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Sin planeta B

Mauricio García Villegas
diciembre 19, 2009

Publicado en: El Espectador

MUCHOS CAMBIOS POLÍTICOS DE LA humanidad se han originado en el miedo, más que en las ideas. Pues bien, los países actuales enfrentan hoy un peligro semejante; un peligro que viene de ellos mismos, de su actividad productiva y del deterioro que ella causa en el ambiente.

 

MUCHOS CAMBIOS POLÍTICOS DE LA humanidad se han originado en el miedo, más que en las ideas.

En el siglo XVI, por ejemplo, el terror ocasionado por las guerras llevó a los pueblos europeos y a los señores feudales que regían en ellos, a dejar de pelear y a unirse en torno a un rey que dominaba en un gran territorio. Así surgieron los Estados nacionales y más tarde el sistema actual de naciones. Pues bien, los países actuales, como los pueblos de hace cinco siglos, enfrentan hoy un peligro semejante; un peligro que no viene de la guerra, ni de un pueblo enemigo, sino de ellos mismos, de su actividad productiva y del deterioro que ella causa en el ambiente. Me refiero por supuesto al calentamiento planetario originado en la expulsión de gases tóxicos en la atmósfera.

El peligro en cuestión ha sido puesto en evidencia desde hace algunos años por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Clima (GIEC). Según ese organismo, para salvar el planeta de la catástrofe se requiere que la emisión de CO2 por habitante se reduzca, para el año 2050, a 1,7 toneladas por año. Si tenemos en cuenta que, según el Nouvel Obs, cada estadounidense produce 20 toneladas anuales de ese gas y cada europeo 10 toneladas, esta no va a ser una tarea fácil. Una sola tonelada de CO2 es lo que produce un Renault Twingo que circula durante seis meses por las calles de una ciudad; peor aún, es lo que se necesita para producir un computador. Dado el impacto que una reducción semejante del consumo tendría para la economía, la única solución posible parece estar del lado de la creación de fuentes de energía limpia.

Ante la eventualidad del fin próximo de la civilización y ante la certeza de que no tenemos un “planeta B”, muchos han hecho de la ecología una nueva religión, con sus sacerdotes (los expertos del Griec), sus ritos (la comida bio), sus congregaciones (Kioto, Río, Copenhague) y sus demonios (el CO2). Pero como sucede con toda religión, no faltan los ateos, en este caso los llamados “negacionistas”, que descreen de las previsiones del Griec y estiman que el calentamiento global, si bien existe, es un fenómeno natural no causado por la actividad humana.

Más allá de la presencia mediática que tienen estas dos posiciones, existe un gran consenso sobre la necesidad de que se produzca un cambio en el tipo de desarrollo económico y en el modo de vida actuales. Incluso si los escépticos tienen la razón, se sabe que con los ritmos de consumo y de devastación existentes la humanidad no podrá subsistir más allá de este siglo.

Así, pues, no nos queda otra salida que comportarnos mejor con la naturaleza, es decir más moderadamente. De seguir como vamos, dice el periodista francés Guillaume Malaurie, “si no nos captura la policía de la energía, nos captura la policía del clima, o peor aún, nos capturan ambas”.

Escribo esto justo antes de saber el resultado de la reunión de Copenhague. Es muy probable que allí no se haya logrado ese gran acuerdo destinado a cambiar el sistema actual de naciones. Pero se logrará después, seguramente en este siglo, quizás luego de un deterioro mayor del clima o de una gran catástrofe. Se impondrá entonces una vida menos egoísta y menos frenética.

La solidaridad que no pudieron lograr los utopistas y los socialistas del siglo XIX con sus ideales, la lograrán —es navidad, seamos optimistas— los ecologistas del siglo XXI con sus advertencias.

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