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Referendos antidemocráticos

César Rodríguez Garavito
enero 13, 2017

Publicado en: El Espectador

Días después del voto del Brexit, el economista Kenneth Rogoff se vino lanza en ristre contra referendos y plebiscitos como el británico sobre la Unión Europea, o el colombiano sobre el acuerdo de paz.

 

“Esto no es democracia”, escribió Rogoff. “Es jugar a la ruleta rusa con las repúblicas”.

Como defensor de la democracia participativa y el plebiscito por la paz, en ese entonces me pareció desmesurada la crítica. Pero viendo ahora lo que pasó con el plebiscito y la ola de referendos que se anuncian —contra solteros y parejas del mismo sexo que quieran adoptar, o el nuevo intento de castigar con cadena perpetua delitos contra menores de edad—, creo que es hora de repensar el asunto.

Hay varias razones para dudar que los plebiscitos y referendos sean enteramente democráticos. La primera es que la democracia no es sólo la imposición del parecer del 50 % más uno de los votantes. El otro componente de los sistemas democráticos es el respeto de los derechos de las minorías y los controles que ejercen instituciones como las cortes y los parlamentos. Pasar por encima de unos y otros apelando al querer de las mayorías momentáneas es lo opuesto al Estado de derecho democrático: es el “Estado de opinión” que intentó construir el gobierno Uribe y que revive bajo las recientes propuestas uribistas de nuevos referendos (inconstitucionales) contra el gobierno actual. El mismo Estado de opinión mediante el cual líderes elegidos democráticamente han desmantelado las democracias y concentrado el poder en sus manos: Ortega en Nicaragua, Erdogan en Turquía, Putin en Rusia, Modi en India, Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador, Duterte en Filipinas, Orban en Hungría.

Los estudios sobre los referendos muestran también que la gente tiende a votar sobre cosas muy distintas a las que se preguntan. Votan en realidad sobre si les gusta o no el líder que convoca el referendo, como lo documentó Lawrence LeDuc de la Universidad de Toronto. Una semana después del Brexit, la mayor parte de los ingleses no lograba recordar los argumentos por los que habían votado sí o no, como mostró Michael Marsh del Trinity College. Y en la era de las redes sociales y la posverdad, las campañas falaces mercadean con emociones que terminan inclinando la balanza hacia un lado o el otro aunque no tengan que ver con el asunto que se decide. Todos son riesgos de la democracia en general, aunque acentuados en la volátil versión plebiscitaria.

Por estas y otras razones han surgido propuestas de reforma. Una es exigir mayorías más altas para referendos sobre asuntos trascendentales. Otra es sujetar esas decisiones al doble voto aprobatorio de un referendo y una mayoría parlamentaria, como se debate hoy en Inglaterra.

En el juego de la ruleta rusa de los referendos recientes y los que se están planteando, el cilindro de la pistola está parando en la bala, como dijo Rogoff. Para salvar a la democracia de la democracia, habría que revisar las reglas del juego.

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