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Una escuela sin muros de intolerancia

Ana María Ramírez
enero 4, 2017

Publicado en: Vice

Estos nuevos tiempos nos exigen realmente escuchar a los otros radicalmente diferentes e intentar entender sus razones, sus creencias y sus historias de vida

 

Luz Mercedes es colombo-venezolana y maestra de tercer grado en una escuela pública del estado de Texas. Es profesora bilingüe y trabaja con población 100% hispana: hijos de inmigrantes en su mayoría indocumentados. Una de las funciones de Luz Mercedes es apoyar a estos niños, cuya lengua materna es el español, en su tránsito al inglés.

Luz Mercedes explica que aunque la mayoría de los niños son ciudadanos norteamericanos, están permanentemente expuestos a ser deportados por la situación de sus padres indocumentados.

Quise hablar con ella para preguntarle qué pasó en su escuela luego de la elección del presidente republicano Donald Trump. Me contó que al otro día de las elecciones presidenciales “todos estábamos devastados”. Afirma que personalmente le costaba mucho descifrar cómo les explicaría a sus niños la más reciente coyuntura ya que los días previos a la elección se sintió un fuerte ambiente de ansiedad. Cuenta que el 10 de noviembre fue un día muy difícil y que la primera reacción de sus estudiantes fue ponerse a llorar. Lloraban imaginándose que las duras e insólitas promesas de campaña de Trump, en contra de los latinos inmigrantes, se hicieran realidad; lloraban pensando en la posibilidad de ver a sus familias separadas.

Según Luz Mercedes, la mejor manera que encontró para aliviar la tristeza y canalizar esos sentimientos de frustración fue a través de la escritura. Les pidió a sus niños que escribieran acerca de lo que estaban sintiendo. La carta que más impresionó a Luz Mercedes fue la de una niña de ocho años que escribió: “a pesar de la tristeza, lo que importa ahora es vivir el presente y pensar en el futuro”. La maestra destaca esta carta como un gesto de resiliencia en medio de la confusión y la incertidumbre.

La carta en cuestión / Cortesía de Luz Mercedes

¿Cómo incluir la diversidad en contextos de alta polarización y exclusión?

El caso de esta escuela en Texas es un llamado a la tolerancia, luego  de la campaña y posterior triunfo de Trump que generó un ambiente de discriminación hacia las minorías, los latinos, los musulmanes, las mujeres y los negros, quienes se convirtieron en objeto de burlas y rechazo. En el siguiente mes a las elecciones, se reportaron más de mil incidentes de acoso e intimidación relacionados con prejuicios.

A lo mejor los casos que se reportan sean solamente aquellos en los que existe una acción visible y una agresión tangible y mientras tanto no se documentan ni se contabilizan aquellos que parecen triviales o pequeños como la tristeza de una niña de ocho años. Pero eso es la escuela. Un conglomerado de pequeñas historias, sencillas y aparentemente inconsecuentes para la sociedad, pero fundamentales y vitales para cada uno de los pequeños protagonistas. Y es a través de pequeños gestos que se enseña y promueve la tolerancia. A través de actitudes sinceras y comportamientos honestamente acogedores de la diversidad. En este sentido, las escuelas se convierten en un importante espacio de la sociedad para la enseñanza de valores y la convivencia.

La escuela debe entenderse como un sistema de aprendizaje y enseñanza dinámico. Un espacio de formación y desarrollo de aptitudes y comportamientos que no puede ignorar las diferencias culturales, socioeconómicas, migratorias y raciales de sus estudiantes.

La escuela debe ser proactiva y franca en su forma de acoger la diversidad y celebrar las diferencias. No debe quedarse esperando a que ocurran situaciones notorias de intolerancia para llamar la atención sobre estos temas, o quedarse inmóvil y “con los dedos cruzados” deseando que nada pase.

Al contrario, debe promover permanentemente momentos de aceptación y exaltación de la pluralidad de matices de los seres humanos. Un aula de clase no debe limitarse al aprendizaje del lugar social o geográfico en el que está físicamente ubicada, sino que debe abrir sus ventanas y techos para permitir que sus integrantes exploren las posibilidades que presenta la sociedad globalizada y también para que sean críticos frente a ésta. Muy seguramente entre todos los que integran ese micro mundo se encuentran los rasgos y cualidades que hacen fascinante la diversidad de la humanidad.

Un espacio de aprendizaje y enseñanza homogéneo resulta obsoleto para las condiciones cambiantes de un mundo globalizado.

Es posible que la palabra tolerancia se quede corta para expresar lo que una escuela debe enseñar y promover. “Tolerar” da una implicación de inevitable, de obligatorio, de algo “que toca hacer”. Es un término que sigue manteniendo un sabor de “ellos allá” y “nosotros aquí”, una idea de que hay algo “raro”, “distinto”; una presencia que perturba o invade una normalidad existente y que hay que “tolerar”. Los niños no deberían recorrer ese camino de pensamiento para llegar a la conclusión de que deben considerar a algunos como “normales” y a otros como “tolerados”.

Estos nuevos tiempos nos exigen realmente escuchar a los otros radicalmente diferentes e intentar entender sus razones, sus creencias y sus historias de vida, algo que Luz Mercedes promueve, día tras día, en su salón de clase.

Se debe promover una normalidad diversa, abierta, que acoja y celebre la diferencia. Facilitar que los niños puedan comprender que todos somos distintos y fascinantes. Que cada persona y cada familia tienen una “normalidad” variante pero que no hay mejores o peores realidades. La escuela debe ser el lugar en el que los sentimientos, los temores y las esperanzas de quien está sentado en un pupitre sean comprendidos y respetados por quien está en el pupitre de al lado. Quizás sea el único lugar en el que la aceptación y la hospitalidad entre seres humanos puedan darse con naturalidad y espontaneidad. Aunque el mundo “allá afuera” esté empeñado en todo lo contrario.

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