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Un fiscal ingrato

César Rodríguez Garavito
mayo 6, 2016

Publicado en: El Espectador

Una cosa tienen en común los tres candidatos a fiscal: el agradecimiento con el Gobierno al que pertenecían y que los postuló al cargo. La gratitud es usualmente una virtud. Como lo dijo el teólogo Meister Eckhart, “si la única oración que pronuncias en tu vida es «gracias», será suficiente.”

 

Pero en algunas circunstancias, la gratitud es vicio y la ingratitud, virtud. Como ha escrito el colega Rodrigo Uprimny, los deberes básicos de los jueces y funcionarios judiciales son la independencia y la imparcialidad. Lo cual implica que, una vez elegidos, deben tomar distancia de todas las partes, incluso —y sobre todo— de aquellos con quienes tienen deudas de gratitud: sus nominadores y electores, sus antiguos clientes, sus allegados políticos, sus colegas, sus patrocinadores. Si la política es el arte de no quedar mal con nadie, la justicia es para quienes estén dispuestos a quedar mal aún con los amigos.

La ingratitud ha de extenderse al futuro. Consiste no sólo en no devolver favores, sino también en no hacerlos a fin de ganar aliados para la carrera posterior al cargo. Concuerdo con María Lorena Gutiérrez, quien prefirió renunciar al Ministerio de la Presidencia antes que politizar la Fiscalía: “el nuevo fiscal no debe tener agenda, ni militancia política ni otros intereses distintos a hacerles frente a (los) desafíos” de la institución, que no son pocos.

Les corresponde a Mónica Cifuentes, Néstor Humberto Martínez y Yesid Reyes mostrar ante la Corte Suprema que serían imparciales e independientes en el cargo. Para eso tendrán las audiencias y las entrevistas del trámite que propuso la Corte para elegir.

Hay que confiar en el proceso de la Corte. Pero es inevitable pensar que las trayectorias de los candidatos ya dicen mucho. Y no puedo dejar de coincidir con lo que dijo entre líneas María Lorena Gutiérrez, porque está documentado: entre las virtudes de Néstor Humberto Martínez no está la saludable ingratitud. Por el contrario, su destacada carrera ha transcurrido por una constante puerta giratoria entre el sector público y el privado que, además de acumular conflictos de intereses, funciona gracias al motor del agradecimiento: con los amigos de la vuelta anterior de la puerta, y los que serán precisos en el siguiente giro. Su capacidad de conciliar y no quedar mal con nadie sería muy valiosa en otros cargos, como la dirección de un partido o un gremio. Pero es un lastre para un fiscal.

El varias veces ministro podría prometer que cortará esos lazos si llega a la Fiscalía. El problema es que no ha cumplido promesas similares en circunstancias parecidas. Cuando fue nombrado superministro y recibió críticas por mantener su oficina de abogados, anunció que la cerraría. Un año más tarde, nos enteramos de que renunciaba al cargo para volver a su oficina, que no había dejando de funcionar. Ojalá me equivoque, pero es muy difícil volver a creerle.

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