¿Soñar lo que tenemos?

Por: Mauricio García Villegasoctubre 31, 2006

Comenta un libro de Eduardo Posada Carbó y concluye que el país que piensa el autor no es suficiente para dar respuesta a los problemas de democracia y derechos humanos a los cuales nos enfrentamos.


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La nación soñada, de Eduardo Posada Carbó, es un libro vehemente, franco y bien escrito. En él se enjuicia a los intelectuales críticos colombianos por haber desconocido los valores esenciales de nuestro sistema político, por haber exagerado la importancia de la violencia en la historia nacional y por haber menospreciado nuestra cultura democrática.

“Sobre las ruedas de ese clima intelectual deslegitimador -dice Posada Carbó- se abrió camino la tragedia contemporánea”.

Es difícil saber con precisión quiénes son los intelectuales acusados. Yo diferenciaría cuatro tipos.

Primero, aquellos que, fundados en el marxismo-leninismo, han justificado la violencia como parte de la acción política. En este caso, suscribo plenamente los reproches que hace Posada Carbó.

Segundo, quienes rechazan la violencia como forma de lucha política pero descreen de la democracia liberal y luchan por una verdadera revolución democrática. Puedo estar de acuerdo con Posada Carbó en que estos intelectuales suelen promover ese idealismo maximalista y paralizante que heredamos de la Revolución Francesa.

Tercero, aquellos que rechazan la violencia pero no creen que la crisis de este país tenga remedio. Estos hacen gala de una cierta irresponsabilidad cínica que puede resultar irritante. En eso me identifico con Posada Carbó. Sin embargo, tanto este intelectual como el anterior son importantes en una democracia y en todo caso yo no me atrevería a endilgarles parte de la responsabilidad en la crisis actual.

Por último, están quienes critican el poder político pero defienden la democracia y el derecho. Estos cumplen una labor no sólo legítima sino indispensable.

El libro de Posada Carbó no diferencia entre ellos. A veces parece como si todos hicieran parte del primer grupo. Por atacar a quienes ejercen el poder son vistos como si atacaran las instituciones.

Creo que eso se debe a que este es un libro que milita en favor de quienes han tenido en sus manos las riendas del país. Si no lo han hecho mejor -parece decir- es porque los intelectuales críticos se lo han impedido. No creo que esos críticos -que siempre han sido marginales en la política- tengan que asumir semejante responsabilidad. Menos aún que las élites políticas puedan, de esa manera, liberarse de la culpa que les corresponde.

Pero lo que más me inquieta de La nación soñada es la exaltación de ese liberalismo partidista, formal y electorero que siempre han defendido los espíritus más conservadores del país. En Colombia hemos tenido más elecciones que democracia, más clientelas que gobernantes y más partidos que Estado. Las elecciones son un elemento ineludible de la democracia liberal. Pero no son el único.
Se requiere algo más: un Estado que defienda la libertad de oportunidades, el interés general y la participación democrática.

El liberalismo es una palabra comodín que en Colombia se usa sin reparar en su significado. Aquí se importan ideas liberales de manera fácil e irresponsable. No es lo mismo, por ejemplo, defender la democracia simplemente electoral -o schumpeteriana- en Inglaterra, con un Estado fuerte y soberano, que en Colombia, con un Estado capturado por las camarillas políticas.

Por último, estoy de acuerdo en que las ideas liberales han tenido enemigos intelectuales por doquier, y que muchos de ellos han militado en la izquierda más radical. Sin embargo, no sólo de allí han venido los enemigos -como sugiere Posada Carbó-, también han venido de una extrema derecha solapada y sin intelectuales que de tanto en tanto bloquea las salidas democráticas o extermina a sus opositores.

Los intelectuales críticos sueñan con un país distinto del que ya existe. Por eso, les queda difícil aceptar la invitación que hace Posada Carbo de soñar con el que ya tenemos.

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