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Sin lugar a dudas

Vivian Newman Pont
octubre 2, 2016

Publicado en: El Espectador

A un día del plebiscito, y sabiendo que varios estamos cansados de oír y leer sobre la paz, hago un último llamado para quienes piensan abstenerse de refrendar los acuerdos con las Farc.

 

Ante un tema tan sensible, tan ético y tan central, las consecuencias de quedarse en la casa son serias e incluso pueden ser muy contrarias de las buscadas por quien se abstiene. 

 

Los votantes del No y los del Sí ya están (estamos) definidos, pero queda aún una franja muy grande de cerca de 44% con tendencia a ausentarse. No me voy a referir a quienes se quedan en sus casas porque no les importa o creen que no les afecta la política ni la paz, pues no tengo cómo entender esta apatía. Tampoco me refiero a la cifra de quienes dicen no tener ni idea (¡uno de cada tres abstencionistas dice que no tiene conocimiento de los acuerdos!) porque esa pedagogía da para otra columna.

 

Me refiero a quienes se quedan en la casa porque dudan. Algunos no quieren votar porque dudan que las partes vayan a cumplir los acuerdos de forma legítima. Otros no quieren ni creen en las Farc y les da vergüenza votar No a la continuación de la guerra con esta guerrilla, por lo que alegan dudas. Y hay también aquellos a quienes Santos como Uribe le generan cuestionamientos y no se quieren ver forzados a tomar partido.

 

En el primer grupo se encuentran personas que quisieran votar Sí porque creen en la importancia de comenzar a hacer la paz e incluso creen en los contenidos de los acuerdos (los que no creen en los contenidos simplemente votan No), pero no creen que vayan a ser implementados debidamente. Para verificar que se cumpla lo acordado y evitar conejos, además de la ONU en la entrega de armas, se crea una comisión de implementación, seguimiento y verificación del acuerdo, encima hay un Congreso con no pocos miembros que votarán por la paz, pero en contra de Santos, y una Corte Constitucional que guardando su neutralidad ni siquiera fue a los actos de firma de la paz.

 

En el segundo grupo están los falsos dudosos. Ven a las Farc como una novia (o un novio) poco deseada, con un pasado horroroso a la que es mejor dejar plantada en la iglesia, antes que impulsar un matrimonio que creen de conveniencia. A estas personas les queda imposible aceptar un acuerdo que permite la reintegración a la sociedad de las Farc, pero prefieren no confrontarse con el voto. O sea, van por el No. A quienes con la duda dañan, les diría que es mejor que podamos medir el rechazo a las Farc y cuantificar, en las urnas, sus dificultades para ser aceptadas en la sociedad y en la política.

 

Por último, no son pocos los que no quieren a Santos ni a Uribe, pero como no hay voto en blanco, quieren dejar sentado su voto de protesta mediante la abstención. Pero bajo las reglas del umbral aprobatorio de este plebiscito, sólo los votos favorables que lleguen al 13% cuentan para determinar si se superó o no el umbral, para luego contar los votos y definir la mayoría ganadora: Sí es Sí y No es No. El voto intermedio no cuenta.

 

Y esta es la hora de contar. Contar a los que dejan las armas y reducen la guerra. Contar cuantos políticos le ganamos al monte. Contar las muertes que se evitan y las vidas que se ganan. Contar el ahorro en el gasto de guerra. Pero sobre todo contar los votos y la voluntad ciudadana que se expresa claramente para que la decisión que se tome sea legítima y democrática.

 

Sin duda, ante un sistema en el que sólo caben el Sí y el No, la peor decisión es la indecisión.

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