerra, sólo un pueblo “maduro para el conflicto, es un pueblo maduro para la paz”.

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