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Sobre paz y trafico: Ser filipino en Colombia

Krizna Gomez
septiembre 19, 2016

Publicado en: Global Rights Blog

Como extranjera, los taxistas en Colombia siempre me preguntan: ¿De dónde eres? Después de una charla corta sobre donde exactamente queda mi país en el mundo y los 3000 pares de zapatos de Imelda Marcos (lo que parece ser la cosa común de la que se acuerdan sobre las Filipinas) la conversación gira en torno al tráfico. 

 

La gente de la animada capital de Bogotá le gusta quejarse del tráfico en su ciudad. Imaginen su sorpresa cuando les digo que en realidad no es tan grave, porque en Manila, la crisis del trafico convierte nuestra ciudad en parqueaderos hasta el amanecer (y el sistema de transporte público y la calidad de los andenes y ciclovías no se compara con la de Bogotá). Declarada por Waze como la ciudad con el peor tráfico en el mundo, Manila podría convertirse en inhabitable en cuatro años si la crisis no se resuelve. Si, el tráfico en Bogotá causa problemas, pero trato de recordarme a mí misma que no se compara con el caos de Delhi, el peligro de cruzar las calles en Kolkata, los impenetrables trancones en Nairobi, y demás. Aprovechándome de la expresión de sorpresa del taxista, cierro con mis palabras de remate: Todo es relativo y con frecuencia no podemos apreciar lo que tenemos. Tenemos suerte de vivir aquí.

El taxista asiente con la cabeza, con un aparente sentimiento de satisfacción y me agradece por recordarle que este agradecido con su país.

Yo, en cambio, me bajo con un sentimiento de haber logrado algo y una nota de dolor en mi corazón.

Siempre me he sentido tremendamente orgullosa de ser de las Filipinas y la decisión de vivir lejos de mi país por el tipo de trabajo que he querido hacer siempre ha sido para mi un dilema no resuelto. Con frecuencia siento que me he vuelto una desconocida en mi propio país, observando desde lejos pero nunca con el verdadero desapego de un extranjero.

Los ultimo meses solo han incrementado este sentimiento en mí. En los últimos dos años, he vivido en el país que muchos solo conocen por el programa Narcos de Netflix e impresiones anacrónicas de la guerra, secuestro y tráfico de drogas. Es desconocido por muchos en casa como Colombia ha en repetidas ocasiones hecho historia – buena historia – en los últimos años: la legalización del matrimonio para parejas del mismo sexo, tener la primera ciudad en el mundo donde la minería se expone a voto popular, el reconocimiento de la Corte Constitucional como una de las cortes más activistas en el mundo, la consistente y fuerte economía llevando a Colombia a ser un país de ingreso mediano alto cuando apenas está saliendo de más de cinco décadas de guerra (aunque todavía los altos niveles de desigualdad persisten) y ahora, con la posibilidad de paz. En nuestra oficina y alrededor de todo el país, el sentimiento de euforia y anticipación es palpable. Cuando el gobierno colombiano y las FARC, el grupo al margen de la ley más grande en el país, firmaron el acuerdo de paz en agosto de este año después de más de cuatro años de negociaciones, mis amigos lloraban de felicidad e incredulidad. La idea de que sus futuros hijos no tuvieran que vivir en guerra era simplemente abrumadora.

En mi esquina de la oficina, pienso en los acuerdos de paz que el gobierno de Filipinas firmó con el Frente Moro de Liberación Islámica en marzo del 2014, y como no pudo ser implementado dado el fracaso del Congreso al no poder pasar la ley acordada entre las partes y así, no poder terminar “uno de los conflictos internos más largos y sangrientos, pero menos conocidos del mundo.” Habíamos estado en guerra por casi la mitad de un siglo también y los Filipinos habían negociado con los rebeldes por incluso más tiempo que los colombianos – 19 años. Ahora, los colombianos están cerca de ir a las urnas el 2 de octubre para dar el voto más importante en su historia – SI o NO aprueban el acuerdo de paz. Los filipinos en cambio todavía esperamos a ver si los supuestos desarrollos positivos en el proceso de paz bajo el nuevo gobierno finalmente terminarán el conflicto con los Moros de una vez por todas (es de notar que cambios alentadores y positivos con el grupo comunista han ocurrido recientemente.)

Ese no es el tema que produce visitas preocupadas en mi puesto en los últimos días. Hoy, los colombianos (como millones de personas de otros países) ven noticias sobre las Filipinas en la noche. Al haberse convertido en un nombre conocido alrededor del mundo, nuestro controversial presidente, Rodrigo Duterte, es acusado de librar su propia guerra en contra de aquellos acusados de tráfico de drogas en las Filipinas por medio de asesinatos extrajudiciales, dejando 3,000 muertos desde que se posesionó como presidente en junio. La semana pasada, mi jefe me saludo con la pregunta de que si Duterte en realidad había llamado a Obama un hijo de perra cuando se le pregunto cómo pensaba explicarle al presidente estadounidense los asesinatos extrajudiciales. Dije: “No, una traducción más precisa sería hijo de puta.”

Lo extraño de ser filipina viviendo en Colombia es que, aunque sufro por los triunfos que todavía no podemos celebrar en casa, siento que veo con más claridad lo que los colombianos pueden perder si dejan que la incertidumbre nuble su voto el 2 de octubre. Si, el acuerdo de paz no es perfecto. Claramente el éxito del SI en el plebiscito no resolverá los problemas del país de la noche a la mañana. De hecho, solo será el comienzo de un largo y difícil proceso de reconciliación.

Sin embargo, el camino de Colombia hacia la paz ofrece lecciones útiles para otros países que han luchado con terminar la guerra. A pesar del profundo recelo que sienten los colombianos con respecto a una paz duradera, los solo cuatro años de negociaciones ya han indudablemente transformado la sociedad de una manera profunda. Una sociedad civil activa se ha consolidado alrededor del proceso. Además, las negociaciones mismas han creado innovación para el resto del mundo como la inclusión de las víctimas no solo durante pero después de las negociaciones, y la creación de un sistema de justicia penal de postconflicto que busca un equilibrio entre el proceso de reconciliación (al no procesar cada persona involucrada en un crimen) y buscar la rendición de cuentas (al no dar amnistías absolutas).

Es un comienzo. Para alguien que viene de un país donde no se puede disfrutar de este tipo de esperanza en este momento, un comienzo es una gran cosa. No, es una cosa increíble. Los colombianos se pueden enfocar en los trancones, los carros que se desvían, y un imperfecto, pero fuerte acuerdo de paz. O pueden empezar a informarse, sintiéndose agradecidos por la oportunidad que otros morirían por tener, y dándole una oportunidad a la paz.

Como una filipina viviendo en Colombia, creo que lo sabría.

*Para aprender más sobre el plebiscito sobre el acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y las FARC, visita esta página.

 

 

 

 

 

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