Regalos

"Sabemos que reemplazar el regalo o el encuentro o el perdón por una suma de dinero resulta antipático, por no decir odioso". | Freestocks.org

Regalos

Si nuestro único objetivo fuera obtener el mayor beneficio posible (muchos economistas piensan eso), todas nuestras relaciones sociales las tramitaríamos con dinero, como dice Cass Sunstein. En lugar de asistir a un velorio, enviaríamos plata a los deudos; en lugar de pedirle perdón a un amigo, le haríamos un cheque, y en lugar de visitar a un enfermo, le compraríamos los remedios en la farmacia.

Por: Mauricio García Villegasdiciembre 21, 2019

Dar regalos es un arte delicado, que requiere sensibilidad y talento. Tengo dos amigos, Gabriela y Héctor, que dominan este arte. En los momentos más inesperados me obsequian algo que me cautiva, que me sirve o que me hace falta. No me regalan cosas caras (a veces sí), sino cosas muy precisas, muy bien seleccionadas, que van bien conmigo. No soy el único beneficiario de la generosidad de Héctor y Gabriela; somos muchos y todos apreciamos su talento para regalar, metiéndose en el alma del otro y detectando sus gustos como si fueran los propios.

Digo esto pensando en la cantidad de regalos que se entregan por estas fechas de Navidad. Empeñamos mucho tiempo, energía y dinero tratando de encontrar los obsequios adecuados para la gente que queremos. Pero no siempre acertamos, y eso lo sabemos porque no siempre aciertan con nosotros. A veces es inevitable pensar que, si nos hubiesen dado el dinero que costó el regalo, nos habríamos comprado otra cosa.

¿Significa esto que lo mejor es regalar dinero? Eso piensan muchos hoy en día y por eso se han inventado cosas como las “lluvias de sobres”, los showers, las tarjetas de regalo (gift cards) o las listas cerradas de regalos de matrimonio.

Estas nuevas prácticas (deleznables para mi gusto) suponen que los seres humanos solo pensamos en el beneficio material y que, en la contabilidad de lo que damos y recibimos, lo único que buscamos es salir ganando. Pero eso no es cierto. Si nuestro único objetivo fuera obtener el mayor beneficio posible (muchos economistas piensan eso), todas nuestras relaciones sociales las tramitaríamos con dinero, como dice Cass Sunstein. En lugar de asistir a un velorio, enviaríamos plata a los deudos; en lugar de pedirle perdón a un amigo, le haríamos un cheque, y en lugar de visitar a un enfermo, le compraríamos los remedios en la farmacia. No habría que recorrer media ciudad comprando regalos de Navidad; bastaría con pasar un rato en el computador haciendo transferencias bancarias.

No hacemos tales cosas (aunque, como van las cosas, es posible que pronto se vuelva costumbre) porque sabemos que reemplazar el regalo o el encuentro o el perdón por una suma de dinero resulta antipático, por no decir odioso. Las relaciones humanas están hechas de afectos, más que de intercambios materiales. Cuando regalamos algo, el objeto entregado es portador de un símbolo que vale más que el objeto mismo. Es cierto que, desde el punto de vista puramente material, todos sentimos una pérdida en el intercambio de regalos: si todo lo que nos regalan nos lo dieran en plata, haríamos un mejor uso de ese dinero. Sin embargo, seguimos regalando porque sabemos que la diferencia entre el costo del obsequio que recibimos y el costo del objeto que compraríamos si nos dieran el dinero, es decir, esa pérdida, vale mucho menos que la expresión de afecto que transmite el objeto.

Lo que digo no es un elogio al consumismo navideño. Al contrario, el mercado y la publicidad han terminado por espantar los buenos sentimientos que inspiran la costumbre de regalar en Navidad y han convertido esta práctica en un derroche mecánico de compras sin espíritu. El elogio que hago es al arte de regalar, como lo hacen mis amigos Héctor y Gabriela: con sensibilidad, metiéndose en el alma del otro y no solo en Navidad, sino en cualquier momento.

De interés: Navidad / Regalos

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