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¿Un ultimátum a las Farc?

Nelson Camilo Sánchez León
julio 11, 2015

Publicado en: El Espectador

La semana pasada, el semanario británico The Economist se pronunció sobre el proceso de paz en Colombia. En un editorial denominado “Time to call the Farc’ s bluff” (algo así como: “Es hora de subir la apuesta y hacer que las Farc muestren sus cartas”), la revista reconoce los avances del proceso, pero se preocupa por el crítico momento en el que éste se encuentra dados los recientes hechos de violencia y la falta de acuerdos concretos en el tema de justicia transicional.

 

Según el editorial, el presidente Santos tiene dos opciones: 1) creerles a las Farc la historia de que son “los rebeldes de un Estado opresor” y por tanto no deben ser sujetos a castigo alguno; o 2) darles un ultimátum: o se someten a la justicia propuesta por el Gobierno, o nos devolvemos a una guerra en donde los perjudicados son ellos pues “tarde o temprano allí morirán”.

Entiendo el llamado a buscar medidas audaces para evitar que la negociación languidezca y fracase. Considero, sin embargo, que la propuesta de la revista es insensible a las implicaciones éticas y políticas de lo que pretende.

Llegar al cese del conflicto armado por la vía negociada es mejor que hacerlo por la vía militar. Como lo ha expuesto el profesor Iván Orozco, existen varias razones para sustentar esta conclusión. Primero, no es cierto que la victoria militar esté cerca y que los únicos que corren peligro de morir son los guerrilleros. Una salida negociada hoy nos ahorraría una degradación inminente del conflicto, lo cual salvaría muchas vidas.

Segundo, mientras una “justicia de vencedores” nos dejaría con la narrativa de un Estado vencedor impoluto y sus enemigos vencidos como los únicos causantes del daño, una negociación permitiría una visión más equitativa de responsabilidades en donde se reconozca (sin quitarle responsabilidad a las guerrillas) que más partes han estado involucradas en las atrocidades del conflicto. No se trata de sacarles responsabilidades a las Farc, sino de incluirlas todas.

Tercero, una victoria militar nos llevaría a la construcción de memorias hegemónicas y heroicas como las que se generaron de las guerras del siglo XIX, mientras que la salida negociada permitiría la construcción de memorias más plurales y evitaría que memorias humilladas perduren subterráneamente como semilla de disensión y amenaza de la paz. Sería una paz más duradera.

Además, la propuesta confunde una justicia transicional de la negociación con una del sometimiento y la humillación. Desconoce que la negociación busca enfrentar las responsabilidades de todas las partes del conflicto, no solo la de las guerrillas. Y que pretender que la negociación se convierta en el sometimiento de una de las partes nos llevaría inevitablemente a la imposibilidad de seguir discutiendo.

La clave está en hacer ver las ventajas de terminar el conflicto por esta vía. En crear formas de consenso que den paso a fórmulas efectivas de justicia. Una de ellas podría ser reconocer la legitimidad de los propósitos de los guerreros (la idea del honor revolucionario por el lado de las guerrillas, y del honor militar y defensa del orden constitucional de los agentes de Estado), pero condenar los medios usados (las violaciones graves a derechos humanos).

Al reconocer la legitimidad de su causa, la sociedad puede demostrarles a las partes que la justicia no es una enredadera jurídica contra la guerrilla, ni una guerra jurídica contra los militares. No es una justicia de la humillación. Es un acto simbólico de reconstrucción de humanidad basado en el principio de que hasta el motivo más loable no puede justificar la deshumanización de los medios.

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