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Tontería y dogma

Mauricio García Villegas
diciembre 23, 2011

Publicado en: El Espectador

En la pila de libros que no puedo leer por falta de tiempo y que voy edificando durante todo el año con la esperanza de poderla desmontar en vacaciones, me encuentro con un Diccionario de la tontería (Dictionnaire de la bêtise), escrito por Guy Bechtel y Jean-Claude Carrière (1991). A través de más de 6 mil citas, este libro da una buena imagen del pensamiento errado, disparatado, o de aquel que simplemente ha sido derrotado a lo largo de la historia.

 

Muchas de las citas se originan en errores fácticos que llevan a sostener cosas tales como que los aviones nunca podrán levantar el vuelo o que el sida se originó en la cópula de un hombre con un mico. Otras citas contienen afirmaciones absurdas, como esta de René Pujol: “Nada es irreparable, ni siquiera la muerte” (1931).

Abundan las referencias que exaltan dioses, profetas y revolucionarios. De Quélen, por ejemplo, no duda en afirmar que “Jesucristo no sólo era hijo de Dios sino que, por el lado de su madre, también descendía de muy buena familia” (1830). Laffont, por su parte, se queda impávido cuando afirma lo siguiente: “Stalin mató a algunos, es cierto, pero mueren muchos más en los accidentes de tránsito” (1986).

Las justificaciones ligeras de la violencia no faltan. Una de ellas se atribuye a Von Bernhardi, quien dice esto: “Es una cuestión de humanidad hacer la guerra atroz para que ésta termine más rápido” (1914). El dictador salvadoreño Maximiliano Hernández, por su parte, sostenía esta perla: “Es un crimen más grave matar una hormiga que matar a un hombre, debido a que el hombre, luego de su muerte, se reencarna, mientras que la hormiga muere para siempre” (1959).

Pero las citas que más abundan son las que hablan de sexo, tema en el cual confluyen y se acumulan todos los prejuicios (racistas, clasistas, religiosos, etc.). Así, en 1909, Joseph Richardson decía lo siguiente: “Si una mujer tiene un espíritu desarrollado y ha sido bien educada, su deseo sexual es débil. Si no fuera así, el mundo entero sería un prostíbulo”. O esta otra de un médico llamado George Mathé, quien defendía esta hipótesis paralizante: “Las mujeres vigilantes deben escoger entre una actividad sexual precoz y frecuente, la cual favorece el cáncer de útero, y la abstinencia, la cual favorece el cáncer de seno” (1977). Pero la que más me gusta es ésta, de Aldo Brandiralli, secretario del Partido Comunista italiano: “Sin la conciencia de clase, el acto sexual no produce ninguna satisfacción, incluso si se repite indefinidamente” (1989).

Casi todas las citas de este libro (tan escandaloso como divertido) tienen una causa común: el dogmatismo. A partir de creencias metafísicas los autores quieren explicar todo lo que pasa en el mundo, desde el comportamiento de las moscas hasta la rotación de los planetas. Adaptan la realidad a sus prejuicios en lugar de hacer lo contrario (Ferdinand Brunetière, por ejemplo, afirmaba que la teoría de la evolución debía ser falsa porque era peligrosa).

Este libro habla menos de la tontería que de la arrogancia humana. Sus protagonistas nunca dudan, siempre tienen una explicación para todo. Por eso su lenguaje es contundente y asertivo. El color azul del cielo es para ellos una evidencia tan irrebatible como la existencia de Dios, las palabras del profeta o la maldad de los disidentes.

Cuando este diccionario se actualice, debería incluir una cita de monseñor Juan Vicente Córdoba, nuestro secretario de la Conferencia Episcopal, quien hace poco sostuvo que, así como un diabético no debería vivir en una dulcería, un gay no debería adoptar niños, sino niñas, para no caer en la tentación.

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