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Sobre la confesión y el perdón

Mauricio García Villegas
abril 15, 2011

Publicado en: El Espectador

CUANDO YO ERA NIÑO, EN LOS DÍAS previos a la Semana Santa (como estos que acaban de pasar) sucedía algo extraordinario en el interior de las familias: los hombres mayores de la casa iban a la Iglesia para confesar sus pecados.

 

CUANDO YO ERA NIÑO, EN LOS DÍAS previos a la Semana Santa (como estos que acaban de pasar) sucedía algo extraordinario en el interior de las familias: los hombres mayores de la casa iban a la Iglesia para confesar sus pecados.

Las mujeres también, pero como ellas se confesaban con relativa frecuencia, el evento no tenía, en su caso, ningún carácter extraordinario. Yo recuerdo el malestar silencioso de algunos de mis tíos, e incluso de mi padre, con la llegada de estas fechas y con la insistencia, prudente pero firme, de las mujeres de la casa para que a sus hijos y a sus nietos no los pillaran los días santos en pecado mortal. También recuerdo las tres filas de penitentes en los confesionarios de las iglesias; dos de mujeres a los costados, recostadas a las paredes e invisibles al confesor y una de hombres, al frente del confesionario y dirigida hacia la mirada inquisidora del sacerdote.

La confesión es un ritual típicamente católico (sólo entre los ortodoxos existe algo parecido); un ritual que marcó la vida familiar de nuestras generaciones pasadas y más importante aún, que determinó la manera como esas generaciones veían la autoridad y la ley. Voy a explicar por qué me parece tan importante.

La confesión era vista por el pueblo como una medicina que aliviaba los males del alma (hay que volver a leer a don Tomás Carrasquilla); como una pastilla que, una vez tomada, tenía el poder extraordinario de recuperar la salud moral. El refrán español que dice, “el que peca y reza empata” es una muestra clara de ese efecto antídoto que la confesión tenía. Mejor aún, a diferencia de las medicinas que se toman para aliviar el cuerpo, la confesión era un remedio que nunca fallaba: curaba todos los males. Pero no sólo eso, el remedio tenía efectos retroactivos: si se tomaba mucho después de adquirida la enfermedad moral (el pecado) era igualmente eficaz. Así, incluso los personajes más abyectos podrían acceder al reino de los cielos a condición de tomar el remedio (confesarse) justo antes de morirse, después de una vida de desmanes. Tan fácil era la cosa que existe otra expresión española que dice “el pecado se lava con un poquito de agua”.

Había pues una relación de incidencia recíproca entre la facilidad del remedio y la recurrencia del pecado. La violación de las normas era un asunto banal, dada la seguridad con la cual se obtenía el perdón. Si eso sucedía con las normas divinas, que son las más definitivas y las más justas, ¿cómo no habría de suceder algo similar con la ley? Sucedía, y por eso, cuando una norma legal imponía obligaciones costosas era vista con recelo o incluso con indignación. ¿Cómo iba a ser más difícil ser un buen ciudadano que llegar al cielo?

La confesión ha desaparecido de la vida de la gran mayoría de los colombianos. Hoy la Semana Santa es más de vacaciones que santa. Por eso pensamos que los efectos nocivos de esta institución ya no existen. Pero no es cierto. Sus efectos siguen latentes: así como hay que desconfiar de la capacidad de una norma para cambiar por sí sola la realidad social, también hay que desconfiar de lo contrario; es decir de que el desuso de una norma que fue efectiva durante siglos, entrañe la eliminación de lo que la norma establecía. Por eso creo que la secularización de la sociedad colombiana es más aparente que real.

Mejor dicho, dudo mucho de que todos aquellos que han dejado de confesarse hayan también dejado de pensar que violar la ley es un mal menor que, digamos, se “lava con un poquito de agua”.

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