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Para mitigar la pobreza y la desigualdad, y al mismo tiempo alcanzar la inclusión social efectiva, son necesarias políticas públicas que contemplen, de manera conjunta, un enfoque socioeconómico y un enfoque de género. | Ilustración: Elizabeth Builes

Renta básica con corazón feminista: ¿cómo hacer para que deje de ser una utopía en Colombia?

Construimos un documento en el que exploramos esta propuesta a la luz de las lecciones de la economía feminista y como una opción posible para luchar contra la pobreza y la desigualdad. Hoy lo lanzamos en la Feria Internacional del Libro de Bogotá.

Por: DejusticiaApril 30, 2022

Aunque Colombia se jacte de ser miembro de la OCDE, no deja de ser un país profundamente pobre y desigual. Mientras casi tres cuartas partes de nuestra población está en situación de pobreza o en riesgo de caer en ella, el 10% más rico tiene el 42,4% de todos los ingresos y el 40% más pobre, solo el 10%. Este panorama tiene impactos diferenciados que golpean aún con más fuerza a grupos vulnerables, como las mujeres pobres. Solo por mostrar algunos datos, en 2020 se registró la tasa más alta de desempleo de los últimos años: para las mujeres aumentó del 13,6 al 20,7%, mientras para los hombres el cambio fue del 8,2 a 12,8%.

Con estas tendencias, la feminización de la pobreza se convierte en un hecho tangible. No solo porque por cada 100 hombres en pobreza haya 104 mujeres en la misma situación, sino porque las causas y los efectos de este problema son diferentes cuando se trata de ellas, en especial de las más vulnerables y de las de más bajos ingresos.  

Por ejemplo, en 2019 la participación en el mercado laboral no solo era mucho menor en las mujeres de menores ingresos (37.6%) que en la de mayores ingresos (63.6%), sino que la brecha entre hombres y mujeres en cuanto a participación en el mercado laboral era mucho mayor en hogares de menores ingresos (23.3 puntos porcentuales) que en los de más altos ingresos  (13.7 puntos porcentuales). Lo mismo puede observarse con el desempleo. Las mujeres de menores recursos en 2019 tenían una tasa de desempleo mucho más alta (27.8%) que la de mujeres con más recursos (4.5%), pero también la brecha entre hombres y mujeres en cuanto a desempleo era mucho mayor en los hogares de menores ingresos (12.1 puntos porcentuales) que en los hogares de mayores ingresos, en donde esta brecha es casi inexistente.

Esta interseccionalidad también se puede ver con claridad en los impactos de la pandemia. La emergencia golpeó mucho más a los pobres, particularmente a las mujeres pobres. Por ejemplo, el desempleo aumentó mucho más para las mujeres de hogares de menores ingresos (aumentó en 21.09 puntos porcentuales)  que en las mujeres de hogares con más recursos (aumentó solo 1.88 puntos porcentuales). 

En medio de este contexto, los conceptos y visiones del feminismo inspiran la construcción de políticas sociales que pongan en el centro de la discusión las desigualdades que sufren las mujeres, así como la necesidad de guiar cualquier intervención bajo los imperativos del cuidado y el sostenimiento de la vida. Desde esa orilla, en Dejusticia exploramos un camino que, si bien puede pensarse como utópico, es posible: el de la renta básica.

El camino de la renta básica

En un nuevo libro de la colección Derechos Humanos por la Igualdad Socioeconómica, las abogadas Nina Chaparro y María Ximena Dávila y los economistas Diana León y Alejandro Rodríguez abordan el debate sobre la necesidad de contar con una renta básica en Colombia. Es decir,  que la población de los sectores más pobres y/o vulnerables, o un segmento de ella, cuenten con una transferencia monetaria, periódica y no condicional para afrontar la pobreza y la desigualdad. 

De acuerdo con el  documento ‘Renta básica feminista: de la utopía a la necesidad urgente’, una renta básica ayudaría a disminuir la desigualdad de las economías. Y es que según estima el Fondo Monetario Internacional (FMI), en países como México o Sudáfrica un ingreso anual por persona del 25% del ingreso medio puede significar una reducción de más de 10 puntos porcentuales sobre la incidencia de la pobreza y 5 puntos GINI. Si bien los costos fiscales pueden representar entre 2 y 3 puntos porcentuales del PIB, siguen siendo menores de los que necesitan países desarrollados para implementar una renta básica del mismo tamaño.

Ahora bien, la renta básica también podría generar un mayor equilibrio en la relación entre empleado y empleador, así como libertad para que los trabajadores, muchas veces inmersos en condiciones indignas de trabajo, puedan buscar mejores opciones lejos de la explotación laboral.

No obstante, las autoras y el autor fueron más allá e incorporaron una perspectiva feminista al esquema de renta básica. ¿Por qué? Según explican en el documento, “desde la lucha por la libertad en la reproducción y la sexualidad, el reclamo por una vida libre de violencia o la crítica hacia la división tajante e injusta entre el mundo “productivo” y el mundo doméstico, el feminismo trae consigo una de las agendas más comprehensivas y polifacéticas para el cambio de la sociedad y del Estado”.

Feminismos para combatir la desigualdad

En ese sentido, dicen las autoras, cuando los feminismos alimentan la idea de una renta básica, llaman a que este esquema vaya más allá de un estipendio simbólico y, por el contrario, sea suficiente, digno y no se reduzca a momentos de crisis; invita a que sea sensible a la división sexual del trabajo y a evitar enfoques en los que solo se tengan en cuenta a las mujeres cuando sean madres o cuidadoras. Tan poderosos son estos planteamientos que “una renta básica con corazón feminista pasó de ser una proclama utópica, una discusión de nicho, a convertirse en uno de los clamores más recurrentes para paliar las desigualdades acentuadas por la crisis de la pandemia”.

De hecho, desde los movimientos feministas se cree que una renta básica feminista no debería estar enfocada solo en las mujeres, sino que debe incluir a todos los ciudadanos que puedan beneficiarse de un ingreso mínimo periódico, aunque, de implementarse de manera adecuada, puede tener impactos singulares en la vida de ellas. Por ejemplo, puede ayudar a las mujeres más pobres a ganar un piso mínimo de dignidad, a reducir la dependencia de sus parejas, familiares o empleadores y a tomar decisiones sobre lo que consideren importante para su desarrollo y bienestar.

Pero la mirada feminista también abre los ojos sobre las limitaciones de una política social como esta, y es que no puede actuar en solitario, sino que necesita articularse con otras para tener un potencial transformador; requiere un tremendo esfuerzo tributario de los gobiernos para poder materializarse, y debe funcionar como un “programa redistributivo” para lograr un efecto emancipador.

Dos propuestas posibles

Para mitigar la pobreza y la desigualdad, y al mismo tiempo alcanzar la inclusión social efectiva, son necesarias políticas públicas que contemplen, de manera conjunta, un enfoque socioeconómico y un enfoque de género. Es por ello que, más allá de analizar los aportes del feminismo a un esquema de renta básica, las autoras y el autor de este documento construyeron dos propuestas de renta básica feminista posibles en Colombia:

En la primera, el monto por girar corresponde al 10% del salario mínimo mensual legal vigente (SMMLV) de 2021, es decir, 90.853 COP (23,66 USD) girados mensualmente a cada una de las personas beneficiarias. Si bien este monto no es suficiente para que alguna persona en el país pueda adquirir una canasta básica de alimentos, es casi dos veces el ingreso promedio que recibe cada persona del decil más bajo del ingreso.

En la segunda propuesta, el monto girado corresponde a la línea promedio de pobreza extrema. Es decir, un giro mensual de 145.004 COP (38,39 USD). A diferencia de la propuesta anterior, este monto está por encima del costo de una canasta básica de alimentos para el 55,06% de la población. Aunque este monto sigue siendo bajo, sobre todo para las personas con ingresos más altos, puede ser una suma significativa de dinero para personas sin empleo, hogares muy pobres y con alta dependencia económica

Con la implementación de la primera propuesta, más de 4,4 millones de personas saldrían de la pobreza, y con la última, lo harían más de 7,5 millones. En estos escenarios, Colombia alcanzaría una tasa de pobreza monetaria de 33,8% o de 27,38%, y una reducción de 5,2 (propuesta uno) y 7,9 (propuesta dos) puntos GINI.

¿Cómo hacerlo posible?

Las autoras y el autor mencionan algunos atributos indispensables para que cualquiera de las dos propuestas funcione. Lo primero es que los costos de una renta básica exigen un gran esfuerzo fiscal por parte del Gobierno nacional, aún más teniendo en cuenta que Colombia tiene un recaudo fiscal muy débil. Por esa razón, es necesaria una reforma fiscal progresiva que aumente la presión tributaria en el largo plazo y que aumente las tarifas de tributación del impuesto de renta a las personas, particularmente de las pertenecientes al 1 % más rico del país, al igual que otro tipo de reformas como la readopción de un impuesto progresivo a la riqueza, mejores impuestos a la tierra, entre otras.

Lo otro es que las dos opciones de renta básica no pueden eliminar la infraestructura y los servicios sociales ya existentes en Colombia. Más bien debería tratarse de una política que haga parte de un ecosistema de bienestar amplio. Las propuestas tampoco deberían estar focalizadas en criterios distintos al ingreso, lo que llevaría a que cualquier ciudadano o residente con estatus migratorio formal pudiera ser beneficiario. Debería ser una renta básica con perspectiva de largo aliento, que no se agote en la contención de una crisis, y sus transferencias serían calculadas a nivel individual, no por hogares, lo que evita que se diluya entre varios familiares su potencial transformador, al tiempo que reconoce la humanidad y singularidad de cada individuo.

Si bien ningún país ha adoptado una renta básica de manera generalizada y como política social permanente, existe evidencia de algunos casos de proyectos piloto temporales o programas a nivel subnacional en Finlandia, Mongolia e Irán que dan esperanza sobre los impactos de esta política. Colombia aún está  lejos de alcanzar un programa de este tipo, pero tenerlo como una meta es muy importante. Para cumplirla necesitaremos de mucha voluntad política para aumentar el recaudo de una manera significativa y para ver en una política como esta una forma de mejorar las condiciones de las mujeres en términos de pobreza, participación en el mercado laboral, tiempo de ocio, autonomía y mayor poder dentro de los hogares.


Descargue el libro Renta Básica feminista: de la utopía a la necesidad urgente

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