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Una nación mitad hombre y mitad mujer: las feministas exigen justicia

Margarita Martínez Osorio
junio 20, 2016

Publicado en: Vice

Colombia tiene cara de hombre. Así afirmaron las feministas colombianas cuando mostraron que, a pesar de ser más de la mitad de la población, las mujeres estamos prácticamente ausentes de los cargos de poder político. En el 2000 se aprobó en Colombia la llamada “Ley de cuotas” que exige que al menos el 30% de los puestos públicos sea ocupado por mujeres. En 2011, la ley 1475 reforzó esta medida al exigirle a los partidos políticos la conformación de listas electorales en las que las mujeres seamos, mínimo, el 30% de los participantes

 

Sin embargo, de 2010 a 2014, el Senado contó solo con un 16% de mujeres, la Cámara de Representantes con un 12% y no hemos elegido a ninguna mujer como presidente. Aún ante este panorama adverso, las feministas colombianas consideran que garantizar un 30% de mujeres en los cargos públicos no es suficiente: ellas exigen un 50%. Exigen paridad. Aún no les hemos prestado la suficiente atención.

Francia fue el primer país del mundo en aprobar una ley de paridad. El 6 de junio de 2000 el gobierno francés estableció que el 50% de los candidatos elegibles para cualquier cargo político debían ser mujeres. Aunque, actualmente, este país ocupa el puesto 47 en la clasificación de participación política de las mujeres en el mundo, este caso es especialmente llamativo no solo por ser el primero en promulgar una política de paridad, sino ––y sobre todo–– por la manera como las feministas francesas respondieron a sus detractores**. Ellas nos enseñaron que la paridad tiene limitaciones y potencialidades. ¿Cuáles son estas? ¿Qué podemos aprender de ellas? ¿Por qué prestarles atención a las feministas que exigen paridad?

Cada vez que las feministas exigen políticas del 50-50, los críticos preguntan casi que al unísono: “¿qué aportan las mujeres a los escenarios del poder político? ¿Qué diferencia habría si se garantiza su presencia?”. Al hacer esas preguntas, dijeron las paritaristas francesas, los críticos no ven que detrás de sus cuestionamientos se esconde un prejuicio: el de que todas las mujeres somos iguales.

Al preguntarnos por el aporte específico que haríamos las mujeres a la política, lo que está en el fondo es la idea de que todas las mujeres pensamos y actuamos igual solo por el hecho de tener un cuerpo femenino. Según esta lógica, entonces, una vez en el poder, todas haríamos el mismo aporte, producto casi que de un acuerdo natural y no verbal entre nosotras.

No hay que caer en la trampa que se esconde tras la pregunta. Los críticos esperan que las feministas respondan que cuando las mujeres lleguemos al poder vamos inmediata y directamente a implementar una agenda particular de las mujeres, que probablemente generaría “x” o “y” cambios en la política nacional ––por ejemplo, es muy extendido el prejuicio de que las mujeres tenemos una forma particular de hacer política que nos inclina a promover agendas de paz––. Las paritaristas francesas dijeron que esto no es posible, que esto no se puede garantizar.

Aunque históricamente las mujeres hemos compartido experiencias de opresión, violencia y desigualdad, esto no nos hace un grupo homogéneo, porque, por un lado, las experiencias de opresión no son todas iguales y, por otro, las lecturas, interpretaciones y respuestas que las mujeres hacemos de ellas también están lejos de ser uniformes.

De hecho, pensar que todas las mujeres compartimos una esencia común también es opresión, pues ¿qué pasa con las mujeres que no cumplen esas expectativas? ¿Son menos mujeres por eso? Además, ¿alguna vez les hemos preguntado a los hombres cuál es su aporte como hombres a la política? ¿Por qué sobre las mujeres recae todo el peso de nuestra supuesta esencia común y sobre los hombres no?

No podemos exigirle a ningún grupo social que sea homogéneo: esto sería perder la riqueza de la discusión, del disenso, de la democracia. Este es uno de los límites de la paridad: pedirles a todas las mujeres que construyan un proyecto político común y unitario, sería negar la multiplicidad de perspectivas que hacen que las mujeres seamos un grupo social heterogéneo. Si esto es así, dicen los críticos, entonces ¿por qué defender la paridad? Si no se pueden garantizar cambios medibles, si no se ve el aporte de las mujeres¸ ¿por qué insistir en el 50-50?

Por una razón fundamental: porque la paridad es una cuestión de justicia. Heredero de la Revolución Francesa, el sistema político de la Francia actual imagina una nación en la que sus representantes no definan su identidad por su raza, género, clase, etnia o religión.

Las caras de la política francesa deben ser individuos libres de prejuicios o intereses que puedan inclinar sus decisiones a favor o en contra de un grupo social u otro. Pero, dijeron las paritaristas, si los representantes de la nación francesa no deben inclinarse a favor de una u otra experiencia de género, ¿por qué los hombres son más del 90% de nuestros representantes? ¿Dónde está la neutralidad en este caso? Aquí lo que vemos es un gobierno compuesto por hombres, una nación con rostro de hombre. Por eso las feministas de la paridad exigían un 50-50, una nación mitad hombre y mitad mujer.

Las paritaristas mostraron que la política está cargada de prejuicios de género que impiden sistemáticamente el acceso de las mujeres a los puestos de poder político. ¿Por qué si el voto femenino se aprobó en Colombia en 1954 y en Francia en 1944 las mujeres no son elegidas para ser representantes de su nación? ¿Por qué la persistencia de ese acuerdo implícito y silencioso que impide a las mujeres ser las caras de su país? Sin paridad, la política mantiene en silencio una exclusión sistemática y generalizada, y la esconde detrás de una aparente neutralidad. Con paridad, en cambio, la exclusión sale a la luz y se enfrenta.

La política no puede pretender ser neutral y ciega ante la exclusión de todo un grupo social de los escenarios de poder. El hecho de que nuestros representantes sean en su mayoría hombres esconde tras de sí una injusticia histórica que debemos corregir. Dejemos, entonces, de preguntar qué le aportan las mujeres a la política y preguntémonos más bien si estamos dispuestos a asumir un compromiso con la justicia. ¿Nos atrevemos a hacer de Colombia una nación mitad hombre y mitad mujer?

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