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Sobre moral y política

Mauricio García Villegas
noviembre 4, 2011

Publicado en: El Espectador

Son tres los candidatos de la izquierda que compiten por la Presidencia de Francia (2012-2017): François Hollande, por el Partido Socialista (PS), favorito para derrotar a Nicolás Sarkozy; Jean-Luc Melanchon, por el Frente de Izquierda, y Philippe Poutou, por el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA). Sólo me voy a referir a este último.

 

Son tres los candidatos de la izquierda que compiten por la Presidencia de Francia (2012-2017): François Hollande, por el Partido Socialista (PS), favorito para derrotar a Nicolás Sarkozy; Jean-Luc Melanchon, por el Frente de Izquierda, y Philippe Poutou, por el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA). Sólo me voy a referir a este último.

Poutou no sólo es el más radical de los tres; también es el menos convencional: líder sindical, no tiene diplomas académicos (ni siquiera de bachiller) y trabaja actualmente como obrero mecánico en un fábrica ubicada en la Gironda. Poutou no conoce los secretos de la economía, ni tiene experiencia en los intríngulis de la administración pública, pero eso no le impide responder con seguridad a las preguntas (con frecuencia insidiosas) que le hacen los periodistas. Cuando no sabe algo (lo cual le ocurre con frecuencia), dice que lo va a consultar con sus colegas del sindicato; cuando le preguntan por qué lo eligieron a él y no a alguien con experiencia o notoriedad públicas, dice que por nada en especial, que cualquiera de sus colegas del sindicato hubiese podido ser el candidato, que su partido está contra la personalización del poder y que lo importante es que él representa la dignidad de la clase trabajadora contra la indolencia de la burguesía. Lo que sí tiene muy claro Poutou es que la negociación con las élites políticas de Francia (incluida la del PS) está excluida, y lo está por razones de principio.

La campaña de Poutou no pretende ganar las elecciones, ni siquiera hacer el intento por ganarlas o por ayudar a que el PS las gane; sólo busca ser un símbolo de verticalidad proletaria. Su mensaje es más ético que político y por eso no negocia con nadie que piense diferente.

El lunes pasado Philipe Poutou apareció en una emisión de televisión a la que asisten celebridades francesas que comentan temas de actualidad. Entre los invitados también estaba Michel Onfray, quizás el filósofo más popular de Francia en la actualidad (una especie de versión radical de Michel Foucault), defensor de la universidad popular, pensador de izquierda, ateo militante y promotor del hedonismo.

Luego de oír atentamente a los demás invitados, Onfray expresó su desacuerdo con lo dicho por Poutou. En su opinión, un partido no puede renunciar (como lo hace el NPA) a buscar el poder y si lo hace se convierte en una especie de secta religiosa. Según Onfray, Poutou y sus obreros adoptan una especie de moral universal (tipo kantiano, muy parecida a la católica) que nunca acepta la posibilidad de que los principios puedan ser adaptados a las circunstancias (es cierto que, por ejemplo, no hay que decir mentiras, explica Onfray, pero ¿eso significa que decir la verdad es siempre lo mejor?, ¿incluso cuando se miente por piedad o para evitar un mal mayor?). Claro, el problema de aceptar que la regla tiene excepciones es que hay que establecer límites y por ahí vienen los abusos. Pero el hecho de que eso suceda, no significa que los principios no puedan adaptarse y que no pueda tener excepciones; sólo significa que esa es una tarea difícil y sujeta a debate.

La polémica entre Poutou y Onfray, sobre los límites éticos de las alianzas, está directamente conectada con un debate que ha nutrido buena parte de las divisiones y de la pugnacidad ideológica dentro de las izquierdas en Colombia. Me refiero al debate sobre la relación entre reforma y revolución (¿son ética y políticamente aceptables las alianzas con movimientos reformistas de centro?). Por eso creo que esta es una polémica tan necesaria y saludable en la izquierda francesa como en la colombiana.

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