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Un mundo con hambre

Paola Molano Ayala
enero 29, 2016

Publicado en: Semana.com

El problema del hambre en el mundo no es por escasez de comida, sino por desigualdad en el acceso a los alimentos.

 

En 2005 el fotógrafo Peter Menzel y el escritor Faith D’Alusio publicaron un libro llamado “Hungry Planet: What the World eats” (algo así como Planeta con hambre: lo que el mundo come). El libro es un foto-ensayo y muestra qué comen las familias en 24 países y cuánto cuesta a la semana su dieta.

La primera impresión es una obviedad: hay profundas desigualdades entre países. Por ejemplo, una familia de 6 personas en Sudán se alimenta semanalmente con 1.23 dólares, mientras que una familia de 4 personas en Alemania se alimenta semanalmente con una dieta de 500 dólares. Claro, esto no tiene en cuenta el costo de vida, pero las fotos son muy dicientes: la familia de Sudán se alimenta de algunos granos, lo que parecen frutos secos y un galón de agua; por su parte, la familia alemana sirve en su mesa variedades de carnes, panes, comida precocida, cerveza, botellas de agua, leguminosas, frutas, bebidas en cajas; y otras cosas más. Detrás de esto hay más que el costo de vida; es una muestra concreta de la injusticia en un mundo donde se produce más alimento del que se necesita, pero muchos no pueden acceder a él.

Es una verdad sabida que sin una dieta adecuada en los primeros años de vida no hay un buen desarrollo del cerebro y de las habilidades cognitivas y, además, a lo largo de la vida, permite una plena funcionalidad del cuerpo. No por nada se ha reconocido a la alimentación adecuada como un derecho humano, que se materializa en la protección contra del hambre y la malnutrición. El Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de la ONU ha señalado que de este derecho depende el goce efectivo de otros y que es una muestra clara de la presencia o ausencia de justicia social. Este último punto es inquietante, pues el Comité precisa que el hambre y la malnutrición no se da por escasez de alimentos si no por falta de acceso a los alimentos disponibles, principalmente a causa de la pobreza; se produce comida para alimentar a 12000 millones de personas, en un planeta de 7000 millones, y se desperdicia entre el 30 y 50% de la comida.

De acuerdo a información del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas (PMA), aproximadamente 1 de cada 9 personas en el mundo tiene malnutrición (795 millones); la mayoría de esas personas viven en países en desarrollo, donde el 13.5% de la población sufre de malnutrición; y, como si fuera poco, esta es la causa de casi la mitad (45%) de las muertes anuales de niños y niñas menores de cinco años en el mundo (3.1 millones de muertes). Pero además, como muchos de los problemas del planeta, tiene una dimensión de género que es preocupante. Las mujeres son de las poblaciones más afectadas por la mala alimentación y el PMA señala que si tuvieran el mismo acceso a los recursos que los hombres, el número de personas con hambre en el mundo podría reducirse hasta en 150 millones.

Aún más triste es que nosotros tengamos nuestra propia cuota en el drama del hambre en el mundo. En Colombia se desperdicia más de 1 millón de toneladas de comida por año, mientras que 5,5 millones de Colombianos sufren de hambre, según un informe de la FAO; al igual que en el resto del mundo, las personas más afectadas son los niños, niñas y las mujeres: un ejemplo dramático es la hambruna que padecen desde 2010, ante la vista y la inacción de todos, el pueblo indígena Wayúu, donde han muerto cientos de niños. Paradójicamente, Colombia quiere entrar a la OCDE cuya “misión es promover políticas que mejoren el bienestar económico y social de las personas alrededor del mundo”, pero al tiempo no es capaz de garantizar alimentos de calidad a su población, donde, de acuerdo al Instituto Nacional de Salud, cada 33 horas muere un niño de hambre.

Los Estados tienen el deber de garantizar el derecho a acceder a una alimentación adecuada. Por eso el Gobierno nacional no puede hacerse el de la vista gorda, ha suscrito compromisos internacionales que dan lugar a responsabilidades que no puede desconocer; alimentos sí hay, lo que debe hacer es garantizar los mecanismos adecuados para que quienes los necesitan puedan acceder a ellos. Es inaceptable que se desperdicien toneladas de comida y que algunos se den banquetes semanales de 500 dólares, mientras otros viven con lo más escaso y, en el peor de los casos, cientos mueren de hambre y sed.

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