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Repensar nuestro mapa político

Rodrigo Uprimny Yepes
marzo 6, 2016

Publicado en: El Espectador

Incluso si uno se esfuerza, es difícil imaginar una división política más irracional que la que tenemos para la región del Magdalena Medio y que explica en parte su precaria gobernabilidad y sus agudos problemas de violencia.

 

Cualquiera que haya viajado por la ruta del sol constata fácilmente la unidad geográfica y socioeconómica del “magdalena medio”, este fértil valle interandino que va más o menos desde Honda hasta Aguachica. Obviamente no toda la región es idéntica pues existen diferencias importantes entre, por ejemplo, Barranca, que es un municipio petrolero, y Puerto Boyacá, que es ganadero. Pero a pesar de esas diferencias, la región tiene clara unidad geográfica, una importante coherencia socioeconómica y hasta una cierta identidad cultural.

Si nuestro ordenamiento territorial tuviera alguna lógica, una región así debería tener unidad política y administrativa, ya sea como el departamento del Magdalena Medio, que es una propuesta que resurge periódicamente, o de pronto como una región, que es una figura prevista en la Constitución pero que nunca ha sido desarrollada. Pero no es así: los colombianos nos las arreglamos para que esa región, con unidad geográfica, socioeconómica y hasta cultural, esté dividida no entre dos o tres departamentos, lo cual ya sería grave, sino entre… ocho. En ella confluyen municipios de Tolima (como Honda), de Cundinamarca (como Puerto Salgar), de Caldas (como la Dorada), de Boyacá (como Puerto Boyacá), de Antioquia (como Puerto Triunfo), de Cesar (como San Alberto), de Santander (como Barranca) y de Bolívar (como San Pablo).

Pero eso no es todo: además las capitales de esos departamentos se encuentran muy alejadas del Magdalena Medio, por lo que han estado desconectadas geográfica y políticamente de la región. Durante mucho tiempo, e incluso aún ahora, los hechos en Puerto Triunfo o en San Pablo poco interesaban a las gobernaciones de Antioquia o Bolívar. La marginalidad frente a las capitales departamentales y la fragmentación de la región en ocho departamentos generó municipios con una institucionalidad muy precaria en una región económicamente dinámica, una combinación que alimentó la proliferación de grupos armados ilegales: guerrillas, paramilitares y narcos.

Esta fragmentación política del Magdalena pudo tener su origen en que la región fue colonizada tardíamente, cuando ya estaban marcados muchos de los límites departamentales. Pero esa explicación histórica no reduce un ápice la irracionalidad política y administrativa de esa división política.

El Magdalena Medio puede ser el caso extremo pero no es el único de la irracionalidad de muchas de nuestras fronteras políticas internas. Esta situación muestra la necesidad que tenemos de repensar profundamente nuestro ordenamiento territorial, como lo anticipó lúcidamente hace mucho tiempo Orlando Fals Borda. Y la tarea es hoy aún más importante si la paz, según dicen muchos, se construirá esencialmente en los territorios.

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