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Un futuro incierto

Mauricio García Villegas
mayo 30, 2006

Publicado en: Semana

Esperemos que la coyuntura internacional sea favorable, que las mafias reciban el peso de la justicia y que los organismos de control se preocupen más por hacer cumplir la Constitución que por favorecer a Uribe. Pero quizás eso sea pedirle demasiado.

 

El segundo gobierno del presidente Uribe pinta tan bien como pintaba el primero hace cuatro años. Sin embargo, me temo que los logros serán tan frágiles como los conseguidos cuatro años después. Digo que lo conseguido es frágil porque se trata de logros que en buena parte fueron prestados y que por tener ese carácter pueden sucumbir en cualquier momento. Me explico.

Uribe tiene dos hechos principales para mostrar. El progreso de las cifras macroeconómicas y el mejoramiento de las condiciones de seguridad. En el primer caso se sabe que el gobierno se benefició de una coyuntura internacional muy favorable y que evaluado su desempeño dentro de esa coyuntura, y frente a los demás países de la región, su calificación es mediocre. Sin embargo, la opinión pública le atribuye al Presidente, y sólo a él, todo el buen curso de la economía. Eso es normal. A falta de símbolos de unidad nacional los colombianos sobreestimamos la labor que pueden cumplir los presidentes y sobre todo la labor que pueden cumplir en asuntos económicos. Sin embargo, lo cierto es que en una coyuntura favorable un presidente mediocre puede hacer mucho más que un presidente brillante al que le toca una coyuntura mala.

Hay que reconocer, sin embargo, que la sobreestimación de la capacidad presidencial, en este caso de bonanza, tiene efectos positivos: pudo haber producido confianza y la confianza pudo haber traído resultados económicos favorables, los cuales a su turno pudieron haber producido más confianza. Lo que digo es que estos progresos, por estar ligados en buena parte a una coyuntura económica internacional favorable, son pasajeros y por eso son frágiles. Por ahora las condiciones de la economía mundial parecen estables. Sin embargo, es difícil asegurar que dicha estabilidad se prolongará más allá de uno o dos años.

Los logros en materia de seguridad son también inciertos. Todo parece indicar que la disminución de la criminalidad en Colombia está en parte asociada al papel pacificador que han cumplido los paramilitares desmovilizados que operan como mafias en buena parte del país. El pacto entre los paramilitares y el Estado es en principio bueno porque trae paz, orden y ello se refleja en la reducción de los índices de criminalidad. Sin embargo, conlleva una pérdida de la soberanía estatal que puede ser muy peligrosa a mediano y a largo plazo. El gobierno, sus asesores y sus defensores confían en que el ingreso de los paras a la legalidad ? así sea relativo ? los irá acomodando al sistema legal y los irá amoldando a la vida civil y democrática. Es posible y esperemos que así suceda. Pero también es posible que suceda lo contrario, esto es, que quien termine acomodándose sea el Estado y que las mafias, sobre todo en las regiones, se queden con el poder real.

Finalmente un comentario sobre el ambiente político. El Presidente cuenta con mayorías amplias, lo cual le da una gobernabilidad que en Colombia es tan escasa como útil. Sin embargo, una vez más lo bueno puede convertirse en malo. Con esas enormes mayorías el gobierno podrá cooptar a casi todos los órganos de control a través de nombramientos que tendrán lugar en los próximos años. Por eso existe el riesgo de que la gobernabilidad adquiera un carácter autoritario.

Esperemos que la coyuntura internacional sea favorable, que las mafias reciban el peso de la justicia y que los organismos de control se preocupen más por hacer cumplir la constitución que por favorecer a Uribe. Pero quizás eso sea pedirle demasiado.

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