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Salve una vida en Navidad

César Rodríguez Garavito
diciembre 19, 2009

Publicado en: El Tiempo

Peter Singer sostiene que las personas pueden y deben donar mucho más y, con ello, podrían eliminar la pobreza en el mundo.

 

La generosidad navideña es genuina y encomiable. Pero también fugaz. Con el guayabo de fin de año, pasa también el espíritu altruista. Es lo que podría llamarse “el síndrome Teletón”: idas las fiestas, volvemos a nuestra tradicional reticencia a donar. Y al papel más cómodo de alabar donaciones de celebridades, como Shakira o Juanes.

El problema es que el resto del año siguen las necesidades urgentes de los niños, los desplazados, las personas con discapacidad, los ancianos, los indígenas y tantos otros colombianos cuya supervivencia o vida digna pende de un hilo en un país con más de ocho millones de personas en la miseria, y 20 millones en la pobreza. Y donde la desigualad entre los que tienen y los que no tienen -es decir, entre los que podrían donar y los que necesitan las donaciones- es la más alta de Latinoamérica, según la Cepal.

Así que la época es propicia para hacer una reflexión personal y colectiva sobre el tema. ¿Deberían donar más quienes tienen cómo hacerlo? Si es así, ¿cuánto? Y ¿a quién?

Esas son las preguntas que planteó Peter Singer -el conocido profesor de ética de la Universidad de Princeton- en un libro de comienzos de año que ha encendido un debate global. En ‘La vida que usted puede salvar’, Singer disecciona montones de estadísticas y argumentos económicos y morales para llegar a una conclusión contundente: las personas de clase alta y media pueden y deben donar mucho más que un regalo navideño y, con ello, podrían eliminar la pobreza en el mundo.

¿Por qué y para qué donar?

Singer comienza por preguntar: ¿existe un deber moral de donar? Su respuesta es positiva y está basada en una lógica dura pero impecable: si una persona deja de donar dinero que no necesita para vivir -digamos los 50.000 pesos mensuales que gasta en salidas a comer, o los 400.000 pesos que paga por un Xbox para un hijo-, es moralmente responsable por el sufrimiento que habría podido evitar si hubiera compartido esa plata con quienes más la necesitan.

La razón es que, para la ética de las consecuencias, uno es responsable no sólo de los efectos de sus acciones, sino de los efectos de sus omisiones. Singer trae el siguiente ejemplo.
Imagínese que va pasando por un lago y ve una niña ahogándose.
Si se lanza al agua, puede salvar la vida de la niña, pero echaría a perder algo valioso para usted (digamos, un reloj de 200.000 pesos). ¿Qué debería hacer? Casi todo el mundo diría que hay que sacrificar el reloj para salvar una vida, y que si usted sigue de largo, es responsable por la muerte de la niña.

Pues bien: desde el punto de vista de los efectos, la situación es idéntica cuando usted gasta los 400.000 pesos en un Xbox, en lugar de donarlos a entidades que con esa suma pueden salvar a s niñas y niños. Por ejemplo, con una donación mensual de cerca de 30.000 pesos a la Fundación Proyecto de Vida, a la Fundación Colombianitos o a Unicef, puede apadrinar a un niño para que reciba la educación o la atención en salud que pueden sacarlo de la indigencia. Si visita los colegios de la Fundación Granitos de Paz en Cartagena, como lo hice hace poco, se dará cuenta de que con donaciones es posible darles alimentación balanceada, educación de primera y esperanza a las familias más pobres del barrio más pobre de la ciudad. El portal Conexión Colombia (www.conexioncolombia.com) permite donar en línea desde 50.000 pesos mensuales a organizaciones que trabajan con las uñas para salvar algunas de las cerca de 20.000 vidas de niños menores de cinco años que se extinguen anualmente en Colombia, la mayoría por causas evitables.

¿Por qué yo?

Esa es la pregunta que usted se puede estar haciendo a estas alturas. ¿Por qué yo si otros no lo hacen? ¿Acaso no pago impuestos? Y ¿acaso no puedo gastar como quiera mi plata?
Son preguntas razonables y complejas. Aquí van algunas respuestas telegráficas, con base en las tesis de Singer. Decir que uno no tiene el deber de donar porque otros no lo hacen equivale a decir que uno no debía lanzarse al lago porque había otras personas presentes pero se quedaron quietas, con el resultado obvio de la muerte de la niña.

En cuanto a lo segundo, la idea no es que las donaciones reemplacen a los impuestos; ni las fundaciones privadas, al Estado. Tampoco que sustituyan las donaciones de las empresas.
Las contribuciones individuales deben ser adicionales a la obligación tributaria, y los servicios prestados por las entidades privadas deben complementar las de un Estado proactivo. En Colombia, además, la carga tributaria es menor que en otros países de la región latina (como Argentina y Brasil), las donaciones son deducibles de impuestos y el porcentaje del PIB que se recoge en impuestos es casi la tercera parte de lo que se recoge en Europa.

¿Por qué no gastar la plata como se desee si se consiguió con esfuerzo personal? El problema es que el ingreso de una persona es producto, en buena medida, de las oportunidades del medio en que creció, no de su esfuerzo. Herbert Simon, premio Nobel de Economía, mostró que cerca del 90 por ciento de lo que gana una persona en una sociedad rica se debe al “capital social” de su país (p.ej., el sistema educativo o de salud). Algo parecido se aplica a las ventajas de haber nacido en un hogar pudiente en un país como Colombia.

¿Cuánto dar?

Esta pregunta es (literalmente) la del millón. La respuesta depende de muchos factores: el ingreso personal, el de otros miembros del hogar, el número de hijos, el nivel de gastos básicos, etc. Singer hace las cuentas para el 10 por ciento más rico de la población estadounidense y formula unas propuestas prudentes, que les permitirían a los donantes mantener gastos que no son indispensables (viajes, colegios caros, etc.). El resultado es que, sin sacrificar nada apreciable, el 1 por ciento más rico podría donar entre un 15 y un 25 por ciento de sus ingresos. El siguiente 4 por ciento más ricos podría compartir un 10 por ciento de sus ingresos. Y el restante 5 por ciento de los más rico podría donar 5 por ciento.

Algo similar se podría estimar para Colombia, aunque los cálculos disponibles no permiten sacar conclusiones tan finas. Aquí hay una tarea interesante para economistas y sociólogos, que tienden a estudiar más a los pobres que a los ricos. Lo que sí se sabe es que, según la Encuesta de Ingresos y Gastos del Dane del 2006, el 10 por ciento de hogares más ricos recibe un impresionante 40 por ciento de los ingresos nacionales, con un promedio por hogar de 5.500.000 pesos. El problema es que este grupo incluye hogares muy diversos, desde los multimillonarios que ganan miles de millones al año hasta los que reciben unos cuantos millones. Los primeros encajarían en la propuesta de Singer de un nivel de donación del 25 por ciento, mientras que los últimos se acercarían más a la tasa del 5 por ciento.

Una cosa es cierta: los colombianos más pudientes y de clase media podrían hacer mucho más. Para no ir más lejos, si usted tiene el dinero y el tiempo para leer este diario, probablemente los tendría para donar 1.000 pesos diarios que cuesta salvar o mejorar la vida de un niño. Ahí está una buena causa para incluir en la lista de propósitos personales para el nuevo año.

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