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Semana Santa y Bicentenario

Mauricio García Villegas
abril 2, 2010

Publicado en: El Espectador

ESTA SEMANA SANTA DEL AÑO 2010 me parece una buena ocasión para pensar en el Bicentenario de la Independencia.

 

ESTA SEMANA SANTA DEL AÑO 2010 me parece una buena ocasión para pensar en el Bicentenario de la Independencia.

Digo esto porque los líderes de 1810 tenían dos propósitos fundamentales en mente: en primer lugar, expulsar a los españoles del territorio americano y, en segundo lugar, reemplazar los viejos valores de la sociedad católica colonial, por valores liberales e igualitarios. Lo primero se consiguió, pero no así lo segundo.

Una buena parte de lo que fuimos en la Colonia estuvo determinado por la Iglesia católica: la concepción del poder político, la valoración de la vida en sociedad, la obediencia frente a la autoridad, las nociones de justicia e igualdad; todos esto fue, de alguna manera, moldeado por la visión del mundo católico que tenía la España del siglo XVI.

La Iglesia era el gran poder ordenador de la vida y de la sociedad colonial. No sólo estaba encargada de la enseñanza, de la salud y de la conducción espiritual del reino, de lo cual obtenía un enorme poder político, sino que tenía grandes riquezas que derivaba del cobro de impuestos religiosos. Pero quizá su mayor influencia consistía en la autoridad que tenía para darle sentido y regularidad a la vida cotidiana de las personas. La Iglesia no sólo gobernaba los acontecimientos más relevantes en la vida, desde el nacimiento hasta la muerte, pasando por el matrimonio, la educación y el trabajo, sino que definía la cronología cotidiana, con sus rezos, sus fiestas y sus ritmos. La Iglesia le daba sentido y orden al mundo personal y social, de tal manera que todo caía bajo su mirada escrutadora.

Cuando la España del siglo XV, ese país pobre e iletrado, descubrió el Nuevo Mundo y se hizo de pronto a un gran imperio, el Medioevo tuvo una segunda oportunidad sobre la Tierra. Mientras en el resto de Europa el mundo feudal empezaba a morir lentamente, en España y en sus colonias el feudalismo encontraba una nueva vida.

Con la llegada de la Independencia cambiaron los ritos del poder, cambiaron las formas jurídicas, cambiaron los contenidos de la ley y cambiaron los símbolos del poder, pero las relaciones sociales siguieron más o menos iguales. Los terratenientes, los gamonales y los tinterillos reemplazaron a los gobernadores españoles y a los curas, pero la inmensa mayoría de la población siguió como estaba. Tres siglos de vida colonial no podían ser borrados fácilmente con la expulsión de un puñado de chapetones y la promulgación de una constitución. Esa vida colonial estaba sustentada en una férrea estructura de privilegios, poderes y distribución de bienes, que las nuevas clases dirigentes no pudieron, o simplemente no quisieron, afectar.

En la segunda mitad del siglo XX, la sociedad colombiana pareció borrar los últimos vestigios del catolicismo colonial. La Iglesia perdió buena parte de su poder político y la sociedad dejó de practicar la religión masivamente. Vistas así las cosas, uno diría que tuvimos una secularización similar a la europea. Desafortunadamente eso no sucedió; aquel espíritu católico colonial que exaltaba la sociedad fundada en castas, la vida épica e individualista y que menospreciaba los ideales de la modernidad y de la ciudadanía, sigue teniendo un gran poder entre nosotros. Nos liberamos del autoritarismo de los curas, pero no de la concepción autoritaria del poder que ellos —no sólo ellos, claro— nos inculcaron.

Es por eso que la celebración de la Semana Santa de este año 2010 me lleva a pensar que tal vez no tenemos tantos motivos para celebrar el Bicentenario.

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