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Si Dios fuera negro…

César Rodríguez Garavito
junio 16, 2008

Publicado en: El Espectador

…TODO CAMBIARÍA, DICE LA CANción. En este mundo terrenal, lo que más se le parece es que el presidente de Estados Unidos sea negro. Ahora que, por primera vez en la historia, esa posibilidad está al alcance de la mano, ¿qué tanto cambiaría si Obama llega a la siempre blanca Casa Blanca? ¿Y qué tanto sentiríamos el cambio en estas tierras tropicales?

 

La sola victoria de Obama en las primarias demócratas ya ha cambiado mucho. Dentro de Estados Unidos, significa ver a los ojos la profunda realidad del racismo y apostarle a la renovación del Partido Demócrata. Porque la caída del clan Clinton es también la del ala del partido que intentó, desde la Presidencia de Bill, competir con los republicanos tirándose a la derecha, es decir, intentando parecerse cada vez más a estos. Es el posible regreso de la centro-izquierda gringa que Bush y la derecha evangélica creían haber derrotado para siempre.
Pero el cambio más drástico puede ser hacia fuera de Estados Unidos. Ante el desastre del unilateralismo envalentonado de Bush (ese que nos trajo la guerra engañosa de Iraq, Abu Ghraib y Guantánamo), Obama promete el regreso al sentido común del multilateralismo y la diplomacia, comenzando por el retiro de las tropas de Iraq. 

Como lo dijo Thomas Friedmann en su columna del New York Times, es posible que “la nominación de Obama… haya hecho más para mejorar la imagen internacional de Estados Unidos… que todo el trabajo diplomático de Bush durante los últimos siete años”. De ahí la Obamamanía que se ha despertado alrededor del mundo. 

En África y Medio Oriente, el color de la piel, el nombre (Barak Hussein) o la herencia musulmana por vía paterna de Obama tienen a todos haciéndole barra. En Europa no ven la hora de que se vaya Bush y llegue alguien que represente la “esperanza de su país y la paz en el mundo”, como lo dijo el Alcalde de París. Alguien que renueve la vieja imagen amable de Estados Unidos como tierra de oportunidades abiertas. Y en América Latina le hacemos fuerza a cualquiera que nos devuelva la fe en la competencia democrática y haga el esfuerzo de escuchar. 

En Colombia, el Gobierno le estará apostando a McCain y a la continuación de la alianza con la línea dura de Bush. Pero muchos otros preferiríamos la línea más moderada de Obama, que al menos promete tratados comerciales y ayuda internacional más balanceados. Y que puede hacer que las políticas para las comunidades afrocolombianas sean de largo plazo, y no una estrategia temporal para asegurar los votos de los congresistas negros en Estados Unidos a favor del TLC. 

Ese será el tono mundial de aquí a las elecciones de noviembre, cuando Obama debe cobrarle a McCain la recesión económica y la impopularidad sin precedentes de Bush. 

Lo que venga después, si llega a la Presidencia, está por verse. Es posible que la Obamamanía, como todos los delirios, sea un disparate. Como lo escribió el editor de la revista alemana Die Zeit, “una ilusión óptica puede estar influyendo nuestro estado de ánimo: la imagen ilusoria y reconfortante de que el verdadero problema no es Estados Unidos sino George W. Bush. Y que ahora que se va el ‘vaquero’ y llega el ‘Cambio y la Esperanza’, todos podemos volver a querer a Estados Unidos”. 

Yo prefiero pensar con el deseo, volver a creer en la política y hacerle fuerza a Obama. Por lo menos hasta noviembre.

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