Este jueves 17 de octubre el mundo habla del #SpiritDay, una campaña para prevenir el acoso escolar y el suicidio en la población LGBT. La ilustradora Elizabeth Builes retrata en esta imagen la historia de Daniel, un joven trans que ha tenido que sufrir todo tipo de discriminación en su colegio. | Elizabeth Builes (@mira.pal.cielo)

#SpiritDay: 365 días para que ningún joven LGBT sufra acoso escolar

El tercer jueves de octubre el mundo se mueve para prevenir el bullying contra personas LGBT en los colegios. Desde Dejusticia, Sentiido y Colombia Diversa les proponen a docentes y a familias lo que pueden hacer para prevenir esta problemática.

Por: Mariana Escobar Roldánoctubre 16, 2019

Entre 581 estudiantes LGBT de Colombia a los que encuestaron Colombia Diversa y Sentiido entre 2015 y 2016, el 67 % expresó haberse sentido inseguro en su colegio por su orientación sexual. Esto los llevó a evitar lugares como los baños (el 36,3 %), la clase de educación física (23,2 %) y los vestuarios (17,1 %), e incluso a faltar a clases al menos una vez (21,5 %). A su vez, casi tres de cada cuatro (70.2 %) fueron víctimas de acoso verbal en su colegio, y el 15, 2 % recibieron agresiones físicas por la misma razón.

En el informe que resultó de estos datos, llamado ‘Mi Voz Cuenta: Encuesta de Clima Escolar LGBT en Colombia’, hay registro de varias investigaciones en las que se revela que las/los “estudiantes sometidos a bullying homofóbico piensan con mayor frecuencia en dañarse a sí mismos y tienen mayor probabilidad de suicidarse, respecto de la totalidad de la población juvenil”.

Cada vez es más claro que el bullying homofóbico, un tipo específico de violencia escolar[1], puede afectar la salud física, mental y psicológica de los jóvenes, generándoles sentimientos de culpa, odio y desprecio hacia sí mismos que pueden llegar hasta el suicidio.

A continuación relatamos la historia de un adolescente trans [2]de Sabaneta (Antioquia), que hoy vive, como un baldado de agua fría, toda la violencia y discriminación escolar por parte de su colegio y sus profesores. Por suerte existen familias que apoyan y promueven la diversidad, como la suya, psicorientadorores escolares que conocen el riesgo de la discriminación y abogadas dispuestas a hacer valer los derechos de las personas LGBT. Todos ellos nos dan pistas sobre cómo enfrentar el bullying y el riesgo de suicidio.

Una madre

Daniel —llamémoslo Daniel, porque sus padres prefieren que el caso aún no sea público— comenzó su tránsito de femenino a masculino a los 15 años, en silencio. En 2016, cuando cumplió esa edad, se cortó el pelo y pidió el dinero de la fiesta que sus padres habían imaginado para comprar el atuendo que él quería: camiseta negra, camisa a cuadros y tenis.

Desde antes de su transición se caracterizó por ser introvertido, pero llegando a los 16 decidió encerrarse en su habitación, comía poco, no quería interactuar y dejó de ir al colegio, una institución pública en el municipio de Sabaneta, Antioquia. Sus padres —que reconocen no haber estado listos para lo que venía — lo llevaron a una psicóloga que les anunció lo que atormetaba a su hijo: “Le gustan las niñas y siente que está en el cuerpo equivocado, siente que es un niño”.

La reacción de la madre fue creer que la psicóloga le estaba patrocinando cosas a su hijo que ni él mismo quería, que lo estaba conduciendo hacia un proceso extremo. De hecho, le prohibió volver a ese consultorio. Entonces, el encierro, la tristeza y el ayuno de Daniel se acentuaron.

Sus padres decidieron llevarlo a un psiquiatra del Hospital Mental de Antioquia, que luego de hablar 45 minutos con Daniel les dijo que al joven había que hospitalizarlo por lo menos 15 días, que estaba a punto de cometer un suicidio.

“Con todo el dolor de mi alma lo dejé en el hospital. Mi hijo lo aceptó bien, sabía que era lo que necesitaba, sabía que estaba en riesgo si no recibía ayuda. Mientras tanto, mi esposo y yo fuimos procesando todo. El psiquiatra se sentó con nosotros y nos explicó que nuestro hijo era un niño que estaba en el cuerpo equivocado, y que si queríamos aliviar su sufrimiento debíamos apoyarlo en su tránsito”, cuenta la madre, para quien el amor infinito por Daniel le borró cualquier prejuicio que tenía antes, y la llevó hacia un pleno apoyo por la felicidad de su hijo.

El joven salió distinto del hospital: se le veía alegre, cambió por completo el clóset, aprendió a tocar ukelele, a componer canciones y quería entrar a una banda a interpretar la trompeta. En casa, el cambio fue bien recibido: ni sus dos hermanos ni sus padres volvieron a repetir el nombre que ya no le correspondía, y se armaron de todo el amor que le tenían para apoyarlo en cada decisión.

A comienzos de 2019, madre y padre fueron al colegio a informar que Daniel ya no volvería con el uniforme de niña y solicitaron que modificaran su antiguo nombre de las listas. Entonces comenzó una batalla para que la instituciónública respetara la decisión de este estudiante.

Aunque sus compañeros de clase acogieron su nuevo nombre, los profesores siguieron llamándolo como mujer. Daniel insistió en que lo llamaran como se identificaba, y de hecho le escribió una carta a la rectora del colegio en la que mencionaba todas las leyes y decisiones de la Corte Constitucional que protegían su derecho a ser identificado con el nombre de su elección. Sin embargo, la rectora le respondió que no podía modificar los listados, que si le llevaban la escritura pública donde figuraba el cambio, lo hacía.

Los padres hicieron caso, y a los 15 días llevaron el documento. Sin embargo, los docentes lo siguieron llamando como mujer. Lo último que ocurrió fue el 17 de septiembre pasado. Durante la clase de química, Daniel se puso de pie varias veces para ayudar a unos compañeros con algo que no entendían, entonces el profesor, frente a toda la clase, dijo: “¿Qué le pasa a esa niña?, ¿por qué no se sienta?, ¡díganle a esa niña que se siente!”. Los compañeros respondieron: “Profesor, no es una niña, es un niño y se llama Daniel”, pero él insistía.

El 18 de septiembre, Daniel no quiso volver al colegio, y le mandó un mensaje a su mamá diciéndole que lo disculpara por no haberse despedido ese día, pero que estaba cansado y no quería luchar más en el colegio. En la tarde se tomó 20 pastillas para la migraña y, según los médicos, si hubieran sido cinco más, Daniel no estaría con nosotros, porque los fármacos le habrían destrozado el hígado y los riñones por completo.

Según le contaron los compañeros de clase a Daniel, los chicos que escucharon las palabras del profesor de química fueron citados por el colegio. En un tono intimidante, les preguntaron que si en efecto lo que el joven decía había sucedido, y les pidieron que no le fuerana contar a Daniel de esa reunión. Por temor a perder la materia, ninguno fue capaz de contar la verdad.

Cuando el joven salió de la clínica, sus padres de inmediato fueron al consultorio jurídico de la Universidad Eafit, que tiene un grupo dedicado a temas de diversidad sexual. Dos abogadas de este grupo ya se reunieron con los directivos del colegio de Daniel, quienes incluso frente a ellas continuaban llamándolo por el nombre con el que no se identifica. Las abogadas dejaron un derecho de petición que deberán responder antes del 21 de octubre, con el ánimo de indagar cuál ha sido la respuesta de la institución a la decisión de Daniel y qué planes de acción hanimplementado para promover el respeto por la diversidad sexual y de género.

Por lo pronto el joven le dice a su madre que prefiere morir antes que volver al colegio para terminar el grado 11 e ir a la Universidad de Antioquia, donde quiere formarse como abogado.

La madre le responde: “Fue un acto de valentía contarnos a tu familia y a tu colegio lo que por años te atormentaba. Vas a inspirar a muchos jóvenes que están reprimidos, sufriendo solos, porque no han podido expresar lo que son. Tenemos que sentar un precedente en el colegio, en nuestro rol social de defender tus derechos y de que respeten tu decisión. No desfallezcas, no te vayas, luchemos juntos. Si dejamos las cosas como están, tu colegio va a volver nada a otros niños, podemos luchar para que no siga pasando. Cuando el camino es más curvo es cuando más arrastramos gente para ayudar a otros. Tus compañeros y nosotros estamos viendo en ti un reflejo. No te vayas”.

Una psicorientadora escolar

Cuando un joven LGBT no es aceptado en su familia o en el colegio, el peso emocional del rechazo puede ser alto, e incluso llevar a ideaciones suicidas y a perpetrar esas ideas. Paola Taborda es psicorientadora escolar en el municipio de Itagüí, Antioquia, muy cerca de Sabaneta, donde estudia Daniel. En la Institución Diego Echavarría Misas, donde trabaja, se ha tomado muy enserio el acompañamiento a estudiantes que tienen una identidad y orientación sexual diversa, y que viven hostigamientos en casa o en las aulas.

Según cuenta, estos casos pueden ser detectados por padres, profesores y compañeros: “Cuando la parte académica de estos chicos tiene cambios repentinos y empiezan a presentar bajo rendimiento o deserción escolar es muy posible que sea por maltrato y agresiones por su orientación sexual. También suele ocurrir que sus relaciones se ven afectadas, y terminan en aislamiento, porque prefieren no compartir mucho para no recibir agresiones, o que jóvenes que no solían ser conflictivos comienzan a responder con confrontaciones en el aula”.

Ahora bien, detectar la ideación suicida puede ser más complicado. En esos casos, padres y profesores podrían acudir a las personas con las que el joven tiene vínculos de confianza, porque es a ellas a quienes suelen contarles sobre esos pensamientos. “Es como un grito de auxilio. Por eso, si el amigo o el profesor de confianza se dan cuenta o ven autoagresiones en su compañero, deben reportar cuando antes al psicorientador escolar”, añade.

Una vez la información sobre abusos y maltrato está en manos de profesionales como Paola, la Ley 1620 de 2013 (la Ley de Convivencia Escolar) obliga a todos los colegios (públicos y privados) a seguir un protocolo para detectar y atender casos de violencia escolar: los casos tipo uno equivalen a una agresión hostil que no genera lesiones al cuerpo; los casos tipo dos corresponden a bullying, cuando el acoso físico o psicológico se vuelve repetitivo, y los casos tipo tres equivalen a abusos y maltratos que causan lesiones físicas que generan incapacidad médica.

En cada caso, explica Taborda, el comité de convivencia de la institución debe atender con un proceso de mediación entre ambas partes, determinar qué tanta es la afectación y remitir a la víctima y al agresor a psicología, o a psicología y psiquiatría, y realizar intervenciones grupales si la agresión ocurrió en las aulas de clase. “Se debe procurar siempre que sea un proceso integral, que indague en ambas partes y que evite que los espectadores repliquen las conductas que ven”, detalla.

De todas formas, la Ley 1620 estipula dos rutas de atención que deben activar los colegios: la de salud (con psicología y psiquiatría) y la de protección (en caso de que no pueda resolverse el caso en el comité de convivencia), que incluye la intervención de la Comisaría de Familia, Bienestar Familiar, Fiscalía y Personería.

A su vez, la institución educativa está obligada a realizar acciones de prevención y promoción contra el bullying escolar y para promover el respeto por la diversidad sexual (que todos los documentos rectores de la institución lo incluyan). “Actuar solo para atender las situaciones es como apagar incendios. La idea de un colegio siempre debe ser evitar que aparezcan estas situaciones, hacer que la comunidad educativa esté tan educada con el respeto por las diferencias, que los hostigamientos nunca aparezcan”, continúa Taborda, y pone el ejemplo de la alianza que varias instituciones de Itagüí adoptaron con la organización FAUDS (Familiares y Amigos Unidos por la Diversidad Sexual y de Género) para que ésta impartiera talleres a padres y madres de familia, directivos de las instituciones educativas y docentes sobre el tema, e incluso acompañamiento familiar cuando un estudiante tenga dificultades sobre identidad de género en su entorno.

Cuando un colegio incumple con todo lo anterior, concluye la psicorientadora, los padres de familia están en su derecho de demandar a la institución, cuyos directivos podrían recibir sanciones con dinero y privación de la libertad si incumplen con lo estipulado en la Ley 1620.

Hasta donde sabe la familia de Daniel, nada de lo que Taborda plantea lo ha hecho el colegio público de Sabaneta para proteger a su estudiante.

Una abogada

Manuela Gómez es estudiante de último año de derecho en la Universidad Eafit, e integrantedel Grupo de Sexualidad Diversa (GSDE) que tiene el consultorio jurídico de esa institución. Junto a Adriana Posso, directora del consultorio, y otra compañera llevan el caso de Daniel.

El pasado 4 de octubre se reunieron con los directivos del colegio y les preguntaron, mediante derecho de petición, qué han hecho para proteger a este estudiante. Aún no hay respuesta, pero Manuela insistió durante el encuentro en que la institución ha tratado de obstaculizar el derecho de autodeterminación sexual y de género de Daniel, desconociendo varias sentencias que ha fallado la Corte Constitucional al respecto, y que a todas luces están por encima de manuales de convivencia u otros documentos internos de un colegio.

Manuela quiere creer que las fallas de la rectora y de los profesores, que incluso lo han llamado “esa niñita de dios”, se basan en el desconocimiento. Por eso espera que el colegio pueda conciliar con la familia de Daniel, que acepten su oferta de formación en estos temas y que repliquen casos exitosos de otros colegios, como el Marymount de Medellín, que ante una decisión similar que afrontó el estudiante Emilio Patiño, tomó medidas, como el diseño de un uniforme masculino en un colegio que solía ser femenino, educación sobre temas de diversidad sexual y de género para las compañeras del curso y habilitó un baño para estudiantes de género masculino.

“Da tristeza que un chico con tanto por aportar parala sociedad, con tantos sueños, piense en el suicidio por culpa de comentarios de personas que, por desconocimiento, le hacen tanto daño. Podemos y debemos crear ambientes favorables para la diversidad, que nos permitan a las personas LGBT empoderarnos”, añade.

Los entornos de Manuela son ejemplo de ello. Aunque a su padre le costó tres meses aceptar la orientación sexual de su hija, desde entonces su familia la ha rodeado con amor en todas sus decisiones: casarse con una mujer hace seis años, tener un hijo juntas y bautizarlo por la iglesia católica este año.

La aceptación de quienes rodean a Manuela, a su esposa Luisa y a Matías, su hijo de 20 meses, les ha servido para empoderarse y evitar que las afecten los comentarios de afuera. La educación del niño se ha basado en la diferencia y en estar libresde estereotipos: “nunca le hemos dicho que hay colores para niños o para niñas, o que él no puede subirse al carro rosado. Queremos que crezca como quiera ser. No creo que a esta altura Mati crea que hay un estándar de vida”.

De hecho, aunque la pareja tuvo miedo por no saber cómo explicarle al niño que tenía dos mamás, se dieron cuenta de que cuando se está libre de prejuicios, eso no hace falta. De un momento a otro, Matías empezó a llamarlas “mami” y “mamita”, mientras en su guardería le explican a los compañeros de parejas heterosexuales que existen familias diversas, y que Matías es un afortunado de tener dos mamás.

“Lo lindo de la vida es poder aprender de la diferencia. Sería muy aburrido si todos fuéramos iguales. Por eso, a los padres y a los profesores les digo que tenemos que educar desde el respeto por la diferencia, para que en un futuro nuestros hijos y estudiantes vean sin miedo ni violencia la diversidad”.

La historia de Daniel continúa. La madre de Daniel y el Grupo de Sexualidad Diversa no desfallecerán hasta que el colegio y sus docentes respeten los derechos de Daniel so pena de ser sancionados por el Ministerio de Educación.

A pesar de que existe una ley que tiene rutas para evitar este tipo de hostigamiento escolar, encontramos que los colegios siguen siendo lugares inseguros para los niños, niñas y adolescente LGBT. Una escuela que se pronuncie ante el bullying y tome medidas al respecto, no solamente disminuye el número de suicidios y afectaciones a la salud física y mental de sus estudiantes, sino que también aumenta la seguridad de su entorno y le abre las puertas a una sociedad más incluyente que respeta la diferencia y la diversidad.

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